Pagina/12
de Argentina - 15 de Junio de 2003
Orlando
Borrego, asistente y confidente del Che Guevara
“El objetivo
estratégico
de Bolivia
era la Argentina”
Miguel
Bonasso
El guerrillero argentino ayer hubiera
cumplido 75 años. Página/12 habló con el autor de
dos libros sobre sus ideas y vida, que combatió con él en
la Sierra, fue su viceministro, su compañero de seminario sobre
“El Capital” –con Fidel también de alumno– y nunca pudo cumplir
el encargo de crearle “una fuercita aérea” en Bolivia. Un diálogo
que aclara algunos mitos y malentendidos y describe al hombre y al comandante.
Cuando Orlando Borrego recibió
los materiales para un futuro libro que le enviaba su jefe, el Che Guevara,
desde Praga, estaba muy lejos de imaginar que contenían una terrible
profecía: la implosión hacia el capitalismo de la Unión
Soviética. El Che, a quien Borrego había secundado en la
creación y desarrollo del famoso Ministerio de Industrias, colocaba
la lente sobre el famoso Manual de Economía Política ordenado
por Stalin y llegaba a conclusiones sorprendentes para la época
(1965): “El estudio sereno de la teoría marxista y de los hechos
recientes nos colocan en críticos de la URSS (...) Creemos importante
la tarea (del libro) porque la investigación marxista en el campo
de la economía está marchando por peligrosos derroteros.
Al dogmatismo intransigente de la época de Stalin, ha sucedido un
pragmatismo inconsistente. Y, lo que es más trágico, esto
no se refiere solamente a un campo de la ciencia; sucede en todos los aspectos
de la vida de los pueblos socialistas, creando perturbaciones ya enormemente
dañinas pero cuyos resultados finales son incalculables. (...) La
superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más
marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados
por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo
hoy a favor de la superestructura: se está regresando al capitalismo”.
El documento guevarista, de gran
valor teórico e histórico, está contenido en el libro
Che: el camino de fuego (Ediciones Hombre Nuevo, Buenos Aires, 2001) del
cubano Orlando Borrego, junto con otros aportes fundamentales sobre la
reflexión teórica que iba procesando el Che mientras trabajaba
en la construcción práctica del socialismo cubano. El próximo
martes, 17 de junio, Borrego presentará en Buenos Aires su nuevo
libro Che, recuerdos en ráfaga que complementa, desde el terreno
anecdótico, el nuevo abordaje sobre la rica personalidad del Comandante
Guevara iniciado con El camino del fuego.
En vísperas de la presentación,
Borrego dialogó con Página/12 y el cineasta Tristán
Bauer –un especialista en el tema guevarista– acerca de esos años
decisivos (1959 a 1965), en que vivió día a día junto
a su famoso jefe las etapas fundacionales de la Revolución Cubana.
Desde aquel día lejano en que el joven estudiante y militante del
26 de Julio se integró a la columna 8 “Ciro Redondo”, al mando de
un argentino irónico, aparentemente despectivo, que en un almuerzo
inaugural le dijo para pincharlo: “Los estudianticos no sirven para combatientes”.
Y luego, de postre, le cuestionó su afición “burguesita”
por los Lucky Strike, hasta que el “estudiantico” reaccionó y el
Che se disculpó con una carcajada: “Bueno, no te pongas bravo” y,
en relación a los cigarrillos, “los americanos también producen
buenas cosas”.
Vendrían después los
entrenamientos y combates, hasta la histórica toma de Santa Clara,
en la que Orlando Borrego participó “modestamente”, según
sus palabras. Sin embargo, para su frustración, no pudo marchar
con el Che a La Habana y permaneció en Santa Clara como ayudante
de regimiento. Hasta que Guevara, establecido ya en La Cabaña, debió
reemplazar a un general de Fulgencio Batista que comandaba la junta económico-militar
de la fortaleza. Suárez Gayol, uno de los colaboradores del Che,
le sugirió que designara a Borrego, que era contador. Entonces,
el joven primer teniente de la revolución pasó a sustituir
a un general de intendencia en aquel cuartel maestre de gran complejidad
en el que la dictadura de Batista había metido hasta cines y tiendas
de lujo para los oficiales superiores. Paralelamente a sus tareas administrativas,
Borrego fue nombrado jefe de los tribunales que sentenciaron a los torturadores
batistianos.
En agosto de 1959, en una reunión
informal, el comandante Guevara le preguntó si quería trabajar
con él en “la aventura de la industrialización” y no lo pensó
dos veces. Cuando al Che lo nombraron presidente del Banco Nacional de
Cuba, Borrego quedó como jefe del Departamento de Industrialización,
“aunque para nada entendía de aquello”. A partir de ese momento
se convertiría en el segundo de Guevara y en el hombre que habría
de reemplazarlo en los viajes, hasta quedar a cargo de la decisiva industria
azucarera y no poder acompañar al jefe en la lucha del Congo y en
la encrucijada final de Bolivia.
Entre el ‘59 y el ‘63 vivieron una
odisea muy bien relatada en los dos libros de Borrego: “Los nuevos administradores
no sabían nada. Una vez nombramos a un muchacho de las FAR que todavía
no había cumplido los veinte años. Cuando armamos el Ministerio
de Industrias ya había cientos de fábricas y la cosa se volvía
inmanejable: trabajábamos desde las nueve de la mañana hasta
las tres o cuatro de la madrugada. Yo despachaba todas las noches con el
Comandante, hasta que en una de esas desveladas me dijo: ‘Oye, nos estamos
agotando demasiado, hagamos un pacto, no nos quedemos más allá
de la una de la madrugada’”.
–¿Cómo era el Che
en la jefatura? ¿Tan duro como algunos lo pintan?
–Esa es una parte que yo quiero
desmitificar, porque se lo ha pintado como el jefe guerrillero superduro.
Si bien un jefe militar no puede ser nunca muy blando, supo ser con todos
nosotros afectuoso y bromista. Como cualquier ser humano tenía contradicciones,
era superorganizado en la dirección del trabajo en el ministerio
y desorganizado para sus documentos personales. Lo veo frente a su escritorio,
con un lío de papeles, donde sin embargo sabía dónde
estaba cada cosa. ¿Tal carpeta? Para allá, le decía
al secretario.
–¿Quién era el secretario?
–Es interesante, porque de ese hombre
no se ha hablado nunca, José Manuel Manresa, que murió hace
poco tiempo. Había sido soldado de Batista y el Che, que calaba
a la gente, se olvidó que ese hombre había sido soldado de
Batista y lo mantuvo a su lado, primero como mecanógrafo y luego
como el hombre total de confianza que incluso lo inyectaba cuando le daban
los ataques de asma. Manresa se manejaba muy bien en el desorden del escritorio
y sabía dónde estaba cada cosa. Había tal empatía
con el Che que ya se entendían por señas. A veces bastaba
un gruñido, un sonido ininteligible y Manresa sabía que debía
buscar la carpeta azul.
–¿Cómo hablaba el
Che? ¿Con un acento híbrido entre argentino y cubano?
–No, no, otra mentira, otra leyenda.
El Che asimiló el lenguaje cubano. Ya cuando fue a la Sierra Maestra,
hablaba como cubano. Ahora sí, es verdad que cuando se irritaba
por algo le salía el acento argentino, las palabras argentinas.
–¿Cómo lo definiría,
dejando las hipérboles, en aquella etapa de construcción?
–Jamás se me ocurren elogios
desmesurados en relación al Che. Pero sí considero que es
un clásico de la ciencia de la dirección. Que se apegó
a estudiar como un salvaje, no sólo la experiencia socialista sino
también la capitalista, con autores de las escuelas más conocidas
de aquella época. La organización del ministerio, que estuvo
a cargo de Enrique Oltuski, es un precedente muy importante en Cuba...
–Según diversas biografías,
Oltuski sería uno de los hombres claves del Che.
–Sí. Un personaje: polaco,
judío, formado en Estados Unidos. Durante la lucha guerrillera,
Oltuski (que era el jefe de Las Villas) tuvo broncas horribles con el Che,
pero el comandante lo nombró jefe del proyecto de organización
del Ministerio de Industrias. Y Oltuski hizo una gran tarea apoyado en
especialistas, incluso algunos que habían sido asesores de organización
de grandes empresas norteamericanas. Trabajó en ese proyecto durante
meses. Mientras seguíamos en el Departamento de Industrialización
que funcionaba en la Plaza de la Revolución, en el edificio donde
ahora está el Ministerio de las Fuerzas Armadas. Hasta que nos asignaron
el edificio donde ahora está el Ministerio del Interior. El Che
iba
revisandoel proyecto cada tanto tiempo. Cuando Oltuski terminó fuimos
al ministerio y el Che comenzó su inspección por el comedor,
preparado ya para recibir a toda la gente, con el menú semanal incluido.
En las oficinas estaban todos los detalles cuidados: los documentos, los
papeles, las lapiceras, los lapicitos afilados, todo eso. Nunca se ha hecho
en Cuba después una organización con semejante detalle, en
la que bastaba con trasladarse y ponerse a trabajar. Ayudamos todos pero
el que dirigió ese proyecto fue Oltuski, el polaco, un tipo riguroso,
que había trabajado en la Shell y sabía de organización.
O sea que la selección del Che fue excelente. Cuando llegamos al
despacho del ministro, el Comandante dijo al abrirse la puerta, “esto sí
que no lo acepto”. Porque se habían puesto unos muebles que no eran
lujosos, pero él consideró lujosos porque tenían mucho
color.
–Era muy duro en la ideología
de las costumbres, ¿no? Muy austero.
–Superaustero. En todo, en la comida,
en todo, de no aceptar nada que el pueblo no tuviera también, de
no tener ninguna distinción porque era jefe. Por eso, cambió
los muebles que le parecían para señoritos y hoy el despacho
se conserva tal cual, como museo. Bien, cuando pasamos al nuevo edificio
se armó el equipo de viceministros, y él me nombró
viceministro de Industrias Básicas y luego su segundo (viceministro
primero) para coordinar todo el trabajo de los viceministros, despachar
con él y aliviarle la carga, porque era además jefe de una
región militar y atendía la Junta Central de Planificación.
–¿En qué etapa?
–Desde el ‘61 hasta el ‘64. Hasta
que se fue al Congo. Durante ese tiempo estuve yo como viceministro primero
y después, cuando le dio la gana, me nombró ministro del
Azúcar. ¿Eso tú sabes cómo fue? Yo estaba en
la casa, me había acostado a las 3 o 4 de mañana y llamó
como a las 6 y pico. El era muy afónico cuando llamaba por teléfono,
tenía una voz muy especial, y me dice: “Bueno, estate acá
dentro de unos minutos, en la casa”. Y salí para su casa. Y me abrió
la puerta y me dice con esa cara de ironía: “Buenos días,
señor ministro”. Y nada más. Y yo dije: “Bueno, se va de
viaje otra vez”. Porque yo me quedaba de ministro. Y me dice: “No, no me
voy de viaje, pasa para acá”. Y nos sentamos. Y me dice: “Anoche
te designamos ministro de la Industria Azucarera”. Y dije: “¿Cómo?”.
Se había decidido la famosa zafra de los diez millones. Esto fue
muy duro porque yo había soñado con que cuando el Che se
fuera de Cuba, yo sabía que se iba a ir, y entonces yo iría
con él.
–¿Usted ya sabía que
se iba a ir a otro lado?
–Sí, ya sabía. Lo
sabíamos desde México, porque en México le dijo a
Fidel que cuando se encaminara la Revolución Cubana quería
irse a luchar a América latina, por supuesto a Argentina, y que
no quería ningún tipo de limitación y eso fue un compromiso
personal de Fidel. Sobre este tema se han escrito muchas mentiras y toda
esta infamia de que el Che se fue de Cuba disgustado con Fidel. Así
que volviendo a lo del ministerio, me dijo: “Sí, se te designó
anoche”. Y yo: “Es una broma, ¿no?”. “No, broma no, se te designó
anoche”. “Oye, ven p’acá, ¿yo soy una mesa o una silla?”
“No, ¿por qué dices eso?” “¿Es que a mí se
me puede mover como un objeto? ¿Y si no estoy de acuerdo con ser
ministro?” “Vamos, vamos... que un carguito de ministro le gusta a cualquiera”.
Yo tenía 26 años entonces y no sabía nada del sector
azucarero.
(En ese punto del diálogo
interviene Tristán Bauer para recordarle a su amigo Borrego que
no nos ha contado todavía cómo funcionaba el grupo de jefes
revolucionarios que se puso a estudiar El Capital de Carlos Marx.)
–Al tercer año del triunfo
de la revolución, se decide en el Consejo de Ministros crear un
seminario sobre marxismo, y empezar a estudiar El Capital. En el grupo
estaban Fidel, el Che y otros compañeros. Entonces les piden a los
soviéticos que manden alguien especializado en El Capital y los
soviéticos designan a un compañero que se llama Anastasio
Mansilla, que era uno de aquellos muchachos españoles que cuando
la guerra de España sus madres los mandaron para la Unión
Soviética porque tenían miedo que los mataran. Mansilla llegó
a la URSS a los nueve o diez años, creció y estudió
allí, se hizo economista y después doctor especialista en
El Capital. Ese era el profesor enviado por Moscú para darle clases
al Consejo de Ministros de Cuba. Dicen que el seminario era tremendo, Mansilla
cuenta las discusiones. Allí en el libro yo cuento que Fidel y el
Che eran los alumnos más difíciles. Me lo contó Mansilla,
con quien nos hicimos amigos. El me ayudó con el profesorado que
hice en la Unión Soviética, murió ya. Me contaba que
las discusiones eran tremendas, aunque con mucho respeto por el profesor
que trataba a los comandantes como simples alumnos. Un día discutían
el capítulo sobre las formas de reproducción ampliada del
capital. Y Fidel Castro le dijo al profesor, con todo respeto: “Quiero
que usted revise, porque yo me he encontrado con un error de traducción
en ese capítulo”. Trabajaban sobre la edición clásica
del Fondo de Cultura de México. Y el profesor replicaba: “Comandante,
yo soy profesor especialista en El Capital, y allí no hay ningún
error”. Al otro día vuelve Fidel y le dice: “Mire, profesor, yo
le ruego revise, tómese el tiempo, si usted quiere se pasa a un
despacho el tiempo que quiera, porque hay un error”. Y Mansilla se pone
a estudiar y efectivamente había un error. Cuando terminó
el seminario, el Che le dice a Mansilla, que había ido a Cuba contratado
por un año: “Yo quiero trasladar el seminario éste al Ministerio
de Industria, para continuar más a fondo con el estudio de El Capital,
con el equipo mío de dirección”. Y Mansilla dice: “Bueno,
Comandante, yo vine por un cierto tiempo a Cuba, eso hay que hablarlo con
la Unión Soviética, con el partido”. Hablan con el partido,
y Mansilla regresa a Cuba, por otros dos años, para el seminario
en el Ministerio de Industrias. Donde participó el Che y todos los
viceministros. Empezábamos a las nueve de la noche y a veces uno
amanecía con el profesor estudiando. Con mucho rigor y mucha polémica.
Porque había mucha polémica entre el Che y el profesor, por
como pensaba el Che y como pensaban los soviéticos. Aunque el Che
discutía de manera diplomática. No así Oltuski. Una
noche se produjo una discusión, Oltuski no pudo más y dijo:
“Mire Mansilla, ya no joda más que éstas son mariconadas
de Nikita (Kruschov)”. Mansilla se enojó y le dijo: “Altuski –no
le salía decirle Oltuski– yo no jodo más y no le permito
que diga eso”. El Che lo regañó a Oltuski y cuando se fue
Mansilla le dijo: “Eres una mierda tú, es una falta de respeto...
pero es verdad que Nikita es maricón”. (Risas.)
–Lo cual nos lleva a ese documento
clave en su libro El camino del fuego, que es el análisis que le
envía desde Praga en 1964.
–Con el Che teníamos una
correspondencia clandestina cuando él estaba en Praga. El estudiaba
aquel Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias
de la Unión Soviética y me manda algunos manuscritos con
Aleida (March, la mujer de Guevara). El me sugería en aquella correspondencia
que trabajáramos en un libro sobre ese tema, del cual me mandó
el prólogo. Entonces qué hizo: tomó el manual que
había encargado Stalin, le hizo algunas marquitas y notas al margen
y empezó a escribir la crítica a cada parte. La idea era
que yo lo trabajara con un par de compañeros para hacer un libro.
–Ese texto le otorga un valor trascendente
a su libro, porque allí se profetiza la implosión de la Unión
Soviética un cuarto de siglo antes de que ocurra.
–Una herejía... tan herejía,
que cuando yo recibo los cuadernos de Praga y me los empiezo a leer no
lo podía creer. Imaginate tú, yo que estaba intoxicado de
materialismo histórico, dialéctico, decir que aquello se
derrumba, imaginate tú... (Interviene Tristán: “En 1965.
¿Quién decía eso en la izquierda en aquel momento?”)
–Nadie. Una herejía. Los
que habíamos estudiado, materialismo histórico sobre todo,
no concebíamos que un régimen social pueda regresar atrás,
que el socialismo retorne al capitalismo. Es una herejía... y es
la verdad. Fidel dijo hace poco en relación con eso: “El Che era
el único adivino que había entre nosotros”.
–O sea que el Che no tenía
una visión dogmática del marxismo.
–Para nada, el marxismo para él
es una guía para la acción. Como lo es para marxistas lúcidos
como Mariátegui o Gramsci. Distinto en cada país, Perú,
Cuba. El Che caracterizó a Cuba como un país subdesarrollado
pero con ciertos niveles de desarrollo, con su sector industrial azucarero,
carretera central, teléfonos, radio hasta en la Sierra Maestra,
diarios y revistas, una producción cultural.
–¿Cómo fue la despedida?
¿Usted supo lo del Congo y luego lo de Bolivia?
–Yo sabía que se iba a algún
lugar, pero no me dijo me voy para Africa tal día ni nada de eso.
Pero hubo un encuentro con él que a mí me llamó mucho
la atención, porque unos días antes de marcharse, yo estaba
en el Ministerio del Azúcar y me llama, y me da una serie de consejos:
“Estamos en tiempos difíciles, tienes que trabajar con mucho cuidado,
siempre tienes que alertar a Fidel de cualquier cosa que pienses, siempre
dile la verdad”, porque el plan era muy difícil, el de la zafra
de los diez millones. Yo pensé: “¿Por qué me dirá
todo esto?” Y me sigue diciendo, “me voy a cortar caña unos días
a Camagüey. Me voy a pasar un mes cortando caña”. Le dije,
“déjeme saber adónde va a estar” y me contestó “déjame
eso. Eso lo organizo yo, no te preocupes por nada”. Del Congo no me dijo
absolutamente nada. Esa es la verdad histórica. El se va al Congo,
termina el Congo, viene Praga, allí empezamos los carteos, yo no
tenía idea de que iba a volver a ver al Che y le ofrecí irme
con él. Le hago una carta diciéndole que me mande a buscar
y me envía una carta que reproduzco parcialmente en el libro, porque
hay otra parte muy personal que no quiero publicar por el momento. Pero
yo sabía que se acercaba la ida del Che por un hecho muy concreto
que es la guerrilla de Salta, viene (Jorge Ricardo) Masetti, para acá,
para la guerrilla de Salta. Y con él salen para acá, para
Argentina, dos entrañables hermanos míos que eran dos escoltas
del Che. Eso al Che lo golpea tremendamente. Yo sé que el Che está
al irse.
–Su objetivo estratégico
era Argentina, Bolivia era un paso...
–El objetivo estratégico
de la guerrilla de Bolivia era la Argentina. Esa es la historia. Después
de lo Praga yo decía, dónde estará este argentino
ahora, y soñaba acompañarlo, ya en la carta me dice: “Para
la segunda etapa harán falta hombres. Esa etapa va a ser muy difícil.
Cuando haya la oportunidad, tú serás bienvenido. Todo depende
de ti y de nuestro jefe”. Pero Fidel no me autoriza y por eso yo no caigo
en Bolivia. Me quedé allí trabajando en el ministerio y estuve
un año muy mal después de la muerte del Che. No podía
aceptar que el Che estuviera muerto. Tuve problemas psicológicos.
Soñaba con el Che haciendo un discurso.
–Hay una foto muy elocuente en el
libro: están ustedes dos sentados, sonrientes, distendidos. Sin
embargo, el epígrafe dice: “En San Andrés, Pinar del Río,
semanas antes de su partida a Bolivia. La foto fue tomada por el propio
Che con una cámara automática (agosto 1966)”. Lo que primero
salta a la vista es que el Che ya no tiene barba. Ha comenzado su transformación.
Pero todavía no se ha afeitado el pelo, ni se ha caracterizado de
viejo. ¿Cómo fue la despedida?
–Un buen día llega Ariel
Carretero, quien me traía las cartas del Che cuando lo de Praga,
y se me aparece y me dice que viene con una noticia importante para darme:
“¿Tu jefe está aquí?” “¿Qué jefe?” “El
Che. Y te acaba de mandar a buscar y que vayas a verlo enseguida.” Entonces
Celia Sánchez arregló las cosas y salimos enseguida. En una
operación supersecreta, imaginate, la vida de él. Allí
yo insisto en que me voy a Bolivia. El me dice “que tú estás
en el ministerio” y luego concede: “Bueno, sí habla con Fidel, si
Fidel acepta, descuéntalo” y “me vas a ayudar a organizar una fuercita
aérea en Bolivia”. Lo decía porque él y yo nos hicimos
pilotos de aviación juntos. También dijo: “Y te vas a ir
con tu cuñadito”, Enriquito Acevedo, que era uno que él quería
mucho, que siempre estaban fajados. “Si Fidel aprueba lo de Enriquito sí,
si no no”. Entonces yo voy y hablo con Fidel y por supuesto le meto un
discurso, y me dice “Borrego, Borrego, si el Che fue el que insistió
que fueras ministro de Azúcar. Ahora vas a dejar ese ministerio
embarcado”. “Mira, cuando esté eso más consolidado yo voy
a estar de acuerdo”. Y acepta que yo me vaya cuando el Che esté
consolidado en Bolivia. Luego fue a mi casa y le dijo a mi mujer, Martica,
con quien se llevaba muy bien: “Martica, para que sepas que en algún
momento éste se va a ir para afuera, porque éste es un ave
migratoria”, entonces, Marta le dice “yo ya me imaginaba”. Quedamos en
ese acuerdo. Se va el Che para Bolivia y yo ya le cuento a Enrique de esa
posibilidad. Saltaba como un niño chiquito, saltaba frente a un
espejo, contento con irse con el Che para Bolivia.