Mundo
20 de Marzo de 2003
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Estados Unidos: entre el ser y la nada
Julio Yao *
El título original de este artículo era, “¿Por qué Irak?”.  Mas, tras recapacitar que poco o nada podríamos añadir a lo ya dicho brillantemente por Noam Chomsky, Samir Amin, Eduardo Galeano, Ignacio Ramonet, John Le Carré, Ramsey Clark, el senador Robert Byrd y tantos otros, sobre los motivos del lobo, sentimos como  aguijonazo ético la necesidad irrefrenable más bien de compartir ciertas reflexiones, ahora que estamos (sí, estamos) al borde del precipicio, es decir, entre el ser y la nada.

Lejos han quedado las amargas pero ciertas advertencias de que la administración Bush ha restaurado una versión empeorada del “Destino Manifiesto”, que los llevó a creer que EE.UU. tenía un “Mandato de la Civilización” impuesto a ellos por el mismísimo Dios para “civilizar a los salvajes”.   Bush ha dicho recientemente que sus soldados deben prepararse para actuar en los “más oscuros rincones del planeta” (refiriéndose a nosotros los pobres, los “condenados de la Tierra”, los que no tenemos derecho a la existencia).

Lejos también (mas no tanto), quedan las acusaciones de que la administración Bush ha rendido póstumos honores a Adolfo Hitler, al reeditar -- enriquecida en modo superlativo -- la “doctrina” del derecho de emplear la fuerza contra países enemigos o percibidos como tales, y contra pueblos y razas inferiores, indeseables, fracasados:  descartables. 
La  nueva Doctrina de Estrategia de Seguridad Nacional, uno de cuyos pilares es el concepto nazifascista de “Guerra Preventiva”,  anterior a Atila, ha llevado a la administración Bush a considerar seriamente una salida kafkiana  para coronar en Irak  su insaciable ambición de ser los amos del planeta, con el empleo de armas nucleares (sí, la “solución Hiroshima”) en Irak, región de (aunque les duela a algunos) “Las Mil y Una Noches”.

 Lo malo es que no sólo acabarán con Alí Baba y los Cuarenta Ladrones:  también matarán a Aladino, al genio de la lámpara y al viejo que la pregonó como cualquier chuchería por las calles perdidas del Oriente.  De paso también enviarán a la pila aquella alfombra mágica con que, desde niños, aprendimos a hacer volar nuestras fantasías. El Aguila de las Huevos de Oro, de esas narraciones orientales, también morirá en las garras de esta otra Aguila que, igual, morirá en el intento.  ¡Bárbaros!

Aunque parezca lo mismo morir de bala que desaparecer en un holocausto radioactivo, en el fondo existe una pequeña pero radicalmente importante diferencia:  la bomba atómica borró toda distinción entre guerra y aniquilamiento, entre las artes y ciencias marciales y el asesinato que, en el caso de Irak, será genocidio.   Y no es que no pueda llevarse a cabo un genocidio con armas convencionales (como lo practicaron en Panamá, Irak, Libia, Yugoslavia, Afganistán) o con armas económicas (como lo ejecuta diariamente la pandilla de Davos contra los “condenados de la Tierra”.

¿Quiénes, en efecto, son los bárbaros?  La Unión Soviética tuvo (y Rusia tiene aún algunos misiles) arsenal atómico suficiente para destruir a Estados Unidos y el mundo varias veces, pero nunca lo empleó.  La República Popular China, tan vilipendiada por Occidente por su “comportamiento” en derechos humanos, hizo voluntariamente la promesa pública -- al hacer estallar su primer artefacto nuclear – (1) que China jamás emplearía misiles atómicos contra países carentes de armas nucleares y (2) que China jamás atacaría con misiles atómicos a potencias nucleares salvo en defensa propia, es decir, en caso de ser agredida.

EE.UU., en cambio, ha fundido la política nuclear con las armas convencionales, colocando este arsenal combinado bajo la responsabilidad, perdón,  la disposición, de Donald Rumsfeld, un frenético, histérico,  fanático y piromaníaco halcón que no abriga aprehensiones ante la Historia y que está considerando seriamente lanzar una lluvia atómica sobre Irak.   Sobre Irak, ¡que en doce años de incursiones aéreas de EE.UU. y Gran Bretaña, no ha derribado un solo avión!

La diferencia que va de una política nuclear asesina a una política nuclear disuasiva o defensiva puede ser la misma  que distingue a las genuinas o verdaderas civilizaciones de aquellas meras construcciones temporales de poder que, de tiempo en tiempo, se asoman a lo largo de la Historia sin un sustento sólido que les asegure una permanencia, un sitio en el futuro de la Humanidad.

Por eso, y por muchas otras razones (ponemos un ejemplo) China ha sido y es una civilización para la Humanidad.  En cambio, EE.UU. todavía es una mera construcción del y desde el poder temporal, carente de identidad profunda y  de compromiso ético consigo mismo y hacia la Humanidad:  un Poder material que quiere negar el derecho a la “otredad” tanto a otros como a su propia nación.  Y es que,  cuando Bush se planta ante el mapamundi, lo único que ve es un enorme espacio colmado con  la bandera de EE.UU.

No es extraño, entonces, que el dilema que nos mantiene a borde del precipicio sea el mismo que comprendió Rosa Luxemburgo a principios de siglo cuando gritó “¡Socialismo o Barbarie!”, igual al que, décadas antes, Domingo Faustino Sarmiento en Argentina intuyera al titular su obra:  “Civilización o Barbarie”.

Tampoco es casualidad que una voz de la otra dimensión nos haya confirmado que el propósito estratégico de la administración Bush consiste en apoderarse del petróleo de Irak y del planeta restante para ulteriormente negárselo a la República Popular China, cuyo desarrollo vertiginoso la está convirtiendo en un  espacio económico alternativo.
Esta actitud es perfectamente compatible con el principal objetivo declarado de Estados Unidos en Asia: impedir que surja en Oriente una superpotencia.  Así, mientras EE.UU. lucra del mercado chino, también toma medidas para evitar el fortalecimiento militar de China.  De allí la ocupación de Afganistán, el boicot de EE.UU. a la reunificación pacífica de las Coreas, el rearme de Japón, la militarización creciente de Taiwán, la ocupación militar de EE.UU. en ex repúblicas soviéticas cercanas a China y la agresión a Irak.
Además, durante las últimas décadas, en los institutos, colegios y academias de guerra de Estados Unidos, sus estrategas, soldados y oficiales, se ejercitan en sus “juegos de guerra”, en sus simulacros, contra un potencial enemigo: China.

Sin embargo, el dilema de “El Ser o la Nada” que confronta EE.UU. no depende exclusivamente de un suicidio nuclear en torno al Celeste Imperio:  tiene que ver con algo más inmediato como la destrucción de las Naciones Unidas, de las alianzas con la Unión Europea y la OTAN, el demoronamiento del orden geopolítico, la desestabilización e inseguridad del mundo, todo ello ocasionado por las urgencias estomacales de las petroleras de las que Bush, Cheney, Rumsfeld y Condoleeza son ejecutivos y generales.   ¿Qué sobrevivirá de aquellos EE.UU. que conocimos, después de Irak?

Los pueblos del mundo, y el de Estados Unidos en especial, tienen la responsabilidad de convertir a esta hiperpotencia en una verdadera civilización de paz y progreso humano y de evitar que la locura y la ceguera aposentadas en Washington borren las contribuciones que sus grandes mujeres y hombres, estadistas, pensadores y políticos, han hecho a la Humanidad.

Son nuestros sinceros deseos desde un oscuro rincón del planeta.
 

* Columnista en el diario El Panamá-América, catedrático de Relaciones Internacionales y Derecho Internacional, ex embajador ante la Corte Internacional de Justicia, en NN.UU., y diversos países, miembro del Comité Panameño por la Paz y presidente del Servicio Paz y Justicia en Panamá (Serpaj-Panamá).

Julio Yao
julioyao@pa.inter.net

 
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