El escritor
en la
actual coyuntura política *
Antonio
Mora Vélez
(Lectura del
libro “La duda y la elección,
intelectuales
y Poder en la sociedad contemporánea” de Norberto Bobbio)
Los
intelectuales son las personas que trabajan primordialmente con las ideas
y cuyo producto es una obra de pensamiento que puede tener una presentación
material pero cuya utilidad es del orden intelectual. Hay una gran gama
de intelectuales que van desde los llamados por Norberto Bobbio “expertos”
o “técnicos” (los economistas, los juristas etc) pasando por los
tradicionales ( historiadores, filósofos, humanistas) hasta los
maestros de pensamiento, los ideólogos como Kant, Hegel y Marx.
Los escritores
pertenecemos al grupo de intelectuales llamados tradicionales, al lado
de los historiadores, los pintores y los humanistas, por oposición
a los nuevos intelectuales generados por el desarrollo de la producción
y la tecnología: los científicos, los especialistas y los
técnicos. Entre éstos últimos y los primeros existen,
no obstante las diferencias, algunas similitudes que no se deben perder
de vista. Los científicos y los técnicos necesitan una escala
de valores, unos principios, para fundar sus tesis y los ideólogos
no pueden dejar de recurrir a conocimientos técnicos para lo mismo.
Un pensador
importante, el filósofo de la Administración moderna, Peter
Drucker, sostiene que vamos hacia un nuevo tipo de sociedad llamada por
él post-capitalista, en la que los intelectuales de la segunda categoría,
los científicos, los especialistas y los técnicos, están
llamados a ocupar el papel principal dado que son al mismo tiempo dueños
y usuarios del principal medio de producción de esta sociedad, que
lo es el conocimiento. Para Drucker la tierra (es decir, los recursos naturales),
el capital y el trabajo, dejaron de ser los factores tradicionales de la
producción y pasaron a ser secundarios frente al conocimiento. En
esta nueva sociedad –dice Drucker—“la dicotomía (contradicción
en la terminología dialéctica) será entre los intelectuales
(vale decir, los humanistas, los escritores y los ideólogos) y los
gerentes (o sea, los científicos sociales y técnicos de la
administración y las finanzas); aquéllos interesados en palabras
e ideas, y éstos en personas y trabajo. Trascender esta dicotomía
en una nueva síntesis será una filosofía central y
un reto educativo para la sociedad post capitalista”. (1)
Paradójicamente,
y desde esta óptica discutible, no resulta nada halagüeño
el futuro para los intelectuales tradicionales, para los escritores en
particular, en la llamada sociedad del conocimiento. Pero no por lo que
Platón le criticaba a los poetas de su tiempo y los excluía
de su República, esto es, por ocuparse de dioses que vivían
como los mortales y que tenían todas sus virtudes y defectos, y
porque echaban mano de cosas de la Naturaleza y no de ideas, al hacer sus
poemas; sino por lo contrario, porque los poetas de hoy nos ocupamos, aparentemente,
de ideas no productivas en lugar de ocuparnos laboralmente de los bienes
de la Naturaleza y de los conocimientos tecnológicos que hacen posible
su transformación.
Cabe señalar,
a manera de consuelo y para no ser injustos con Drucker, que él
aspira, en consonancia con la última frase de la cita utilizada
en este escrito, a que la sociedad del conocimiento, y más exactamente
la escuela y la universidad, alcancen a producir el “hombre educado”, un
hombre nuevo que, según él, debe tener la capacidad
de ser “ciudadano del mundo”, de comprender los demás conocimientos
desde su especialidad, de vivir en el mundo global y de enriquecer y nutrir
su cultura local. Algo parecido al hombre total que pensó Iván
Efremov en su maravillosa novela de anticipación: “La Nebulosa de
Andrómeda”.
En la perspectiva
marxista, los intelectuales somos revolucionarios o reaccionarios, según
los intereses políticos y económicos que defendamos. No existe
el intelectual puro en la medida en que no existe una persona que pueda
hacer abstracción de su condición social o de su adopción,
consciente o inconsciente, de tal o cual ideología. Pero Norberto
Bobbio sí los acepta, a ambos, y establece una diferencia entre
ellos. Para los primeros, el intelectual revolucionario, el compromiso
es con la revolución y su papel es llevarle la ideología
a la clase revolucionaria llamada a cambiar el orden de cosas existentes.
Según el filósofo del derecho y politólogo, Norberto
Bobbio, y en relación con el intelectual puro, “vale el principio
de que la razón de Estado, o lo que es lo mismo, la razón
de partido, de nación o también de clase, nunca debe prevalecer
sobre las razones imprescriptibles de la verdad y de la justicia” (2)
y yo agregaría, frente a la razón también imprescriptible
de la libertad.
Y esta tesis
está basada en otra que, en mi opinión, es objetiva, histórica
y revolucionaria. Y es la de que “todo poder –bajo cualquier forma—es instrumento
de opresión, de coacción, de dominio ciego y arbitrario (y)
es, por definición, obtuso (enemigo de la inteligencia), inhumano
(enemigo de la liberación del hombre), y despótico (enemigo
de la libertad)” (3);
lo cual quiere significar, palabras más, palabras menos, que entre
los intelectuales y el poder hay una pelea cazada desde siempre que solo
dirimen el dinero, el exilio, la censura o la muerte. Y que las mismas
condiciones objetivas antedichas colocan al intelectual de cara al
poder, sin que sea menester la mediatización política, la
que, la más de las veces, distorsiona su papel y su mensaje. Esta
sola confrontación del intelectual con el poder lo coloca en el
terreno político sin más intermediación que su propia
libertad amenazada. Y si como afirma Drucker, los intelectuales estamos
llamados a ser los contradictores de los tecnócratas gerentes de
la sociedad del conocimiento, nuestro papel se acrecienta pero no hasta
el extremo y modo que le señaló Marx al proletariado, sino
blandiendo la misma arma de los detentadores del poder: el conocimiento,
en su variante humanista y reflexiva.
Desde esa perspectiva,
un intelectual contemporáneo debe tener una posición crítica
frente al poder pero de modo independiente, no vinculado a un partido o
clase social; desde su propia práctica de intelectual y arguyendo
los valores universales que el humanismo ha creado y enseñado en
y con sus obras, literarias en su mayoría. Son las razones imprescriptibles
de la verdad y la justicia de que habla Bobbio y que he citado arriba.
Esta posición se enmarca en la tesis de la “autonomía relativa
de la cultura respecto de la política”, lo cual quiere decir que
las manifestaciones de la cultura no pueden estar mediatizadas por la política
y menos por las relaciones económicas. “La reducción a la
política de todas las esferas en las que se desarrolla la vida del
hombre en sociedad o bien, la politización integral del hombre,
la desaparición de toda diferencia entre lo político y –como
se dice hoy—lo personal (lo artístico, lo religioso, lo filosófico
etc), es la quintaesencia del totalitarismo”, dice Bobbio (4).
Lo anterior no quiere decir que se haga abstracción de lo político.
El intelectual, el escritor, debe ser independiente pero no indiferente.
Debe estar en la política pero trascenderla y esto quiere decir,
no dejarse atrapar por los dogmatismos y los fundamentalismos, no convertir
el Estado, la doctrina o el partido en ídolos, en ideas absolutas
al más puro estilo hegeliano, que lo haga decir: por fuera del Estado
o del partido o de la ideología, nada; dentro de ellos, todo.
Es obvio que
los intelectuales, en momentos críticos, en coyunturas políticas
como los que vivimos, tenemos la obligación moral de opinar y de
comprometernos, so pena de pasar a la historia como inferiores a nuestro
deber ser y cómplices del deterioro social. Y más los escritores,
quienes, desde la invención de la imprenta, somos los intelectuales
por excelencia. “Pero el hombre de cultura tiene su manera particular de
comprometerse –dice Bobbio-- que es la de actuar por la defensa de las
condiciones mismas de los presupuestos de la cultura... por los derechos
de la duda frente a las pretensiones del dogmatismo; por los deberes de
la crítica contra la seducción del entusiasmo irracional,
por el desarrollo de la razón contra el imperio de la fe ciega y
por la veracidad de la ciencia contra los engaños de la propaganda” (5)
El compromiso
del intelectual es con la duda, la crítica, la razón y la
libertad, que son las condiciones básicas de su existencia como
intelectual, y contra el dogmatismo, el fundamentalismo y el partidismo,
que convierten al hombre en un esclavo ciego de las ideologías y
proclive, por lo tanto, a los procedimientos más inhumanos.
“La tarea de un hombre de cultura, dice Bobbio, es más que nunca,
sembrar dudas, no recoger certezas”. El escritor y el intelectual deben
ser unos heraldos y guerreros de la libertad y de la amplitud de pensamiento.
Defensores del individuo frente a la opresión esencial del Estado.
Del débil frente al despotismo de los poderosos. De la ciencia frente
al oscurantismo y la ignorancia. De la verdad escondida frente a la mentira
fabricada.
Hemos hablado
hasta ahora del intelectual que es un critico natural del poder, cualquiera
que éste sea y que no se compromete con él, como Norberto
Bobbio; y que es el modelo de intelectual que nos seduce y nos mueve a
las anteriores reflexiones. Pero, desde luego, sabemos que hay otros. Existe
el intelectual instalado en el poder y de esta clase son ejemplo los jacobinos
y los bolcheviques. Los intelectuales que desde fuera intentan influir
o influyen en el Poder, como los periodistas, y los asesores externos y
consultores de los gobiernos. Y los intelectuales que entienden como su
misión la de justificar, desde fuera, el poder, y tal es el caso
de los escritores que hacen parte de los organismos de propaganda de los
regímenes fascistas o revolucionarios.
Sin perjuicio
de considerar con Bobbio que un intelectual debe ser, básicamente,
un mediador, esto es, un hombre cuyo fin político esencial
es situarse en el centro de la controversia para encontrar una solución
negociada, me atrevo a sugerir las siguientes posiciones, vistas
desde la óptica enunciada arriba del intelectual humanista, demócrata
y crítico natural del poder, y que, en mi modesta opinión,
los escritores y demás intelectuales debemos asumir, incorporarlas
a nuestro quehacer literario y periodístico, para contribuir a superar
los obstáculos que nos impiden el goce de la libertad. Son ellas:
l.- Condenar
y combatir la guerra, y la violencia en general, como fórmula de
solución de los conflictos, internos e internacionales. Defender
la soberanía de las naciones, propiciar la amistad y solidaridad
entre los pueblos y combatir el chauvinismo, el racismo y el imperialismo,
que son la negación de los anteriores valores. La guerra es el reconocimiento
de que el pensamiento humano, el diálogo entre personas y naciones,
es incapaz de resolver las diferencias, y es la más inhumana de
las conductas sociales. "Un intelectual debe impedir con sus ideas que
la política se endurezca en sus proposiciones y que la violencia
se haga inevitable".
2.- Fomentar
la tolerancia, el reconocimiento del derecho del otro a ser y a existir
con sus valores e intereses. Lo cual implica que debemos situarnos en su
lugar cuando pensemos en abordar su posición desde una perspectiva
crítica. No aceptar esto es reconocer que el Estado es innecesario
y que la sociedad, como dijera Engels (6),
está condenada a exterminarse a sí misma, víctima
de sus propias contradicciones de clase.
3.- Defender
la democracia y los derechos humanos frente al despotismo y toda forma
de coacción de la libertad por parte del Estado. Entendiendo por
democracia no el gobierno de las mayorías, sino todo lo contrario,
el gobierno que respeta los derechos de las minorías. Los derechos
humanos, no sobra decirlo, son la esencia de la democracia y están
por encima de las razones de Estado y son inalienables e imprescriptibles.
4.- Combatir
el mal uso del Poder, que éste derive en monopolio de la verdad
y que él se utilice en beneficio de un partido, de una clase o en
beneficio particular. Un escritor debe ser un crítico de los abusos
de poder, de la corrupción de los gobernantes y funcionarios y de
la manipulación de la verdad desde las oficinas gubernamentales
y de los medios que les sirven de apoyo. Esto nos conduce a proponer, en
nuestro caso nacional, el rescate del Estado de quienes lo han convertido
en instrumento de enriquecimiento personal, y en un aparato ineficaz que
no le llega a todos los colombianos y que no ha resuelto, por lo mismo,
los problemas del subdesarrollo.
5.- Divulgar
las ideas del humanismo filosófico, según las cuales la vida
social debe estar en función de engrandecer al ser humano, de elevarlo
social y espiritualmente y exaltar, en consecuencia, la solidaridad entre
los seres humanos como fórmula de convivencia y estrategia de supervivencia
de la sociedad. El escritor debe propagar el ideal de una sociedad armónica,
en donde el progreso se mida en términos de satisfacción
de las necesidades humanas, en orden a realizar las modernas tesis del
Desarrollo Humano. En esa dirección, cabe proponer y apoyar un nuevo
pacto social para la reorganización del Estado colombiano a efecto
de hacerlo servidor de la comunidad y propulsor del desarrollo humano sostenible.
6.- No ser
utópico, nihilista, dogmático ni extremista. Ser realista
y propiciar las soluciones que mejoren la situación problémica
que se pretende resolver. La utopía y el nihilismo sin fundamentos
ni perspectivas, y el dogmatismo, alejan la posibilidad de soluciones concretas
a los problemas de hoy. Los extremismos nos alejan de la amplia gama de
posibilidades ubicadas en el término medio y alejan también
las posibilidades de diálogo y entendimiento entre las partes en
conflicto.
Si procedemos
de acuerdo con esos seis puntos le hacemos un gran favor al progreso, le
prestamos un gran servicio al país y a la humanidad, somos consecuentes
con la razón de ser de nuestro oficio y fieles a nuestra posición
de compromiso con la inteligencia y de enfrentamiento natural con la opresión
y el despotismo del Poder. Tal vez por ese camino le abramos condiciones
a la aparición en el futuro del llamado por Drucker “nuevo órgano
del poder público independiente del ejecutivo y el legislativo”
propuesto para controlar los gastos del Estado, un nuevo órgano
que sea, además de nueva expresión popular en el tema más
importante de hoy: el uso de los dineros públicos, el inicio del
desmonte de la concepción del Poder que se separa cada vez
más y más de la población y que se coloca en contra
de ella.
Y ya para terminar,
esta frase de Paul Baran: “Un intelectual es un crítico social,
un individuo cuya preocupación es identificar, analizar y por este
medio, contribuir a superar los obstáculos que impiden alcanzar
un orden social mejor, más humano y más racional”. Y esta
otra de Kafka sobre los poetas: personas que “ofrecen a los hombres nuevos
ojos con que ver el mundo y cuando se ve el mundo con nuevos ojos, se puede
entonces, cambiarlo”.
* Ponencia
leída en el Primer Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano,
realizado en Cartagena de Indias los días 4 y 5 de diciembre de
2003, y en el cual fue elegido su autor como primer presidente de esa nueva
organización que agrupa a los escritores nativos y residentes de
los Departamentos de Atlántico, Bolívar, Córdoba,
Sucre, Magdalena, Guajira, Cesar y San Andrés.
Citas:
(1)
Drucker, Peter; La sociedad post capitalista, Editorial Norma, Bogotá, 1994
(2) Bobbio, Norberto; La duda y la elección, Ediciones Paidós,
Barcelona, 1998
(3) Bobbio, Norberto; La duda y la elección, Ediciones Paidós,
Barcelona, 1998
(4) Bobbio, Norberto; La duda y la elección, Ediciones Paidós,
Barcelona, 1998
(5) Bobbio, Norberto; La duda y la elección, Ediciones Paidós,
Barcelona, 1998
(6) Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Sincelejo,
noviembre 25 de 2003
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
amoravelez@yahoo.com
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