| RADAR/PAGINA/12
de Argentina - 27 de Junio de 2004
Cómo están filmando
la muerte del Che en Bolivia
La importancia
de llamarse Ernesto
En 1967, el Che Guevara fue ejecutado
en una escuelita de La Higuera y enterrado clandestinamente en Vallegrande.
A casi 40 años de los hechos, un equipo de filmación volvió
a esos dos remotos parajes bolivianos para descubrir la extraña,
legendaria vida de santo que le tocó al líder guerrillero
después de muerto.
Mariano
Blejman, desde Vallegrande, Bolivia
Dorita Torrico me cuenta que le rezó
al San Che para que le diera trabajo en la película. Así
consiguió limpiar sets y servir comida. Ahora, a punto de terminar,
le reza para que no se acabe y para que alguien encuentre a su hija Beatriz
Rossel, perdida en Argentina. La enfermera Susana Osinaga confiesa que
sintió miedo cuando se encontró con un Che nuevecito acostado
en la lavandería, en la misma pose cuyas fotos inmortalizaron un
momento histórico. (Susana fue la que llenó el cuerpo del
Che de cloroformo después de que lo ejecutaran en La Higuera.) Manuel
Cortez, habitante del pueblo, tenía 20 años cuando el líder
guerrillero pasó por el pueblo, dice, y asegura que sintió
los pasos de su alma en pena hasta que alguien limpió la sangre
de la escuelita donde Ernesto Guevara sufrió el rafagazo final.
Manuel lo vio tendido en el suelo –”cayó hacia la derecha”– y observó
cómo lo enganchaban en el helicóptero hacia Vallegrande.
“¿Y cuándo dice que
se van?”, me pregunta una mujer del mercado de Vallegrande, invitándome
con un sandwich de huevo frito por apenas dos bolivianos (poco menos de
un peso argentino). “Los que se van” son los de la película: faltan
pocos días para el fin de rodaje de Di buen día a papá.
Desde que el director Fernando Vargas y su productora ejecutiva Verónica
Córdova decidieron filmar la historia chica de Vallegrande, esa
que se oculta detrás de la Historia con mayúsculas, el paisaje
del pueblo se modificó: así como está rodeada de cerros
verdes, así como una iglesia encumbra su reloj y lo hace sonar cada
hora, así como el domingo el mercado se llena de campesinos, un
nuevo escenario convive con Vallegrande. El rodaje del film, que cuenta
la historia del lugar en relación con el Che durante treinta años,
forma parte del paisaje de un pueblo que carga con el karma de haber visto
morir al Che y desde entonces lo tiene santificado.
“Era igualito que Jesús”,
dice Dorita.
Ir a las fuentes Aunque algunos dicen
que lo vieron por aquí vivo, no hay noticias de que Guevara haya
estado en Vallegrande. La arquitectura de este poblado de cuatro mil habitantes
casi no ha cambiado. Todo lo demás sí, gracias al Che. Apenas
once meses estuvo en Bolivia, once meses de los que han pasado 37 años,
pero todos recuerdan la imagen de Guevara bajando del cielo atado a los
pies de un helicóptero del ejército boliviano; según
algunos, con los ojos abiertos.
Hasta aquí llegaron Fernando
y Verónica en 1997 para asistir a la exhumación de sus restos,
en el marco de un documental dedicado a registrar el trabajo de identificación
de su cuerpo por parte de un grupo de antropólogos. “Nos dimos cuenta
de que detrás de la Historia grande sobre la vida del Che estaba
la vida del pueblo: todo lo que significó para Vallegrande el paso
del Che, su muerte y las versiones”... Que estuvo aquí, que se aparece
por las noches, que hay que rezarle para que cumpla milagros, que no se
lo habían llevado (casi nadie creía que podía estar
aquí hasta que el oficial Vargas confesó dónde estaba
el cadáver). En la casona que alquilaron para filmar, debajo de
una mesa, estaba la necrológica del oficial Vargas, que murió
hace poco. Otro “hallazgo” fue un cajón de manzanas número
2 –última morada de los restos del Che tras su exhumación
en el aeropuerto de Villagrande–, que Verónica aprovechó
para “robarse”. Ahí guarda ahora las latas de celuloide de Di buen
día a papá.
Unas cincuenta personas —entre técnicos,
realizadores, productores y actores— viven desde hace un mes y medio en
la sede ganadera de Vallegrande. Siete años tardaron Fernando y
Verónica en montar la producción, alimentada con aportes
del Festival de La Habana, el fondo de fomento Ibermedia y los acuerdos
con el Instituto de Cine cubano, el boliviano, el argentino y Matanza Cine,
la productora de Pablo Trapero. Bolivia tiene apenas tres estrenos nacionales
por año; de ahí el interés que despertó la
producción de Di buen día... “No sólo porque se trata
delChe; también porque por primera vez estamos usando los lugares
originales para hacer una ficción”, cuenta Verónica. “Queríamos
que se respetara nuestra historia”, dice Fernando.
He visto al Che El viernes pasado,
el Che reapareció por Vallegrande corporizado en el argentino Favio
Giorgio, que hace unos años unió Rosario y La Habana en bicicleta
y terminó instalándose en Vallegrande. Iban a contratarlo
como productor en La Higuera cuando Verónica, que lo vio lampiño,
pensó que podría interpretar al Che muerto. Lo hicieron ayunar
varios días, le fraguaron una peluca y una barba en Buenos Aires
y el viernes, por fin, Vallegrande volvió a ver al Che en la lavandería.
Dorita todavía se acuerda: tenía 11 años cuando se
escabulló entre los soldados para ver los ojos abiertos de Guevara.
Otro que está impresionado
es el vallegrandino Anemesio Mariscal, que entonces hacía el servicio
militar –a fines de los ‘60, Villagrande era zona militar– y hoy es oficial
del ejército de Bolivia. “No luché contra él porque
había que tener entrenamiento especial”, dice, “pero sí estuve
como soldado en este pueblo”. Lo impresionó ver a Favio postrado
en la lavandería con los ojos abiertos, sin respirar, expuesto como
trofeo, casi cuarenta años después. “Es una lástima
no haber sabido antes qué pensaba el Che. En esa época nos
decían que era malo, pero hoy estoy a favor. Luchaba por un mundo
más justo. Si el Che hubiera ganado, estaríamos mejor”, dice.
Pero el que más se impresionó fue el propio Favio cuando
se vio desnudo, con esas heridas en el cuerpo.
En estas tierras el Che tiene estatura
de santo: San Ernesto de La Higuera, santo de Vallegrande, que llegó
del cielo en helicóptero. “Se purificó su almita, luchó
por los pobres, sufrió su asma, sus enfermedades, la falta de comida,
así entró al cielo purito”, dice Dorita. Lo mismo opina Ernesto
Vargas Padilla, de 13 años: “Qué nombre que tengo, ¿no?”,
dice. “El Che logra que los milagros se cumplan. Uno le reza, el Che va
y habla con Dios y entonces Dios concede el milagro. El Che es un intermediario
ante Dios”. Quién lo hubiese imaginado. Ernestito cuenta que actuar
le hizo mover los ojos como nunca en su vida. En la película se
quedará con el cinturón del Che y con la cámara de
fotos que un periodista francés pierde cuando intenta fotografiar
esas manos cortadas. El que hace de médico –el que corta las manos–
es Hugo Sánchez, un periodista invitado para cubrir el rodaje que
reemplazó a un extra que no llegó a tiempo.
Se dice de mí Si el Che hubiese
muerto en Suiza, no habría dudas sobre el modo en que sucedió,
quién lo mató o qué pasó con su cuerpo. Pero
Vallegrande –ya sea para pasar a la Historia o desorientar al viajero–
es la capital mundial de la versión no confirmada. Pastor Aguilar,
historiador local, no pudo ir a ver el cuerpo del Che a la lavandería
del hospital de Vallegrande porque lo buscaba el ejército boliviano.
Nunca participó de la guerrilla ni tuvo contacto con el Che, pero
su militancia cívica –quería mejorar los caminos y conseguir
agua potable– lo había marcado. El viernes pasado, cuando entró
a la lavandería, se tomó una revancha personal con la Historia.
“Ahora podemos decir que el Che se equivocó en Bolivia”, dice Aguilar.
“Le infomaron mal, y no tenía buenos mapas. Además, el gobierno
difundía noticias sobre delincuentes, bandidos, extranjeros, y el
Che no podía llegar con su propaganda”. Para Aguilar, la reforma
agraria del ‘52 permitió que los campesinos fueran dueños
de la tierra en un 80 por ciento. “Su prédica no era necesaria para
los bolivianos”, simplifica.
Apenas aparecieron las primeras
fotos del Che en el pueblo, muchos compraron para prenderles velas. Cada
9 de octubre, por pedido de Vallegrande, el párroco de la iglesia
conmemora su muerte con una misa. “Pagamos y pedimos una misita por San
Ernesto de La Higuera. Durante ladictadura sólo pedíamos
una misa por Ernesto, porque Che era sinónimo de comunismo”, dice
Dorita.
Unas cuadras hacia el monte está
el restaurante El Mirador. Lo atiende su dueño, el alemán
Erick Lost, que muestra una foto en la que sonríe ante el cuerpo
inerte del Che. ¿Qué hacía un alemán en 1967
en Vallegrande? Nadie lo sabe. Pero Erick se volvió un erudito en
la figura del Che, aunque admite no compartir sus ideales. Le cuento que
en París estuve con Benigno –uno de los tres únicos sobrevivientes
de la guerrilla del Che– y me pregunta cómo está, cuándo
piensa venir por aquí. Lo conoció una noche en que Benigno,
después de evaluar la seguridad del lugar, fue a comer con unos
franceses. Erick estuvo también con el periodista John Lee Anderson,
que obtuvo la confesión del oficial Vargas sobre el lugar de la
exhumación y lo acompañó en las primeras búsquedas
de sus restos. “Vargas no sabía exactamente dónde estaba
el cuerpo”, dice Erick, que quedó impresionado con la reconstrucción
de la exhumación. “Estaba igualito”, cuenta.
Por un azar, quienes tuvieron que
ver con el paso del Che por Vallegrande terminaron pasando a la Historia.
Y ahora, también, al celuloide. Es el caso del fotógrafo
René Cadima, hoy en silla de ruedas, que sacó las fotos históricas
que dieron vuelta al mundo, o la maestra de la escuelita de La Higuera
Julia Cortez, que ahora cobra al menos 200 dólares por entrevista.
“En la época de la exhumación los testimonios cotizaban entre
mil y dos mil dólares”, cuenta Favio, el nuevo checito de Vallegrande.
La colaboración del pueblo con el film se nota en cada toma: cuando
el choquito (rubio) Nico pide silencio a la plaza y todo el mundo se calla,
o cuando Juan Pablo Urioste, director de fotografía, pide rehacer
un encuadre y debe mover a la gente que anda por ahí, o cuando el
sonidista, obsesivo, pregunta a los gritos quién tiró la
cadena del inodoro. Entre toma y toma, los vecinos siguen con sus cosas.
“Tengo que ir a ver las verduras que dejé en el agua”. “Tengo que
ir a dar de comer a los chicos”. “¿La muertita puede ir al baño?”,
le preguntan a Verónica, y detienen el rodaje por varios minutos.
La escena del crimen Cuarenta y siete
personas se alojaron en La Higuera, a sesenta kilómetros de Vallegrande,
que hace poco cambió su nombre por La Higuera del Che. La idea no
era retratar lo sucedido sino contar cómo mutó el pueblo.
La Higuera –quince casas, cuarenta habitantes– se usó para filmar
la captura del Che, la partida del helicóptero a Vallegrande, las
ráfagas de balas sobre los guerrilleros capturados en la Quebrada
del Churo. Favio me acompaña hasta la famosa escuelita que vio entrar
al Che con vida y lo despidió muerto. Ahora intenta armar un museo
sobre su vida, con fotos de la época y testimonios, entre otros,
del mismo Gary Prado, que estaba al mando de la captura del Che.
El lugareño Manuel Cortez
todavía recuerda lo que pasó el 26 de septiembre del ‘67,
cuando los guerrilleros aparecieron en Picacho, cerca de La Higuera, donde
había fiesta. Hasta julio, el ejército boliviano había
luchado asesorado por los norteamericanos. Apenas se conoció la
presencia de la guerrilla, el gobierno de EE.UU. envió aviones de
caza y armas automáticas y organizó en Santa Cruz una escuela
antiguerrillera de la que salieron mil soldados en dos meses. El grupo
del Che tenía 23 hombres; el de Joaquín, que se había
abierto semanas antes, apenas 17, y desorientados. El 31 de agosto, el
grupo de Joaquín es aniquilado mientras cruza el Vado del Yeso sobre
el Río Grande. El Che escribe en su diario: “Éste es el mes
más malo de la guerrilla”. Unos días después decide
cambiar su lugar de operaciones. Quiere llegar a Pucará y, para
eso, desde el Río Grande, debe pasar por La Higuera, remontar el
Churo e ir a Santa Cruz a través de Vallegrande.
Todavía hoy se ve el sitio
desde La Higuera, donde el pueblo festejaba. Manuel Cortez señala
con el dedo el abra de Picacho. Algunos dicen que el Che bailó con
mujeres del lugar. Poco después aparecieron por La Higuera, donde
los hombres habían desaparecido, “algunos porque estaban en lafiesta,
otros porque tenían miedo”, cuenta Manuel. En casa del telegrafista
(donde se encontró un parte que informaba de la presencia de guerrilleros)
vive un grupo de franceses que abrió un pequeño hostal. Ahí
durmió el equipo de Di buen día... Favio muestra desde La
Higuera el paso de la guerrilla, el camino que emprendió hacia el
Churo, las últimas emboscadas, el lugar exacto donde el Che fue
capturado, el punto frente a la escuelita donde un grupo de guerrilleros
se sentó a buscar noticias, sin saber que Guevara estaba prisionero
enfrente. Según consta en su diario, el Che pensaba que, de capturarlo,
lo juzgarían en Camiri o en Santa Cruz. “A las 2 de la noche paramos
a descansar”, fue lo último que escribió.
Por fin, Favio y Manuel invitan
a conocer la escuelita, hoy ilustrada con un mural de unos rosarinos. Todo
cambió desde la conmemoración de los 30 años de la
muerte del Che, día en que el pueblo cambió de nombre. Ahora,
un busto inmenso adorna la plaza. Manuel dice que el almita del Che se
le aparecía las primeras noches, hasta que se limpió la sangre
de la escuelita. Las paredes están llenas de imágenes y frases;
sólo unas pocas alientan el resentimiento. Ustedes lo dejaron solo,
escribió alguien. Días después de la muerte de Guevara,
muchos pobladores se fueron: creían que Cuba bombardearía
La Higuera en represalia. Hoy vive allí menos gente que entonces.
Cuesta imaginar en un lugar tan
pequeño al comandante de la Cuarta División del Ejército,
el de las dos compañías de Rangers y el cubano al servicio
de la CIA que tenía como misión identificarlo. No sé
si la teoría de que al Che lo dejaron morir en Bolivia es totalmente
cierta, pero visto de cerca el lugar parece inmensamente solitario. También
cuesta imaginar a la maestra Julia Cortez –la que ahora cobra las entrevistas,
la que entonces había escrito en el pizarrón la frase Tengo
fé en Dios– recibiendo del Che una lección de prosodia: “fe”,
le dijo Guevara, no lleva acento. En esa misma escuela durmió el
equipo de filmación mientras rodaba en La Higuera, casi cuarenta
años después de que el mensaje fatídico llegara hasta
allí vía Vallegrande: Di buen día a papá. Era
la orden en clave para ejecutar al Che.
La
historia de Dí buen día a papá
M.B.
El film de Fernando Vargas está
dividido en cuatro partes: “Los huesos” (1997), “Las promesas” (1987),
“Las cartas” (1977) y “Las manos” (1967). Cuatro décadas de versiones
sobre la muerte del Che. En la ficción, las vidas de los protagonistas
se van entrelazando para contar la historia de Vallegrande. El protagonista
de “Los huesos” es Jean Moreau, un periodista europeo que llega para cubrir
la exhumación, y Ana Escalante, dueña del alojamiento “Los
Siete Caballeros de Vallegrande” que ofrece homilías para desagraviar
a los huesos del Che. “Las promesas” recrea el año 87, cuando los
primeros estudiantes llegan para pintar retratos del Che y acusan a Bienvenido
Cusitano, hijo del alcalde, de estar vendiendo la imagen del Che. En “Las
cartas”, Ana Escalante sueña con el Che, que se le aparece para
salvarla de su miseria y enseñarle a su hija Angeles, que espera
la improbable llegada de su padre, la frase Di buen día a papá.
“Las cartas” alude a la cadena formada por algunos oficiales para evitar
la maldición que sufrieron muchos de los militares que lo asesinaron.
“Las manos”, por fin, narra la historia de Ramón Charale, vallegrandino
de 9 años que trabaja de criado en el alojamiento de Ana Esalante,
donde periodistas y visitantes se congregan por la muerte del Che. Ramón
será testigo de la desaparición del cuerpo de Guevara. |