Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
11 de Febrero de 2004
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Jorge Marel:
exiliado en su propia tierra
Antonio Mora Vélez
El poeta Jorge Marel ha publicado “Exilios y soledades” (Unión de Artistas de Sucre, Sincelejo, agosto de 2003), un hermoso compendio de su poesía de los años 2000 al 2003 que he leído con singular deleite y que me reafirma en mi apreciación de que su autor es, sin duda,  uno de los mejores poetas de Colombia, y no precisamente por referirse al mar en muchos de sus poemas --un mar que no es realidad geográfica sino símbolo-- (“el mar no está en la orilla sino en el hombre”, dice) sino por el desencanto que hay en éstos, sus versos de madurez, y por “la tersura e intensidad de su palabra” (Fernando Charry Lara) y su “calidad sostenida, (y) buen gusto refinado” (Rogelio Echavarría) y su “palabra limpia, hecha de intuiciones y silencios” (Juan Manuel Roca).

Y digo desencanto porque sé que el poeta se siente un exiliado en su propia tierra, porque hay tantas guerras que “empurpuran el mar” (y aquí el mar es la sociedad), porque el hombre es un “fugaz pasajero”, “un ser extraviado” con “alas encrespadas de angustia” en su corazón, un “ser acongojado”, una triste canción, hondos silencios entre un poema y otro, un ser que se deshace en el tiempo. Desencanto porque “En este oscuro país/ llamado Colombia/...algunos hombres/...estamos todavía vivos y libres”. Porque el poeta sabe que frente a tanto dolor, él no es “más que una gran queja”. Porque frente a la infamia  de un mundo corrompido por el hombre, “clama desgarrado, absolutamente solo en el desierto”.

Decía al principio que el mar de Marel es un símbolo de muchas cosas: de la música, de “la última pureza del mundo”, de la vida, del amor y del odio, de lo sagrado y de lo mundano, de la Luz y de la oscuridad, de la felicidad y del dolor, es el lecho de Dios y también el mundo que golpea y que atormenta. El mar de Marel es el anciano que, frente a una hermosa muchacha, “tiene oleajes todavía”; es la soledad infinita del hombre desolado, es la tristeza que se desparrama en las rocas, es la angustia y es el miedo de los mortales frente al día de mañana, es espejo de soles siniestros y el caracol que evoca las canciones tristes del pasado. El mar de Marel no es el mar de la tierra, como han malentendido muchos de sus comentaristas, es el mar interior, humano, del cual hablara Tomás Rodríguez Rojas.  Es también la sociedad y la naturaleza pero referidas a las alegrías y pesares del hombre.

Por lo anterior nos atrevemos a afirmar que la preocupación principal de la poesía de Marel es el hombre. Y el poeta señala sus grandes hitos, sus triunfos y sus caídas, su belleza y su horror; “su amistad con la tierra y sus criaturas” pero también  su violencia destructora. Y nos atrevemos a decir que hay en su poesía una clara identificación con los ideales del humanismo, porque sus versos son dedos que denuncian, son la conciencia de una sociedad desgarrada por el odio y el delito que clama por la vuelta a la inocencia del paraíso y de los cuentos de hadas, y porque, a pesar de todo, del infierno que es hoy el mundo, de los horrores que han producido los partidos y los gobiernos, el poeta cree en el hombre, en el fin de su soledad y en su reconciliación con Dios.

Jorge Marel, el poeta mayor que a Sincelejo parece no importarle, es un mar tornándose desierto por culpa de la razón de los burócratas y de los mediocres que lo excluyen, un caracol solitario que transporta su angustia y que pretende hacer oír su voz que es “solo un sonido sordo, apagado, frente al oleaje oscuro, tumultuoso” de este mar ensangrentado que es Colombia. Jorge Marel es el poeta representativo de Sucre y se merece un homenaje en vida –la edición de sus obras completas, por ejemplo--, que sea el justo reconocimiento de su tierra a su prestigio nacional, a la excelsitud de sus poemas y a los cuarenta años que le ha consagrado a la poesía.

Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
amoravelez@yahoo.com

 
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