La
sociedad desobediente - 2002
Las trampas
psicológicas
de la ética
económica
Jorge
Majfud
A
mediados del año 2002, el presidente de la República Oriental
del Uruguay, Dr. Jorge Batlle, protagonizó uno de los capítulos
más divertidos de nuestra historia nacional: creyendo que las cámaras
de la televisión que momentos antes lo habían entrevistado
estaban apagadas, mantuvo un diálogo áspero con uno de los
periodistas de la cadena Bloomberg. En esa oportunidad, el presidente uruguayo
se expresó con sinceridad sobre lo que pensaba de la realidad que
lo rodeaba. No dijo “la Argentina/ tiene/ una economía sana”, como
tantas veces había repetido hasta un día antes del conocido
quebranto de salud de nuestros vecinos. Entre otras cosas, se refirió
a los argentinos como “una manga de ladrones, desde el primero hasta el
último”. Pero como Gran Hermano no perdona, sus palabras dieron
varias veces la vuelta al mundo, lo cual no provocó la inquietud
de ningún mercado ni la suba del petróleo ni la caída
de la bolsa de ningún delincuente conocido, sino la risa del mundo
entero lo cual, de paso, le sirvió a nuestro presidente para cumplir
con la única promesa preelectoral de hacer un gobierno divertido.
Paradójicamente, el que menos disfrutó con la anécdota
fue su propio protagonista, el cual debió hacer un viaje lacrimógeno
a Buenos Aires para pedir disculpas por tanta sinceridad, confesando, finalmente,
ante el presidente Duhalde y ante el mundo entero, que también él
se sentía un argentino más —aunque no aclaró si de
los primeros o de los últimos.
Pero éste
hecho, que si bien es memorable y de sumo interés para comentaristas
de prensa y humoristas en general, no trasciende la anécdota. Me
interesa más otra expresión del presidente, mucho menos divertida,
quizá la que se tomó como la única razonable y atinada.
La voy a repetir, y estoy seguro que todos la volverán a considerar
razonable. Sin embargo, si lo hago es, precisamente, porque creo que no
es correcta sino todo lo contrario: es la lógica trágica
que guía un equívoco ético a escala global.
Refiriéndose
a las frustradas peticiones de la Argentina al FMI, Batlle dijo, otra vez
con obviedad, como es su característica y la de todo caudillo latinoamericano
que llega al poder: “Si usted me viene a pedir plata prestada a mí,
es obvio, mi estimado periodista, que yo voy a poner condiciones para prestársela”.
Sencillita y crucial. He aquí escondida, bajo la letra, la raíz
de todos los equívocos éticos.
Veamos. ¿De
dónde deriva la aparente claridad de este razonamiento? Creo que
deriva de una percepción correcta, del sentido común. ¿Y
entonces? Es correcta cuando nos referimos a una relación entre
dos personas, o entre un grupo limitado de individuos, en la cual los actores
son parte activa y responsable de las causas (por ejemplo, de un préstamo)
y las consecuencias (devolución). Es más, el código
de conducta ahora globalizado se origina, desde su prehistoria, en este
mismo tipo de relaciones. Pero es un equívoco de trágicas
consecuencias cuando hacemos la traslación directa de una situación
conocida a una totalmente novedosa y diferente, como lo es la relación
Nación-Directorio Internacional, o Pueblo-Corporación Financiera.
El equívoco trágico ocurre cuando se confunde a un individuo
o a un grupo limitado con un país entero; y a la antigua situación
de un mundo abierto y desconectado con el mundo actual, cerrado y globalizado,
como un barco a la deriva, donde el resfrío de uno de sus pasajeros
hace destornudar a la tripulación entera —y viceversa. Esta confusión,
que en el pasado alimentó los caprichos de algún que otro
dictador y que en el presente se usa en las reuniones y sobremesas de los
Centros Decisorios Financieros para referirse a los pueblos, es más
grave y trágica de lo que puede parecer a primera vista, y deriva
más de la psicología individual que de la racionalidad sociológica
y moral. Si bien yo soy responsable de una deuda adquirida por mí
mismo, no soy responsable en la misma medida de una deuda adquirida por
una generación anterior y por una sucesión de gobiernos,
mucho de los cuales fueron dictaduras, es decir, ilegales e ilícitos.
Si así fuera, no veo por qué los europeos no devuelven las
toneladas de oro robadas a las Américas; o por qué no devolvemos
nosotros, los americanos, las tierras usurpadas a los indios nativos. Y
no compliquemos el análisis recordando la responsabilidad de los
mismos acreedores en las fabulosas y desangrantes deudas impuestas a los
pueblos del estúpidamente llamado tercer mundo. Sólo recordemos
que la deuda externa es la primera causa del estancamiento y sumisión
de los países “deudores”. Dicho en otras palabras, las deudas externas
de los países pobres es la primera razón por la cual estos
países no pueden salir de su pobreza y, por ende, la primera razón
por la cual no podrán terminar nunca de pagarla. Lo cual no tiene
por qué ser una mala noticia para los acreedores. La ayuda financiera
de los Centros Financieros Mundiales es tan necesaria como responsable
de la agonía, como lo puede ser la droga que alivia el dolor en
un enfermo terminal.
Por suerte, no
está lejos el tiempo en que los habitantes de este planeta, cerrado
y agotado, cambien su forma de relacionamiento internacional. Es inevitable.
Nada de esto quiere decir que un país no tenga responsabilidad sobre
los compromisos asumidos. Quiere decir que las responsabilidades no son
las mismas: son, en todo caso, relativas; nunca absolutas. Es decir, los
super-directores que firman acuerdos con los mini-presidentes, deberían
entender que están obteniendo una garantía relativa y, por
lo tanto, deberán asumir los mismos riesgos que más tarde
impongan las necesidades humanas de los pueblos heridos por una ayuda que
no es tal. O tendrán que resignarse que algún día
países como Argentina terminen por salir a flote sin ayuda del FMI,
lo cual podría poner en jaque al actual Orden Mundial. Y es en éste
punto donde estamos por ingresar a la dimensión ética del
problema.
Ingresemos. Cuando
un país entero está en situación de emergencia (como
lo están Argentina y muchos países africanos) y no sólo
se compromete su futuro productivo y financiero por el pago de onerosos
intereses de deuda, sino que la vida de miles de sus habitantes está
en peligro, la imperativa moral se invierte: ya no es una obligación
cumplir con los “compromisos” de deuda sino lo contrario: sería
inmoral cumplir con los mismos mientras miles de hombres y mujeres son
arrojados literalmente a la basura. Es en este momento que debemos preguntarnos
¿qué responsabilidad tiene un niño que agoniza por
desnutrición sobre los “compromisos” de deuda firmados por algún
presidente, elegido por la mitad de ciudadanos —como ocurre casi siempre—
o por tres o cuatro —como ocurre en los casos restantes? Cuando ponemos
los principios financieros y la ética comercial sobre el primero
de los principios, el de la vida, ¿no estamos invirtiendo el orden
moral de los mismos?
“Si usted me viene
a pedir un préstamo, es lógico que yo ponga mis condiciones”,
había dicho nuestro dócil presidente. Sí, muy obvio
su razonamiento, señor presidente, pero aplíquelo al sujeto
correcto —y le hablo directamente a usted, porque sé que lee este
diario. Entiéndalo de forma literal y no metafórica: “yo”
significa “yo”, y no “pueblo”. Aplíqueselo a usted mismo, no a aquellos
inocentes que jamás se enterarán cuáles son los compromisos
que están asumiendo en ese momento, mientras buscan con avidez un
pedazo de pan verde entre los basureros de algún restaurante de
renombre internacional, el que luego negociará con su bondad, como
es el estilo de la actual ética mundial.
Jorge
Majfud
University of Georgia
majfud@uga.edu
www.geocities.com/jorge_majfud
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