Latinoamérica - rodelu.net
23 de Agosto de 2004
.
 
Coletillas al Margen

Con el pueblo ¡sí se puede!

Carlos Angulo Rivas
Debemos percatarnos a través de la clarividencia propia de toda reflexión, que sin memoria ciudadana no puede haber historia verdadera. El pasado de los pueblos marca el camino del porvenir y es un deber inalienable de cualquier ciudadano digno, no repetir la nefasta historia del oprobio y la corrupción. En el Perú de hoy, como ocurrió y ocurre en algunos países de la América Latina, existe una conspiración de la “clase política” tradicional, presente en el gobierno (Ejecutivo y Legislativo), para que en absoluto nada cambie en el país. La confabulación de mantener la situación de descomposición total del Estado y sus Instituciones, es el norte de quienes de espaldas al país pretenden heredar de nuevo los escombros de la ilegalidad caótica del escudero ultra neoliberal Alejandro Toledo, cabeza visible de los intereses de la Casa Blanca en la reg ión. A tres años de estancia en el poder, el mandato de transitoriedad jurídica dado a los elegidos está agotado; y lo está porque la transición hacia la democracia no se ha cumplido ni piensa cumplirse en el zafarrancho promovido con la elección de Ántero Florez Araoz, como presidente de un Congreso que sólo representa a los sectores más corrompidos de la sociedad. ¿Cómo arrogarse una representatividad que no se tiene en asuntos tan importantes como el orden jurídico nacional? ¿Puede un presidente del Congreso elegido, en precaria mayoría, guiada por los tránsfugas de toda laya, liderar el restablecimiento del orden constitucional? ¿Qué se puede esperar de estos tránsfugas que dirigen ahora, bajo chantaje, las decisiones parlamentarias? No cabe la menor duda, el asalto a la Mesa Directiva del Congreso por parte de la Unidad Nacional y el APRA, aliados a contra natura con los parlamentarios golondrinos o desertores de sus respectivas agrupaciones políticas, significa la dest rucción final del régimen gubernativo en la perspectiva ciudadana de que “se vayan todos.” 

Hay que restituir el Estado de Derecho 

El presidente provisorio Valentín Paniagua no restituyó el Estado de Derecho a plenitud. Abogado él, falló en lo fundamental, pero intentó a través de una comisión, nombrada a dedo, dar sugerencias para la reforma constitucional; y luego pasó el encargo básico al nuevo gobierno, cuya misión prioritaria de rescatar la legalidad en el país, intereses van intereses vienen, no le ha interesado a nadie. Y, ¿por qué no ha interesado a nadie el Estado de Derecho auténtico? ¿Por qué la mayoría de los representantes y los medios de comunicación defienden el insostenible Estado de Derecho impostor, preservando la espuria Constitución impuesta por la dictadura de Alberto Fujimori? La respuesta es precisa, meridiana y transparente. Se trata del pánico de la “clase política” a la verdadera democracia y más todavía a la consulta popular, porque la ausencia de estos fines primordiales del sistema representativo constituye la razón de ser de esa cátedra de corrupción; es la base de su sustento y el círculo vicioso de su existencia como elemento manipulador de la sociedad, donde la inmoralidad abastece a sus componentes de prebendas y regalías. ¿Qué mejor que el caos jurídico para usufructuar individualmente o en equipo del botín del Estado? 

El poder soberano emana del pueblo y quienes lo ejercen están obligados a hacerlo en su representación de acuerdo a la ley constitucional; y nadie debe obediencia ni respeto a un gobierno convertido en usurpador por acción de la fuerza pública o por la violación de los preceptos constitucionales. El cinco de abril de 1992, Fujimori destruyó el Estado de Derecho en alianza con la Fuerza Armada, cometió el delito de sedición con los resultados que todos conocemos para desgracia y vergüenza del país. Panigua, Toledo y los actuales representantes del Congreso, al no cumplir el mandato constitucional de 1979 ni ponerlo en práctica, permanecen en la situación de cómplices de la ruptura institucional todavía no reparada; y por consiguiente, quiérase o no, asumen la misma condición de usurpadores del poder que en transitoriedad hacia el restablecimiento del Estado de Derecho recibieron en su oportunidad.

La violación constitucional continúa campante, a ojos vista del artículo 307 de la única Constitución vigente y válida de acuerdo a derecho, la de 1979, que a la letra dice: “Esta Constitución no pierde su vigencia ni deja de observarse por acto de fuerza o cuando fuere derogada por cualquier otro medio distinto del que ella misma dispone. En estas eventualidades todo ciudadano investido o no de autoridad tiene el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia. Son juzgados, según esta misma Constitución y las leyes expedidas en conformidad con ella, los que aparecen responsables de los hechos señalados en la primera parte del párrafo anterior. Asimismo, los principales funcionarios de los gobiernos que se organ icen subsecuentemente si no han contribuido a restablecer el imperio de esta Constitución.” En consecuencia, tanto los funcionarios como los gobernantes vienen usurpando el poder del Estado en beneficio propio y están incursos en el delito de despojo de la autoridad conferida por el pueblo, a ellos nadie debe respeto y menos obediencia; siempre de conformidad a lo que la misma Constitución señala en su artículo 82: “­Nadie debe obediencia a un Gobierno usurpador ni a quienes asuman funciones o empleos públicos en violación de los procedimientos que la Constitución y las leyes establecen. Son nulos los actos de toda autoridad usurpada. El pueblo tiene el derecho de insurgencia en defensa del orden constitucional.”

La consulta popular

Alejandro Toledo en el remanso del 28 de julio por fiestas patrias, en medio de la agonía de su mandato, luego del exitoso paro nacional del 14 de ese mismo mes amortiguado por falta de liderazgo político, lanzó al mar de la confusión reinante el salvavidas de su supervivencia. La maroma del descalificado presidente, ante los mercachifles del ahora Congreso de los tránsfugas, presidido por Ántero Florez Araoz, trató el tema prioritario de la Constitución como algo ajeno a la usurpación del poder de la cual todos son parte activa. La propuesta de tres puntos (reforma constitucional por el actual Congreso, por el Acuerdo Nacional o la Constituyente) dada entre gallos y medianoche, constituye la burla más grande que pueda concebirse; carece de escrúpulos en la pretensión de coger a la ciudadaní a por cansancio. Se burla de la inmensa mayoría nacional que ante el atolladero jurídico existente exige una Asamblea Constituyente como el único medio capaz de quebrar la inactividad de quienes tenían la obligación y el deber de actuar constitucionalmente restituyendo el Estado de Derecho a través de la vigencia de la Carta Magna de 1979.

La Asamblea Constituyente en este sentido corresponde a la búsqueda de una salida del atolladero, no a una necesidad en sí misma. La urgencia es reconstituir el Estado de Derecho y terminar con la usurpación del poder soberano del pueblo. En otras palabras, cesar a los usurpadores (derecho a la insurgencia). Convocar a un gobierno de emergencia nacional, si se quiere cívico-militar nacionalista, acreditado por un referendo (esta alianza bien funcionó en Venezuela cuando el golpe de Estado contra Hugo Chávez). La finalidad de este gobierno de emergencia es la de restituir el Estado de Derecho convocando a elecciones generales de acuerdo a la Constitución de 1979. Sólo entonces, ese nuevo gobierno tendrá las facultades expeditas de proceder a la reforma constitucional a que hubiere lugar. Lo d emás es puro engaño de la “clase política” tradicional para seguir con el botín del Estado putrefacto que la favorece y la fortifica, cada vez más, como una maldición sobre los peruanos de la que no pueden librarse. Así es la esencia de los componentes o las piezas sueltas, aquí no hay nada que discutir sino poner en acción la maquinaria que permitió el cambio de rumbo en Argentina, Brasil y Venezuela: la revocatoria de mandatos y el voto popular.

La crisis política peruana se ahonda cuando nuevos vientos recorren América Latina. La desvergonzada “clase política” tradicional no va a cambiar; por el contrario, el ilegítimo y desnacionalizado gobierno de Alejandro Toledo está siendo defendido con uñas y dientes en una carrera de apetitos desmedidos dirigidos a sustituirlo el 2006. El ejemplo de que un gobierno más por el estilo no vuelva a ocurrir en el Perú, está en Venezuela, donde por octava vez consecutiva el líder de la revolución democrática bolivariana ha derrotado todos los intentos de los grupos tradicionales de la derecha y sus partidos representativos. Los resultados del reciente referendo revocatorio, ganado abrumadoramente por Hugo Chávez contra toda la maquinación nacional e internacional por derrocarlo, demuestran que en América Latina ¡sí se puede! cambiar los destinos de una nación. Cuando hay honestidad y transparencia, el factor pánico a la democracia y al voto popular no existe. Mal conciben los partidos tradicionales del continente a Hugo Chávez, a quien califican de “caudillo autoritario,” cuando no se atreven a la práctica democrática que revolucionaría en todos los países la acción de un gobierno: el referendo revocatorio. Pero es tiempo de terminar con la corrupción y la inmoralidad, es tiempo de aceptar el derecho popular de revocar mandatos y de aplicar como norma constitucional la figura del referendo revocatorio; procedimiento para enjuiciar la competencia, honestidad y transparencia de los cargos elegidos: presidentes y legisladores. Los requisitos en Venezuela, para hacer efectivo este derecho de la ciudadanía, son un número de firmas no menor al veinte por ciento de los electores de la circunscripción y el haber transcurrido la mitad del período para el que fueron elegidos. ¿Durarían siquiera un minuto, Alejandro Toledo y los legisladores actuales en el Perú?

21 de Agosto de 2004

Enviado por Cecilia Tello

 
PORTADA LATINOAMERICA