La lectura de
su obra literaria corroboró con lujo estas impresiones epistolares.
Hoy, recorriendo en internet las
apuradas notas necrológicas que le destinan distintos periódicos,
hallé unas declaraciones suyas que deseo subrayar:
“Hasta los cuatro años
fui, me parece, como todo el mundo. Pero ahí sufrí una perturbación...
Decía los cuatro años... entonces quedé, me transformé
en una testigo, sensible y ardiente, de todas las cosas.”
“Mi protagonismo era como testigo:
las cosas pasaban, yo las miraba en profundidad, con una atención
extrema y dolorosa. Quedé expectante.”
Años atrás, durante
una de mis visitas a Montevideo, Marosa me había regalado dos volúmenes
que reunían prácticamente la totalidad de lo publicado hasta
el momento. Bajo el título “Los papeles salvajes” (I y II, Arca,
Montevideo, 1989 y 1991 respectivamente) quedé delante de un inmenso
muestrario de hallazgos narrativos y poéticos, unificado por una
voz de intensa claridad, hechicera, embriagadora, que instala al lector
en un mundo donde todo puede suceder.
Recuerdo las sagas familiares, las
figuras de la madre, la abuela, la hermana, sus peculiares alimentos, los
miedos, la recurrente evocación de los escenarios cotidianos, el
entorno de confortable y sin embargo amenazante naturaleza, el transcurrir
de un tiempo que parecía detenido, los seres y actos criados en
el seno de una imaginación que mezclaba candidez, perversión,
amor, fidelidad a una niñez y juventud mitificadas, violencia, ternura
y, lo que más me conmovió, lo que la autora no nombraba directamente
pero estaba agazapado en cada fibra de su largo discurso visionario: una
voz insólita que estaba contando más allá de vegetaciones,
ritos, maquillajes, extravagancias, faunas y fantasías, una de las
más rotundas experiencias de soledad que yo haya conocido.
Confieso que no tengo ánimo
(nadie tan incapaz de obituarias como este servidor) para desarrollar aquí
algunas notas sobre el muy personal universo estilístico de nuestra
autora. Había pensado, incluso, en escribir un poema, embargado
como estoy por esa sensación de despojamiento que deja la imprevista
muerte de un ser querido. Pero otra amiga, Rosario Vidal, me aportó
hace un rato un inmejorable aliado. Charo me acercaba en un mail un soneto
de otra extraordinaria poeta uruguaya (de la misma raza espiritual de Marosa
y amiga suya), Concepción Silva Bélinzon (Montevideo, 1903-1987),
precisamente dedicado a la autora que nos reúne en estas líneas.
Junto a Concepción, pues, expresamos:
MÁS SABES QUE LOS ASTROS
A Marosa di Giorgio
Más sabes que los astros
la armonía
del que siempre te tuvo, en su
corona,
la cascada del bosque que pregona
tu voz más que el silencio
yo diría.
Sobre dolientes líquenes
vigía
hasta la niebla misma te perdona;
y el lagarto inceleste se abandona
por luz tan verdadera que lo
guía.
En su gran Mano de Oro tu cabeza,
junto al niño que cuidan
las doncellas
no conoces secretos ni flaquezas.
Como el sol en las uvas moscateles,
supiste madurar con las estrellas
la rueda se derrumba en tus laureles.
María Rosa di Giorgio Médicis
(Salto, 1932 – Montevideo, 2004), fallecida este martes 17 de agosto, trascendió
sus fronteras hasta convertirse en una de las más importantes escritoras
uruguayas y latinoamericanas del siglo XX.
Desde su libro inicial, “Poemas”
(Salto, 1954), al que siguieron títulos como “Humo” (Santa Fe, Argentina,
1955), “Druida” (Caracas, 1959), “Historial de las violetas” (Montevideo,
1965), “Magnolia” (Caracas, 1965) hasta esa formidable recopilación
ya mencionada: “Los papeles salvajes”, cuya primera edición data
de 1971 (Arca, Montevideo) y la más reciente y aumentada (Adriana
Hidalgo Editora, Buenos Aires) es de 1999, la poesía de Marosa di
Giorgio ha ejercido una poderosa influencia en nuevos creadores y una aceptación
de público y crítica en constante crecimiento.
También su narrativa, atravesada
por el mismo aliento poético, y con libros como “Mesa de esmeralda”
(Montevideo, 1985), “Camino de las pedrerías” (Planeta, Montevideo,
1997) y “Reina Amelia” (Buenos Aires, 1999), entre otros, contribuye a
una amplia respuesta de lectores, que además han venido colmando
los recitales que la autora ha ofrecido en distintos escenarios de su país
y del exterior, o en los festivales poéticos de Rosario (Argentina)
y Medellín (Colombia). En este último obtuvo en el año
2001 el premio internacional de poesía en lengua castellana por
su obra “Los papeles salvajes”.
Un hecho decisivo para el prestigio
internacional de Marosa fue el dossier sobre su trayectoria realizado por
“Diario de Poesía” (Nº 34, Buenos Aires, 1995). El año
pasado, coincidiendo con la distribución en España de las
ediciones argentinas de “Los papeles salvajes” y “Reina Amelia”, y de un
recital que Marosa ofreció en el Círculo de Bellas Artes
de Madrid (enero 2003), el suplemento “Babelia” (“El País”, Madrid,
29-03-2003) publicó a una página una entrevista con la poeta
y una reseña literaria que extendieron todavía más
el número de lectores interesados en abordar el universo marosiano.
Esta noche regreso a un agosto de
1986 en Montevideo. Entro en un célebre café de la Plaza
Libertad, ese “Sorocabana” donde hace años ejerce su reinado de
inefable testigo vital Marosa di Giorgio. Me presentarán a la poeta
descendiente de italianos y vascos, a la druida que vino del norte salteño
para radicarse en la capital uruguaya en 1978. Reconozco de inmediato su
pelo largo y rojo, sus labios que aprietan ese mismo color y escuchan todo
lo que ocurre, compruebo en la mirada oscura, tibia y directa, algo lejano
sellado de tristeza y suprema comprensión. Nos saludamos. Compartimos
mesa y amistades. Comienza el diálogo. Llegarán después
sus versos, la fascinante ruta por sus páginas, el cariño
fraterno y compañero, los puentes de papel.
Y aquella eterna lámpara
en el bosque violeta, que hoy enciendo con su nombre.
Barcelona 19 de Agosto de 2004