| Brecha
de Uruguay - 3 de Setiembre de 2004
Rato
El hombre
que no pudo ser
Miguel
Ángel Nieto - Desde Madrid
Es imposible
olvidar la cara de Rodrigo Rato la noche en que su entonces jefe, Mariano
Rajoy, reconocía públicamente la derrota del Partido Popular
(PP) en las últimas elecciones españolas. Su mirada vidriosa
era la de un hombre que, más allá del veredicto de las urnas,
era incapaz de superar los gritos de una multitud que 36 horas antes le
llamaba "asesino" cuando acudía a un hospital madrileño a
visitar a los supervivientes del brutal atentado del 11 de marzo. "¿Por
qué nos odian tanto?", se preguntaba en voz alta en ese instante.
Tras ocho años como máximo
responsable económico de los gobiernos de José María
Aznar, Rato es ahora el flamante director ejecutivo del FMI y, paradójicamente,
el único de los ex gobernantes del PP que tiene un empleo internacionalmente
"presentable". Ni él mismo podía imaginar que el hecho de
que Aznar no le designara candidato a la presidencia del gobierno español
le libraría de ser hoy un simple jefe de la oposición en
el Congreso de los Diputados.
A Rato se le puede reprochar buena
parte de las sombras que se ciernen sobre la fortuna que su familia amasó
bajo el franquismo, pero no la coherencia y la integridad de su gestión
ultraliberal al frente del Ministerio de Economía durante los ocho
años de gobierno de la derecha.
A costa de liberalizar el sector
inmobiliario y promover la especulación en bienes raíces
consiguió un período de crecimiento económico sin
precedentes para España. Restringió gravemente el acceso
de la población menos pudiente a una vivienda digna, provocando
uno de los más grandes problemas a los que hoy se enfrenta el nuevo
gobierno socialista, pero aportó cifras macroeconómicas al
escenario europeo que permitían a España situarse entre los
más sólidos y prósperos del viejo continente.
Su política de promover el
empleo precario para maquillar las cifras de desocupados y, de paso, ganarse
el favor de los empresarios, contribuyó igualmente a una baja importante
y sostenida de la inflación. Bien es cierto que los "contratos basura",
como todavía hoy se los conoce, le costaron al gobierno de Aznar
una brutal respuesta de obreros y sindicatos, que tomaron las calles en
una masiva huelga general a la que ni Rato ni el resto del gobierno prestaron
la más mínima atención.
Rato, además, tuvo suerte
en su periplo político. Sus ocho años de gestión económica
venían apoyados en la curva de crecimiento heredada del último
período de gobierno de Felipe González, y apuntalados en
las inmensas ayudas comprometidas a España por la Unión Europea
en forma de fondos estructurales. La incorporación de España
al euro resultó decisiva para encumbrar su gestión.
Pero su complicada vida sentimental
mientras era ministro y vicepresidente segundo del gobierno, y el abandono
casi absoluto de sus negocios familiares, le jugaron una mala pasada en
el plano de las ambiciones. Él quería ser el futuro presidente
del gobierno. Era el más preparado y el mejor considerado fuera
de fronteras. Él quería ser el hombre al que Aznar designara
sucesor para seguir pilotando la rancia dinastía neofranquista fundada
en 1996. Por algo era uno de los pocos ministros del gabinete que hablaba
inglés y el único quizás con vocación realmente
política.
Pero a Rato no le acompañó
la suerte. O tal vez sí, si se tiene en cuenta que después
del 14 de marzo es el único ex ministro de derechas con empleo estable.
Y es que a la hora de designar sucesor, Aznar le acabaría pasando
la factura de lo ocurrido a mediados de 2001, cuando en las mismísimas
narices del responsable económico de su gobierno reventó
el primer caso de corrupción de la "era Aznar". Entre los implicados
en la volatilización de al menos 70 millones de dólares a
través de Gescartera, una extraña sociedad de valores que
resultó un "chiringuito" financiero, estaba el secretario de Estado
de Hacienda, cargo clave en el organigrama de Rato que hizo que la oposición,
por elevación, acusase al propio ministro de ser uno de los urdidores
de la trama.
Lo cierto es que mientras Aznar naufraga
en los divanes del psiquiatra y Mariano Rajoy sigue rumiando su derrota
en las urnas desde su actual taburete de jefe de la oposición, Rato
dirige hoy desde un sillón impecable ese controvertido FMI que tanto
inspiró su modo de hacer política económica bajo el
período de Aznar. Porque no hay que olvidar que en los ocho años
en que dirigió el rumbo económico de España se produjo,
en términos empresariales, la "segunda conquista" de América
Latina. Las grandes empresas estratégicas del continente americano
fueron literalmente absorbidas o diezmadas por capitales españoles:
la energía eléctrica, las comunicaciones, el transporte aéreo,
la gestión del ahorro, el capital de los bancos, los enormes saltos
de agua de Ecuador, los territorios mapuches, la madera... todo lo que
podía garantizar la mínima independencia de los países
de América cayó en manos de los inversores españoles.
Es indudable, como se insiste en
los foros diplomáticos, que la presencia de Rato en el FMI tiene
una importante ventaja: que habla español. Dicho eso, que es lo
que el ex ministro vende de cara a América Latina, ninguno de los
analistas consultados por BRECHA se atreve a pronosticar el más
mínimo cambio en la futura política económica del
Fondo. Las inversiones extranjeras continuarán vorazmente en los
territorios más necesitados y nadie, por noble que sea su carácter,
flexibilizará los pagos de la deuda ni mejorará las condiciones
de los préstamos. Más allá de los viajes testimoniales
de Rato a ciertos países de África a los que el FMI acabará
comprometiendo con sus ayudas peculiares, el presidente ejecutivo del Fondo
no es, ni más ni menos, que un funcionario más de esa institución
trasnacional que tanto ha hecho en la historia para que la conquista continúe. |