Periodista
Digital de España - 8 de Setiembre de 2004
Yuxtaposiciones
Ariel
Dorfman, escritor chileno
El País
de España
Eran tres
cuadras las que separaban aquellas dos intersecciones en la capital norteamericana,
tres cuadras entre el Du Pont Circle y el Sheridan Circle que yo solía
caminar a menudo en mis tiempos de exilio en Washington. De los dos Círculos,
era el Sheridan Circle el que tenía mayor resonancia para mí
en esa década de los ochenta, el que me llenaba de tristeza y rabia.
Había sido ahí, en
ese exacto Círculo, a pocos pasos de la Embajada chilena, que la
policía secreta de Pinochet había asesinado, el 21 de septiembre
de 1976, a Orlando Letelier, el ex ministro de Salvador Allende, y yo,
como otros desterrados, pasaba por ese sitio frecuentemente, tanto para
conmemorar al compañero muerto como para prometerme a mí
mismo que algún día íbamos a juzgar al dictador que
lo había mandado matar.
En cuanto al Du Pont Circle -nombrado
por el almirante Samuel Francis du Pont, héroe de la guerra civil
norteamericana y fundador de su primera Academia Naval-, no tenía
ni una reverberación pinochetista para mí. Solía devorarme
ahí un sándwich al mediodía, gozando de la melodía
de las aguas de su fuente central mientras contemplaba cómo iban
cruzando por la vecindad una abigarrada muestra de habitantes de Washington:
representantes de la bohemia intelectual, algunos músicos ambulantes,
diversos hombres y mujeres sin casa, y también una retahíla
de diplomáticos, ya que en esa zona se congregaban, y es así
hasta el día de hoy, todo tipo de legaciones y consulados extranjeros.
Tal vez por eso se había instalado
en un ángulo solemne de ese Du Pont Circle el Banco Riggs, que servía
preferentemente a los funcionarios de la Embassy Row. No le daba, de verdad,
importancia alguna a ese banco en aquel tiempo ni menos se me ocurrió
que vendría un día en que el Riggs iba a ser el insólito
instrumento para que el general Pinochet tuviera por fin que enfrentar
a la justicia.
Es lo que acaba de pasar. Una pesquisa
del Senado norteamericano ha descubierto que el ex dictador -y su esposa
flamígera, Lucía Hiriart- tenía cuentas secretas (de
hasta ocho millones de dólares) en el Banco Riggs, lo que ha llevado
a una serie de investigaciones de las finanzas de Pinochet, tanto en los
Estados Unidos como en Chile.
Hasta ahora el general chileno ha
logrado escapar de las consecuencias de sus violaciones de los derechos
humanos -aduciendo una incapacidad mental para ser sometido a juicio-,
pero este escándalo es el que convenció a los jueces de la
Corte Suprema de Chile que había que procesarlo por su participación
en la Operación Cóndor, la estrategia terrorista con que
se coordinaron los servicios de inteligencia del Cono Sur en los años
setenta.
Y no cabe duda de que tampoco le
va a ser fácil a Pinochet deshacerse de que el magistrado que investiga
sus finanzas en una causa paralela indague cómo un hombre con el
modesto sueldo de un comandante en jefe y que juró que dejaría
su cargo pobre pero honrado, terminó acumulando tantos millones.
Pinochet no podrá eludir una explicación acerca de por qué
decidió esconder esos millones, tal como lo hacen los traficantes
de armas y drogas, tal como lo hacen, precisamente, los terroristas.
El terrorismo. De las muchas ironías
que luce este nuevo affaire Pinochet, es la conexión con el terrorismo
lo que más me llama la atención. Pensemos en que las malandanzas
y malabarismos monetarios de un general que tomó el poder un 11
de septiembre de 1973 sólo se conocen ahora debido a que 30 matemáticos
años más tarde sobrevino otro 11 de septiembre, debido a
que los atentados de 2001 llevaron al Congreso norteamericano a legislar
con severidad sobre el lavado del dinero en los bancos de su nación
y a escudriñar la cuentas escondidas de toda una caterva de ilícitos
que hasta ese momento podían obrar con sorprendente impunidad. Qué
burla le juega la historia a Pinochet: la muerte de tres mil norteamericanos
en un ataque terrorista fundamentalista islámico en el que él
nada tiene que ver pone en la mira de la justicia y los senadores norteamericanos
a un hombre que a su vez sembró el terror en su propia capital y
mató y torturó a mucho más que tres mil compatriotas
suyos. El hombre que, además, exportó ese terror a las calles
de Washington. Puesto que, hasta la ofensiva criminal de las huestes de
Bin Laden contra las Torres Gemelas y el Pentágono, sólo
había existido antes en la historia norteamericana una agresión
terrorista contra su suelo: el que armó Pinochet en el Sheridan
Circle en 1976. Ese Círculo tan próximo al Banco Riggs, esas
tres cuadras por las que pasaban cada día los burócratas
que depositaban en ese banco los fondos del general, que blanqueaban esos
fondos, que ocultaban el origen de esos fondos. ¿O no sabían
ellos acaso, nunca se preguntaron, qué relación había
entre ese dinero colosal del dictador de Chile y la bomba que explotó
a pocas cuadras de distancia, nunca vieron cómo año tras
año los amigos de Orlando Letelier y su familia colocaban flores
en el Sheridan Circle, acaso nunca hicieron la conexión?
Pero hay, en efecto, una conexión
entre los desmanes bancarios que se perpetraron en el Banco Riggs del Du
Pont Circle y la muerte que acosó a Letelier y una acompañante
norteamericana, Ronnie Moffitt, en el Sheridan Circle. Es una conexión
sutil, quizás metafórica, pero de todas maneras, significativa.
No se trata tan sólo de la
idea fehaciente, pero excesivamente simplista y obvia, de que el mismo
poder que le permite a un dictador asesinar a mansalva le permite también
robar cuantos millones pueda y quiera: el poder absoluto corrompe... etcétera.
Más interesante, a mi parecer, es el tema del ocultamiento como
la estrategia crucial de un dictadorzuelo como Pinochet, o por darle un
término más contemporáneo y sugerente: el lavado.
La eficacia de la dominación
que ejerce el general en Chile -como los horrores que llevan a cabo tantos
otros tiranos durante el siglo XX, desde Stalin y Hitler hasta Sadam Husein
y Somoza- se edifica en el principio de que, junto con atormentar en algún
miserable sótano o lejano campo de concentración a los cuerpos
indefensos de sus ciudadanos, es imprescindible negar públicamente
toda responsabilidad. Esta imagen inmaculada del hombre fuerte es crucial
para su supervivencia -y alcanza, en los miles de desaparecidos chilenos,
su culminación contemporánea-. Al no haber siquiera un cuerpo
que exhibir o entregar a la familia, se logra cosechar los frutos de un
terror absoluto a la vez que se rechaza todo intento por investigar los
orígenes de aquel terror ni menos a sus autores. Mientras más
sangre se ha derramado, más obligatorio es lavar incesantemente
a la luz del día las manos culpables. Peroahí está
la sangre, ahí está el dolor, ahí está la traición,
como lo sabía la mujer de Macbeth con sus manos falsamente limpias
y prístinas que enjuagaba una y otra vez -una mala conciencia que
no parecen exhibir los mediocres déspotas de nuestro tiempo a los
que, por cierto, les falta un Shakespeare y la redención de sus
palabras-.
Y ese mismo principio del lavado
perpetuo de las manos públicas de los violadores habituales de nuestra
humanidad es el que rige también el destino del dinero que los represores
suelen atesorar secretamente. Para disfrutar de esa fortuna -como del poder
que lo facilita-, es fundamental que nunca se conozca de dónde proviene
aquel dinero. Pero hay más: el lavado del dinero requiere, igual
que el lavado que acompaña a la tortura, que, bajo las órdenes
del criminal, se despliegue un vasto ejército de acólitos
y ayudantes, tan adeptos en ocultar una vesania aterradora como un dólar
mal habido.
Para que esta investigación
en torno al patrimonio malsano del general Pinochet de veras tenga un efecto
importante, es imperioso que las miradas se dirijan no sólo al criminal
que robó los caudales públicos, sino más esencialmente
a todo el aparato a su servicio que sistemáticamente encubrió
la verdad de lo sucedido, es perentorio que se busquen medios para que
no le sea posible a un abusador de los derechos humanos acaparar en forma
furtiva sus haberes. Si el resultado de este escándalo ayuda a que
por fin haya transparencia en los manejos bancarios -sea de un terrorista
como Pinochet o de los terroristas que trabajan para Al Qaeda o de los
criminales de cualquier otra organización internacional-, habremos
dado un paso trascendental para controlar el mundo en que vivimos.
Ojalá que esa iluminación
feroz de las oscuras maniobras que disimulan tantos ilegítimos asuntos
financieros en nuestro planeta, sea acompañada por una tentativa
paralela por proscribir la tortura, ojalá nos podamos dar cuenta
de la relación profunda que debe existir entre ambas acciones a
favor de la especie humana.
Así lo entiendo yo, por lo
menos. La próxima vez que viaje a Washington, voy a volver a recorrer
las tres cuadras que separan a los dos Círculos y en esa ocasión
futura no podré ignorar la proximidad, no sólo geográfica,
de ambos lugares, y meditaré, sin duda, sobre el hecho, tal vez
no tan asombroso, de que la mano que abrió una cuenta en un banco
en una calle de Washington es la misma mano que, años antes, había
mandado matar a Orlando Letelier en otra calle tan cercana, me diré
que la lucha por la justicia y la lucha por la transparencia es, al fin
de cuentas, la misma lucha impostergable.