COMCOSUR
AL DÍA - AÑO 6 - Nº 930 - 11 de septiembre de
2004
Bordaberry,
Beslán, Bin Laden
Leonardo
Haberkorn - El País/Qué Pasa
Hoy es 11
de setiembre, pero no de 2001 sino de 2004. Hoy las imágenes del
terror en las Torres Gemelas han sido sustituidas por otras más
recientes.
Este 2004 ha sido pródigo
en nuevas fechas para el horror: primero fue el 11 de marzo en Atocha (200
muertos), después el 14 de agosto en el supermercado Ycuá
Bolaños de Asunción (más de 300 muertos), ahora hay
que agregar el 3 de setiembre en la escuela de Beslán, donde los
muertos fueron más de 360, muchos de ellos niños. Demasiado
horror para tan poco tiempo. Detrás de cada uno de estos casos,
invariablemente, está el fanatismo. Puede ser el fanatismo en el
nombre de Dios, como en el caso de los terroristas islámicos, o
el fanatismo por el dinero, como en el caso del dueño del
supermercado paraguayo que condenó
a cientos de sus clientes a morir calcinados para no correr el riesgo de
que alguno se llevara una sopa sin pagar.
Lo peor es que muchas veces después
del horror sobreviene la impunidad. A las terribles imágenes provenientes
de Rusia, hubo que agregarle en estos días la confirmación
de que el Estado y el Poder Judicial de Argentina manejaron de tal manera
las pruebas y el juicio del atentado contra la AMIA (85 muertos) que ahora
resulta que no hay culpables. La impunidad duplica el crimen. Por eso,
a todos nos gustaría ver a Osama bin Laden en un juzgado. Pero no
lo veremos porque tres años después de las Torres Gemelas
lo siguen buscando donde no está, y en nombre de su falsa persecución
han arrasado un
país entero, han matado a
más gente inocente que la que murió en las Torres Gemelas
y han transformado una clásica dictadura, de la que lamentablemente
hay decenas y decenas en el planeta, en un nuevo paraíso para el
terrorismo. En Estados Unidos alguien ha decidido que hay valores más
importantes que la simple justicia. No sólo para el dueño
del supermercado paraguayo lo primero es el dinero.
Pero el reclamo de justicia ante
estos horrores es inextinguible. Cuatro años después de las
Torres Gemelas, en Nueva York existen organizaciones de familiares de las
víctimas reclamando una verdadera acción contra los terroristas.
Esta semana los deudos de la AMIA han reforzado su compromiso de seguir
adelante en su lucha. Este jueves en Munich, un ex nazi eslovaco, Ladislaw
Nizansky, de 86 años, comparecerá por primera vez ante un
tribunal para rendir cuenta del asesinato de 146 personas, la mayoría
mujeres y niños, durante la Segunda Guerra Mundial. Sucede que la
sed de justicia no
la apagan los años ni los
ejércitos, tampoco el dinero y las maniobras judiciales, ni siquiera
las leyes sancionadas por un Parlamento democrático y luego refrendadas
por más de la mitad de la ciudadanía. En Uruguay lo sabemos.
Por eso, los deudos del terror siguen aprovechando cada pequeña
oportunidad, cada resquicio del sistema para conseguir aunque más
no sea un retazo de justicia.
Es por eso que hoy tiene que ir a
los juzgados el ex dictador Juan María Bordaberry y no como ha dicho
su hijo, el ministro Pedro Bordaberry... ¡¡¡porque alguien
quiere perjudicar su carrera política!!! Bordaberry padre no tiene
3.000 muertos en su haber, pero en algo se parece a bin Laden: es un fundamentalista
que cree que el poder que ejerció devino de Dios. Como los terroristas,
hoy se vale de las reglas de una democracia en la que no
cree. Esa democracia es la que le
permite tener ahora todas las garantías de la Justicia, garantías
que miles de uruguayos no tuvieron durante su oscuro gobierno. Si algo
hicieron bien los militares fue sacar sin mayores contemplaciones a Bordaberry
de la presidencia: era demasiado fanático hasta para ellos, sus
ideas de suprimir para siempre los partidos políticos, de terminar
con cualquier forma de voto popular, chocaban incluso al más reaccionario
pensamiento castrense de entonces.
Hoy, para bien o para mal, en Uruguay
rige la Ley de Caducidad. Los crímenes cometidos por militares durante
la dictadura que Bordaberry supo encabezar nunca serán juzgados.
Pero los familiares de las víctimas continúan luchando para
que algunos casos sí lo sean: los que ocurrieron antes del golpe
de Estado, los que tuvieron como presuntos responsables a civiles y no
a militares. Se entiende que la Ley de Caducidad no los comprende. Pero
será la Justicia la que dirá si estas causas tienen andamiento
jurídico o no, y si hay culpables o no. Si los familiares del peón
rural asesinado sin piedad por los tupamaros reclamaran hoy justicia uno
también los entendería.
Nadie ha protestado porque un hijo
de Bordaberry sea ministro de la democracia en la que su padre no cree.
Nadie criticó al ministro por acompañar a su padre cada vez
que tiene que presentarse en un juzgado. Pero que el ministro aproveche
los generosos micrófonos del periodismo uruguayo para decir que
detrás de los juicios a su padre hay una maniobra electoral para
perjudicar su inexistente carrera política es demasiado. Hay dolores
que duran toda una vida y no se calman haciendo turismo. Quizás
el ministro
debería ver las fotos de
las madres rusas acariciando los cadáveres de sus hijitos. Podría
tratar de imaginar lo que se siente cuando matan a un inocente. Y dedicarse
a sus cosas.