| LA
JORNADA de México - 9 de Setiembre de 2004
Kerry
no convence
Angel
Guerra Cabrera
Las noticias
sobre la campaña electoral en Estados Unidos indicarían que
su bárbaro ocupante actual permanecerá en la Casa Blanca
en noviembre. Lo más contrastante de esta perspectiva es que en
una franja considerable de la población existe un raigal sentimiento
contra George W. Bush y un despertar progresista que recuerda el de los
años 60, como demostró la extraordinaria manifestación
en Nueva York durante la Convención Republicana. No se trata de
un fenómeno local. Expresa un gran movimiento de base, de costa
a costa, que reivindica las honrosas tradiciones de lucha social y democrática
del pueblo estadunidense, vigentes en la memoria colectiva, pese al predominio
de la historiografía dócil.
Pero más allá de la
consigna "cualquiera, menos Bush", sería difícil encontrar
un vínculo ideológico y político entre este movimiento
y los jerarcas del Partido Demócrata y su candidato. John Kerry,
huelga decirlo, es al igual que Bush otro integrante de la plutocracia
que presume de su apego a los "valores conservadores" y que también
goza de la confianza y los donativos de los grandes señores del
dinero. Por tanto, no ha de sorprender su afán de diferenciar sus
planteamientos lo menos posible de los de Bush y que sus temas de campaña
lo alejen sensiblemente de las aspiraciones y demandas de los estadunidenses
liberales y progresistas.
La Convención Demócrata
fue una prueba clara del menosprecio de la cúpula hacia ese sector
al imponer un discurso timorato radicalmente contrario al de los delegados,
que exigían el retiro de las tropas de Irak, censuraban la llamada
ley patriótica, manifestaban su agravio por las mentiras de Bush
para justificar la agresión y pedían la creación de
empleos y el combate a la contaminación ambiental. Tiene mucha razón
Hermann Bellinghausen cuando afirma que al lado del equipo de Kerry los
socialdemócratas de Weimar parecen valientes. La comparación
no podría ser históricamente más exacta.
La pandilla de Bush, adueñada
del Partido Republicano y con los grandes medios de difusión a su
servicio, inició después del 11 de septiembre de 2001 la
implantación de una versión americana del Reich hitleriano,
sin que su proyecto haya encontrado hasta ahora una oposición digna
de tal nombre en el otro partido del sistema. En casa se cercenan derechos
civiles y políticos considerados inherentes al american dream
por la mitología oficial. Al resto del mundo se le depara el sagrado
derecho de Washington a la guerra preventiva cuando así convenga
a sus intereses: una suerte de universalización de la doctrina Monroe.
Ergo, aplicar a discreción el mismo tipo de democracia exportada
a Afganistán e Irak a punta de bombas. Kerry no ha cuestionado la
esencia de estas políticas y más bien se ha limitado a prometer
que, a diferencia de Bush, él sí las aplicaría con
éxito. En cuanto a los temas domésticos, ha renunciado al
debate sobre la frágil realidad económica, social y política.
Después de todo, a pesar de la enorme responsabilidad de Bush II
en su agravamiento, el interludio de Bill Clinton no se apartó de
sus antecesores republicanos, tanto en política interior como exterior,
más que en cuestiones de estilo.
El candidato demócrata ha
centrado su plataforma en destacar sus méritos militares en Vietnam
con el mensaje subyacente de que él sí sería un insuperable
comandante en jefe en la "guerra contra el terrorismo". Uno que arrasaría
en un santiamén con todos los terroristas, incluida la resistencia
patriótica en Irak, y traería de vuelta triunfantes a "nuestro
muchachos". Su vocero ha llegado a afirmar que de haber estado en la misma
alternativa de Bush también habría invadido a la antigua
Mesopotamia, aunque no se hubiera probado su posesión de armas de
destrucción masiva. Ello explica que la campaña demócrata
haya eludido atacar a Bush por éste y otros flancos muy vulnerables
como los sucios negocios en Irak de Halliburton y otras compañías
afines a los bushistas, o las torturas y la matanza de la población
civil.
Mientras Bush cultiva a sus fieles
de la extrema derecha fanática cristiana y patriotera, Kerry da
la espalda a sus potenciales votantes y apuesta todo a los indecisos, táctica
que anteriormente ya ha llevado a su partido a la derrota. Así las
cosas, es previsible que muchos integrantes de la gran corriente contra
Bush o bien den su voto a Ralph Nader o simplemente se queden en casa el
2 de noviembre antes que apoyar a un candidato del que esperan más
de lo mismo o perciben inconsistente.
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