| Periodista
Digital de España
- 6 de Setiembre de 2004
Las lecciones
de Nayaf
Gema
Martín Muñoz *
El País
de España
Son varias
las conclusiones políticas que se pueden extraer de la batalla militar
que se acaba de desarrollar en Nayaf durante casi un mes. Por un lado,
la evidencia de la progresiva precariedad que experimentan, tanto las fuerzas
de ocupación estadounidenses como el Gobierno iraquí que
han impuesto para controlar el país. Y, por otro, la manifiesta
consolidación del liderazgo nacionalista del joven Muqtada al-Sadr,
así como la influencia determinante de los grandes ayatolas chiíes
de Oriente Medio.
La brutalidad que ha caracterizado
a la ofensiva estadounidense, apoyada por el primer ministro iraquí,
Ayad Allawi, muestra su firme determinación de pasar un mensaje
"ejemplar" para tratar de contener que la rebelión se siga extendiendo
por todo el país (sin que importe, claro está, cuántos
sean los muertos civiles, ni el número de desposeídos, ni
el urbanicidio de una ciudad venerada por todos los musulmanes, chiíes
en particular). Ambos actores son muy conscientes de que están día
a día perdiendo el control de las ciudades iraquíes. Esto
es evidente en el conocido como triángulo suní, extendiéndose
progresivamente al sur chií de la mano del joven líder Muqtada
al-Sadr.
Unido a esto, Ayad Allawi está
totalmente desacreditado a los ojos de la mayoría de los iraquíes,
quienes, haciendo uso de su proverbial sentido del humor, le llaman "el
Sadam Husein sin bigote". Y es que, además de haber sido un fiel
agente de la CIA, es un hombre que rompió con el régimen
baazista, pero no con su cultura política despótica. De ahí
que la ley de excepción que ha impuesto poco tenga que envidiar
a la existente bajo Husein. Es más, la ofensiva contra Nayaf ha
tenido lugar en un momento en que, tras la charada del "traspaso de soberanía",
se organizaba el segundo acto para elegir a una proto-Asamblea transitoria
al margen de cualquier consideración democrática. Proceso
que tampoco ha tenido nada que envidiar a las fórmulas políticas
sadamistas, si bien se presenta como la alternativa democrática
y libertadora al régimen de Sadam Husein que justifica una guerra
de ocupación.
Toda esta precaria situación
convenció a los hombres de Washington y a sus aliados en Bagdad
de que era necesario hacer una muestra de "músculo" radical. Si
no los aceptan, entonces que los teman... igual que hacía Sadam
Husein. Y, de paso, EE UU intenta como sea contener la rebelión
nacional iraquí, al menos hasta las elecciones de noviembre. Esta
estrategia de maximizar el sufrimiento para lograr la rendición
es, además de desesperada, muy contraproducente, pero se basa en
un pensamiento muy afín a los neoconservadores y a Allawi, decididos
a imponer militarmente su dominación, dado que dejar espacio a la
diplomacia y a la política significa a la postre, para unos, acabar
con la ocupación, y para el otro, perder democráticamente
el Gobierno.
Pero de esta sangrienta campaña
militar el que ha salido reforzado como líder histórico anticolonial
es Muqtada al-Sadr, quien no sólo ha trascendido la divisoria entre
chiíes y suníes, sino que es incluso visto por muchos como
el más capaz de unificar el país contra la ocupación.
Quizás se debería reflexionar sobre el porqué de los
calificativos de "fanático", "radical" y "extremista" que siempre
le acompañan en la información occidental. Cabría
pensar que bien pueden ser epítetos adjudicados por la lógica
propagandística de las fuerzas ocupantes y sus aliados, ya que oposición
y rebeldía contra ellos se convierten automáticamente en
"fanatismo" y "extremismo", mientras ellos se autoproclaman moderados y
civilizados.
Sin embargo, Ayad Allawi es ya hoy
día percibido como el representante de un nuevo "sadamismo" sin
Sadam. Además, la memoria histórica tiene una enorme importancia,
y el sangriento sitio de Nayaf ha revivido dos experiencias de gran valor
simbólico para los iraquíes: los estadounidenses y Allawi
han utilizado los mismos métodos brutalizadores que Sadam Husein
en 1991 para aplastar la rebelión chií; y, al igual que ahora,
en 1920 los británicos tuvieron que afrontar, con los mismos métodos
coloniales, la revolución general iraquí, iniciada por el
liderazgo chií, en contra de la dominación inglesa a través
de la imposición de un Gobierno títere en Bagdad.
Por otro lado, la situación
de Nayaf ha desbordado las fronteras iraquíes y ha movilizado a
las personalidades más prestigiosas e influyentes del mundo chií.
Las fatwas emitidas por dos de los cinco grandes ayatolas chiíes,
ambos originarios de Nayaf: Muhammed Husein Fadallah (residente en Beirut),
defendiendo la resistencia para expulsar a los norteamericanos por todos
los medios, y Qadim al-Haeri (residente en Qom), afirmando que ningún
iraquí, suní o chií, puede luchar contra otro musulmán
en nombre del régimen de Allawi, muestran que se está alimentando
un proceso intensivo y global de sentimiento nacionalista y antiamericano
en toda esta región. Unido a ello, estos grandes ayatolas han dicho
lo que muchos querrían que hubiese dicho Alí al-Sistani,
quien, sin embargo, pertenece a una línea de comportamiento menos
comprometida y explícita en la acción política. Pero
ello podría llevarle a sintonizar cada vez menos con la radicalización
nacionalista engendrada por la cada vez más expeditiva imposición
de la ocupación y del totalitarismo gubernamental de Bagdad. Sin
duda, Al-Sistani sigue gozando de una gran legitimidad y por eso sólo
él podía lograr transformar el seguro martirologio de los
seguidores de Al-Sadr en una tregua digna para ellos. Pero la cuestión
está en por cuánto tiempo se podrán conseguir esas
treguas, que finalmente se muestran muy efímeras, hasta que vuelva
a resurgir una nueva rebelión más combativa contra esta ocupación
que inflama a todo Oriente Medio.
* Profesora de Sociología
del Mundo Árabe e Islámico de la Universidad Autónoma
de Madrid |