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7 de Setiembre de 2004
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el Periódico de Cataluña - 7 de Setiembre de 2004

LA MANO que niega agua a los niños antes de dispararles no es muy distinta a la mano que lanza bombas de fragmentación sobre las ciudades. A uno y otro lado, los líderes no son más que satisfechos carniceros.

Hay que salir de aquí

Joan Barril
De vez en cuando un niño nos hace la fatídica pregunta: "¿Y eso por qué?". Y en ciertas ocasiones la respuesta exige un enorme esfuerzo. Con el tiempo todo es explicable a un niño con ganas de saber. Podemos contarle los principios básicos de la energía nuclear. Podemos explicarles los secretos de la velocidad de la luz. Podemos narrar el funcionamiento de un motor de explosión, las leyes físicas que sostienen a los aviones y las leyes económicas que justifican el auge o la caída de los mercados. Pero a veces nos quedamos sin palabras. Y cuando la televisión cubre nuestra casa de niños muertos en una escuela, entonces cualquier explicación nos parece ridícula e impotente. "¿Por qué matan a los niños?", nos preguntan los niños que nos rodean. Por el odio de los mayores, por las guerras mal cerradas, por el mal en definitiva. O sea: que el hombre se ha preocupado de buscar vida en Marte pero no ha conseguido acabar con la muerte en la Tierra.
El odio no es pretexto suficiente. La matanza de la escuela de Beslán arroja demasiados detalles que van más allá de lo comprensible. Los terroristas no actuaron improvisadamente. Trufaron los edificios con minas y bombas durante bastantes semanas antes del inicio de curso. Se preocuparon de los explosivos pero no de dar de beber a sus rehenes. Negaron el agua a los niños y, cuando algunos consiguieron escapar les disparaban desde las ventanas. Algunos cronistas han hablado de un comportamiento animal, pero ni siquiera los animales de la misma especie se niegan el agua los unos a los otros. La matanza de Beslán no era un chantaje. Probablemente no se pretendía negociar nada. Era exactamente lo que fue: un exterminio y una siembra del miedo en un país como Rusia donde la única estrategia ha sido precisamente el exterminio de los disidentes y el poder basado en el miedo.
Los defensores del militarismo americano aprovechan estas tragedias para increpar a los críticos de Bush. Dicen: "Vuestro antiamericanismo os impide condenar las barbaridades de Putin". Al igual que el 11-S o los trenes de Madrid, el drama de Beslán tiene muchos autores. En primer lugar, naturalmente, los terroristas. En segundo lugar, los maestros de los terroristas, es decir, un Ejército ruso, sea imperial, soviético o decadente, que sólo ha estado entrenado en la política de tierra calcinada. El erial devastado de Chechenia ha sido durante décadas como un enorme patio de juegos de la escuela de Beslán donde las tropas rusas exterminaban y luego amañaban sus elecciones de encargo. En el auge del terrorismo suicida hay que ir a las causas y, aunque ni Bush ni Putin puedan comprenderlo, todavía existen posibilidades de reconducir el mundo. Si renunciamos a destruir al adversario tal vez el adversario cambie. La diplomacia francesa y el movimiento islámico francés han dado estos días un buen ejemplo de superar un conflicto. Si se acepta la posibilidad de la independencia de Chechenia en vez de continuar con el todo o nada, tal vez el odio pueda dosificarse y reducirse. No es fácil. Pero el liderazgo es inventar cualquier cosa para salir de ese marasmo de sangre.
 
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