| El modelo
sueco
Historia
de una sociedad flexible
Andrés
Rivarola Puntigliano *
Mucho se ha
hablado del modelo sueco, que durante la guerra fría fue visto como
una tercera vía a los polos dominantes. Al finalizar la guerra fría
y con una profunda crisis a principios de los noventa, los críticos
hablan de la suecoesclerosis refiriéndose al escaso crecimiento
económico y al deterioro de beneficios sociales que se ha pronunciado
desde fines de los ochenta. Estos ven a la sociedad sueca como ahogada
por impuestos y carente de libertad individual.
Este argumento
carece de perspectiva histórica y comparativa. Ignora que Suecia
está logrando remontar la crisis manteniendo el liderazgo mundial
en niveles de calidad de vida y distribución de ingreso. Incluso,
desde la segunda mitad de los noventa, con liderazgo europeo en promedios
de crecimiento. Pero mi hipótesis central es que lo más original
en esta sociedad lo encontraremos en la perspectiva histórica, en
los mecanismos de consenso social que le han permitido a los suecos resolver
sus crisis estructurales.
Hasta el siglo
XVI, Suecia estaba en la periferia europea, cuyos centros de expansión
miraban primero hacia el Mediterráneo y después hacia los
océanos Atlántico y Pacífico. Con el embate globalizante
de la cristianización, irrumpen nuevas formas de organización
social junto con nuevos mecanismos comerciales. En este período
los nobles y la Iglesia logran un gran dominio de la vida del territorio,
quebrado en el siglo XVI con la unificación nacional bajo la dinastía
de los Vasa. Se limita el poder de los nobles y se inyecta fuerza en el
aparato estatal mediante dos componentes: un avanzado sistema de impuestos
y una organización militar centralizada. Con el luteranismo se quiebra
la independencia eclesiástica, confiscando sus recursos e incorporándola
al Estado. La Iglesia es igualmente influyente, pero como un organismo
del Estado encargado del disciplinamiento espiritual y responsable del
registro de personas y bienes, en beneficio de una mayor extracción
de recursos y un inventario sistematizado de reclutas para el ejército
nacional. Este sistema de control fue complementado y racionalizado con
el establecimiento del Instituto Nacional de Estadística Poblacional
(uno de los primeros en el mundo). Debemos asimismo mencionar derechos
otorgados a organizaciones de campesinos y burgueses. Si bien los nobles
vieron con recelo el poder de la Corona, se beneficiaron con la fuerte
expansión territorial y económica del estado sueco. Así
se transforma Suecia en uno de los primeros estados nacionales, con capacidad
organizativa para transformarse en potencia del Báltico, disputándole
territorios a rusos, alemanes, daneses y polacos. Finalmente, la consolidación
nacional en Europa, junto con el peso de la geografía, hicieron
que Suecia hacia fines del siglo XVIII, perdiera gran parte de sus territorios
(y mercados) lo cual provoca una crisis estructural.
LA SOCIALDEMOCRACIA
El siglo XIX
comienza con grandes cambios institucionales donde surge un nuevo acuerdo
social que disminuye aún más el poder de la aristocracia.
La burguesía nacional gana mayor influencia a expensas de los nobles,
que dejan de lado ambiciones bélicas y de expansionismo territorial.
Hay entonces una consolidación hacia adentro, bajo la cual se impulsa
la industria en una economía todavía dependiente de exportaciones
de productos primarios (fundamentalmente) hacia Inglaterra. Se promueven
políticas de organización y educación popular con
una combinación de esfuerzos entre Estado, Iglesia y asociaciones
no gubernamentales. Por ejemplo, la poderosa Liga Antialcohólica,
con fuertes ribetes religiosos y disciplinadores de la clase trabajadora.
Por otro lado, el Estado dirige recursos hacia el sector industrial, disminuyendo
la influencia de aristócratas, militares y latifundistas gracias
a medidas de liberalismo comercial y crediticio. Aumenta entonces la influencia
de grupos financieros ligados a empresas industriales, junto con un auge
de creatividad empresarial, siendo ejemplos: Alfredo Nobel y su dinamita
a L.M. Ericsson y los teléfonos, el termómetro de Anders
Celsius, el separador de leche de Alfa Laval, el primus, el fósforo
o el cierre metálico. Pero esta expansión tiembla ante las
crisis del capitalismo a fines del siglo XIX provocando una nueva crisis
estructural, cuyo punto neurálgico se da en 1917. Bajo la influencia
de la Revolución Rusa, el ya expandido movimiento obrero sueco impone
una situación pre-revolucionaria. La (todavía influyente)
aristocracia queda aquí aislada ante un entendimiento entre el PSD
(Partido Social Demócrata, fuerza dominante en el movimiento sindical)
y las elites del sector industrial y financiero. Surge aquí un nuevo
balance que gradualmente fue llevando a la marginación política
de la monarquía, sectores agrarios y militares. Esto determina una
democratización del país que en 1921 introduce el sufragio
universal (incluidas las mujeres). En 1934 el primer socialdemócrata
asume como Primer Ministro, puesto que ese partido mantendrá ininterrumpidamente
durante 40 años. Con el dominio del Estado, el gobierno socialdemócrata
y el movimiento sindical concluyen un nuevo pacto con el capital privado
en 1938, que sienta las bases para la construcción de la sociedad
del bienestar. El Estado garantiza el derecho a la propiedad privada, dándole
a la gran industria un rol privilegiado como locomotora de crecimiento.
Los sindicatos y el sector privado se comprometen a mantener la estabilidad
laboral mediante convenios salariales a largo plazo, considerando la competitividad
del sector y metas inflacionarias. Por su lado, el gran capital no bloquea
las reformas sociales y participativas (llegando a las propias empresas)
que se le otorgan a los trabajadores. Esta estabilidad, junto con permanecer
por fuera de las dos guerras mundiales, le dan a Suecia una posición
de preferencia en Europa y el mundo.
LA CRISIS
DE LOS OCHENTA
El modelo logra
sobrevivir las dos crisis del petróleo pero finalmente es tocado
seriamente por el nuevo contexto que impone el proceso de globalización
en los ochenta. Las grandes empresas, enfrentadas a una fuerte competencia
internacional, sufren pérdidas importantes, lo que determina un
expansivo proceso de internacionalización, trasladando masivamente
inversiones y sectores de producción. En consecuencia, disminuyen
los ingresos del Estado, aumenta la desocupación y crece el déficit
fiscal con lo que peligran los generosos beneficios sociales. Esta situación
condiciona el fin del gobierno socialdemócrata en 1991 y la alternancia
con una coalición de derecha. La gran interrogante para esta sociedad
era (y es) cómo adaptarse al nuevo contexto de la economía
mundial, manteniendo un sistema social solidario, al mismo tiempo que se
atraen inversiones y genera crecimiento. El nuevo gobierno intenta cambiar
la situación disminuyendo impuestos, privatizando y manteniendo
un tipo de cambio fijo. El resultado fue un fuerte aumento de la desocupación,
endeudamiento externo y déficit fiscal, con tasas de interés
llegando a 500%. En 1994, bajo una acuciante situación social y
económica regresa la socialdemocracia al poder, con una línea
pragmática para enfrentar los nuevos desafíos. Bajo el lema
de nadie con deudas es libre , con el apoyo de la central sindical, pone
dos metas fundamentales: saneamiento fiscal para mejorar el grado crediticio
internacional y disminuir la dependencia de los flujos de capitales, y
baja de los índices de desocupación por medio de políticas
activas y estimulando el crecimiento. Se promueve la asociación
a la Unión Europea, un tipo de cambio flotante, limitaciones en
la seguridad social y eliminar monopolios. Con miras al crecimiento, el
Estado da un gran impulso a la investigación creando nuevos lazos
entre empresas, universidades y sector público. Al mismo tiempo,
se lleva a cabo un gran programa nacional de educación en nuevas
ramas relacionadas a nuevas tecnologías y se crean estructuras para
incentivar exportaciones. Parte de esto se financia con las restricciones
en el sistema de seguridad social, algo limitado a acuerdos con sindicatos
y grupos de presión. Otra parte se financia con nuevos recursos
generados por el crecimiento y la baja de intereses a la deuda, así
como con recursos desde la defensa. Pero un componente central de financiación
viene del aumento de los (ya altos) impuestos, lo cual no ha generado mayor
malestar en la población (el PSD fue reelecto con esto como propuesta
electoral) ni ha frenado el crecimiento económico (pesadilla de
Milton Friedman).
Podríamos
decir que se salvó la sociedad del bienestar, en el marco de profundos
cambios estructurales. Todo esto, manteniendo formas de diálogo
que permiten estabilidad social y económica. Mi argumento es que
es en la búsqueda de consenso social que Suecia tiene una importante
continuidad histórica y una importante base de su éxito económico.
No se han visto guerras civiles, ni hay héroes militares, las estatuas
y plazas llevan nombres de académicos, inventores o personalidades
de la cultura. En esta sociedad el respeto por el mercado está marcado
por un sentimiento de estabilidad social, dos componentes manejados con
flexibilidad por un Estado cuya eficiencia (y no necesariamente tamaño)
es uno de los temas centrales en el debate público. Pero, los cambios
radicales en el modelo étnico-cultural y un constante aumento en
la movilidad de personas y empresas, siguen poniendo a prueba los mecanismos
de consenso social.
LAS ENSEÑANZAS
PARA URUGUAY
Partiendo de
la base de que cada modelo tiene particularidades únicas, ¿qué
enseñanza puede rescatar Uruguay de la experiencia sueca? En primer
lugar, que ni el Estado, ni medidas avanzadas de distribución social
son en sí un freno para el desarrollo. Segundo, que es importante
crear constantemente espacios de diálogo entre distintos grupos
a modo de establecer consensos que mantengan estabilidad a largo plazo.
Digo constantemente ya que los cambios sistémicos, cada vez más
frecuentes e intensos a nivel regional y global, generan nuevos escenarios
frente a los cuales hay que adaptarse. Algo válido especialmente
para países pequeños. Tercero, es necesario que el aparato
estatal, por un lado, tome distancia de grupos individuales e intereses
a corto plazo, por medio de la profesionalización de funciones y
funcionarios, y por otro, es importante que sus lineamientos a largo plazo
reflejen las ideas establecidas en los consensos sociales. En otras palabras,
que haya políticas de Estado en temas claves.
Finalmente,
que el Estado se transforme en un espacio en el cual el consenso dominante
pueda ser cuestionado y que se institucionalicen mecanismos por medio de
los cuales se puedan generar cambios. Este último punto es de suma
importancia para el carácter democratizador de los anteriores, así
como para obtener la flexibilidad necesaria, de modo de adaptarse a los
requerimientos de un mundo globalizado. En este punto, diría que
clave, y en condiciones sumamente difíciles, Uruguay supo ser un
país innovador a principios de siglo. ¿Qué le impide
volver a serlo?
Andrés
Rivarola Puntigliano
rivaro_a@lai.su.se
* Andrés
Rivarola Puntigliano es investigador en el Instituto de Estudios Latinoamericanos
de la Universidad de Estocolmo
Publicado en
Crónicas
de Uruguay el 6 de Setiembre de 2004 |