| Página/12
de Argentina - 25 de Setiembre de 2004
Les ganamos
a los nazis
Osvaldo
Bayer
Etchecolatz
empezó a sentirse mal, estaba en su casa y sintió dolor de
cabeza y dijo que era un perseguido político. Sinvergüenzadas
argentinas. El peor de los asesinos estaba en su casa y se hace el perseguido.
“Político”, nada menos. El verdugo más cobarde de nuestra
historia se autodenomina político. La política del tiro en
la nuca. Lleva siempre la escarapela argentina en la solapa. Azul y blanco.
Trasfondo de nuestra filosofía social. Los asesinos están
entre nosotros. Es el autor de la acción más alevosa imaginable.
La prisión, tortura, muerte y desaparición de los adolescentes
de la Noche de los Lápices. De adolescentes. Y lo que todavía
no se ha dicho: los militares y uniformados argentinos les ganaron a los
nazis. En una acción muy parecida, los argentinos mostramos mucho
más poder, autoridad, la más absoluta ilegalidad en la represión.
En febrero de 1943, en plena guerra,
un núcleo de estudiantes alemanes de la ciudad de Munich editó
volantes contra la guerra. Su moral no les permitía soportar más
eso de matarse unos a otros, bombardear ciudades asesinando madres y chicos,
con la destrucción absoluta de la vida. Esos volantes los arrojaban
desde los pisos de arriba al patio de la universidad. Fueron observados
por el portero que los denunció de inmediato. Los estudiantes –cinco
varones y una chica– recién comenzados los veinte años, fueron
sometidos a un juicio, encontrados culpables de traición a la patria
y guillotinados al tercer día. Todo salió en los diarios,
después fueron ejecutados otros estudiantes y también el
profesor Huber, quien los había apoyado. Sus bellas cabezas cayeron
rodando en un tacho. Habían leído demasiada poesía,
habían leído el sufrimiento en los ojos de los demás
y en sus propios ojos. La guerra, no podían ni querían seguir
siendo bestias. Sus cabezas fueron separadas de sus cuerpos. Pero los nazis
oficializaron todo y publicaron todo, hasta el nombre del juez y del verdugo.
El juez Roland Freisler quien posteriormente condenó a la horca
a los rebeldes del 20 de julio. Todos con su responsabilidad en el crimen.
En La Plata ocurrió algo
muy similar. Pero los héroes de la resistencia civil argentina eran
más jóvenes, apenas adolescentes. Habían luchado por
la rebaja del boleto estudiantil. Para que los que vivían lejos
pagaran igual que los que vivían cerca. Justicia, camaradería,
solidaridad, la bella palabra. Se reunían y cantaban por la calle:
“Luchar, luchar, por el boleto popular”, “Eso, eso, eso, boleto de un peso”.
Cuando llegó la dictadura pasaron a ser sospechosos. Activistas.
Terroristas. Fueron secuestrados por la policía comandada por un
general de la Nación, el general Camps, un enfermo mental que aplicó
con un entusiasmo total las reglas de la muerte argentina: secuestro, robo
de las pertenencias, humillación, tortura hasta la aniquilación,
hambre, y por fin desaparición. Cada vez peor, cada vez mejor. Destruir
al ser humano integralmente. Aplastarlo como a un insecto. Y total silencio
ante los familiares y amigos. Desaparecido. No están ni vivos ni
muertos, están desaparecidos, como se expresó ante los periodistas
extranjeros el señor presidente de la Nación Argentina, teniente
general Jorge Rafael Videla. Etchecolatz, Camps, Videla. Figuras de exposición
en una muestra argentina que comienza con Roca. Es toda una línea.
Lo que pasa es que los mapuches son chilenos. Ahí está la
clave. Es decir, los militares argentinos se quedaron en la sombra, no
admitieron nunca el crimen. Hasta hoy, Etchecolatz nunca lo reconoció.
No sé, desaparecieron. Se habrán ido a Suecia. No, no me
enteré.
En su libro, de precisión
jurídica, María Seoane y Héctor Ruiz Núñez
establecen que seis jóvenes prisioneras embarazadas fueron arrojadas
a los calabozos de los muchachos de La Noche de los Lápices para
que éstos las atendieran sin tener elementos ni conocimientos. Aquí
sí los argentinos les ganamos a los nazis. Los prisioneros alemanes
de Munich, tras seis días de calabozo alimentados con una ración
mínima, fueron llevados a la guillotina y ahí ejecutados.
Aquí, entre nosotros, fue todo más florido: picana, látigo,
hambre, escupitajos, manoseo y violación para María Claudia
y Clara, todo mezclado con desconocidas embarazadas humilladas hasta el
hartazgo. Es que somos católicos apostólicos romanos. Los
representantes de la Iglesia Católica en La Plata les dijeron a
los desesperados padres: “No busquen más a sus hijos”. “Recen”.
Monseñor Plaza.
Sophie Scholl, la joven mujer alemana
de “La rosa blanca” –ese bello nombre tenía la organización
antinazi de Munich– puebla hoy con su foto todos los rincones universitarios
sensibles a su lucha y a su joven muerte.
Poco a poco los jóvenes rostros
de los queridos María Chiocchini, María Claudia Falcone,
Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Angel Ungaro,
Daniel Racero y Pablo Alejandro Díaz van surgiendo del horizonte
estudiantil y aparecen uno por uno en las aulas de los ámbitos secundarios.
La semana pasada me llamaron para hablar de ellos en el patio del Colegio
Nacional Pueyrredón. Más que mis palabras se oyeron los aplausos
de las manos jóvenes. Hubo lágrimas. Emoción. Dolor.
Pensaron en las muertes. De sus compañeros. Desaparecidos. Ese mismo
día Etchecolatz se consideró un preso político.
La pregunta es: ¿por qué
tanta brutalidad, tanta impunidad? ¿Cuáles fueron los maestros
y profesores de nuestros militares y policías? Hoy, salvo los que
se jubilaron, siguen siendo los mismos docentes en los colegios militares
y policiales. ¿Dónde asimiló Camps el instinto de
hacer desaparecer? ¿Dónde aprendió Etchecolatz tanta
impunidad y crueldad? Y la cobardía de negar que lo hicieron. ¿La
aprendieron o les viene de familia? ¿Buscaron esa profesión
porque les calmaba los instintos? La pregunta no es porque sí, viene
de estudios que se hicieron sobre los nazis famosos y sus instintos desde
la vida familiar.
Los crímenes nazis estaban
documentados por ellos mismos. Aquí hasta Videla los niega. Un aspecto
del cinismo y la mendacidad que debemos tener en cuenta para medir la personalidad
de quienes establecieron la “Muerte argentina”, la desaparición.
Hasta la Inquisición de la Iglesia Católica quemaba vivas
a sus víctimas en plazas públicas y con la presencia de la
Cruz. Nuestros verdugos escondieron todo. Esa es su máxima cobardía.
Que los dos partidos políticos argentinos siempre reinantes trataron
de disimular con las palabras “obediencia debida” y el batacazo del indulto.
Pero no es tan fácil esconder la basura debajo de la alfombra. Están
los alucinados del coraje, que jamás abandonan la escoba, a pesar
de las ametralladoras y las picanas eléctricas. |
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