| Entorno
Boletín especial de Cubarte - Número 76, 17 de Septiembre
del 2004
Por qué
los iraquíes
no nos
destrozan, miembro por miembro
Robert
Fisk
Así
que tres años después de los crímenes internacionales
contra la humanidad en Nueva York, Washington y Pennsylvania, estamos bombardeando
Fallujah. Perdón, ¿cómo dijo? Levanten la mano los
que habían oído hablar de Fallujah el 11 de septiembre de
2001. O de Samarra. O de Ramadi, O de la provincia de Anbar, o de Amarah.
O de Tel Afar, nuestro más reciente blanco en la "guerra contra
el terror", y eso que la mayoría de nosotros encontraría
muy difícil encontrar esta ciudad en el mapa (en el norte de Irak,
busquen Mosul, y váyanse dos centímetros a la izquierda).
Ay, qué telaraña tan enredada tejemos la primera vez que
practicamos el engaño.
La retórica
cambió luego del escandalo de Enron...
Hace tres años,
el único tema era Osama Bin Laden y Al Qaeda, pero luego del escándalo
de Enron -un profesor de Nueva York fue quien me señaló el
punto en que la retórica cambió- se empezó a hablar
de Saddam Hussein, de sus armas de destrucción masiva listas en
45 minutos, de los abusos a los derechos humanos en Irak. El resto es historia.
Ahora, al fin, los estadounidenses admiten que amplias zonas de Irak están
fuera del control del gobierno. Ahora los vamos a tener que "liberar"
otra vez.
De esa misma
forma volvimos a liberar Najaf y Kufa, para "matar o capturar a Moqtada
Sadr", según el general brigadista Mark Kimmet. Lo mismo hicimos
durante el sito en Fallujah, en abril pasado, cuando aseveramos, o al menos
lo hicieron los marines estadounidenses, que íbamos a eliminar el
"terrorismo" en esa ciudad. Desde entonces, el comandante militar local
fue decapitado y Fallujah sigue fuera del control del gobierno, y es por
eso que seguimos ejecutando sobre esa ciudad, regularmente, sangrientos
bombardeos.
Durante las
últimas dos semanas he aprendido mucho sobre el odio que los iraquíes
sienten hacia nosotros. Revisando mis libretas de notas de los años
90, he encontrado página tras página de evidencias que escribí
a mano de la rabia iraquí, la furia por las sanciones que mataron
a medio millón de niños, la indignación de los médicos
ante nuestro uso de bombas de uranio empobrecido en la Guerra del Golfo
de 1991 (también las empleamos el año anterior, pero analicemos
una ira a la vez), y encontré también un profundo y perecedero
resentimiento hacia nosotros: Occidente.
En un artículo
que escribí para The Independent en 1998 me pregunté por
qué los iraquíes no nos destrozaban, miembro por miembro,
que fue exactamente lo que algunos iraquíes le hicieron a mercenarios
estadounidenses a los que asesinaron en Fallujah, en abril pasado. Pero
esperábamos ser amados, bienvenidos, saludados, agasajados y abrazados
por estos pueblos. Primero bombardeamos Afganistán, país
que estaba prácticamente en la edad de piedra, para proclamar que
lo habíamos "liberado". Y luego invadimos Irak para "liberar" también
a los iraquíes. ¿No nos iban a adorar los chiítas?
¿No nos libramos de Hussein? Bueno, la historia cuenta otra versión.
Nos deshicimos del rey musulmán sunita Feisal y de los musulmanes
chiítas en los años 20. Luego, los alentamos a levantarse
contra Saddam en 1991 y los dejamos morir en las cámaras de tortura
de ese régimen. Y ahora rehabilitamos a los viejos bandidos de Saddam;
a sus torturadores, y los entronizamos de nuevo para que "combatan el terror",
mientras sitiábamos a Moqtada Sadr en Najaf.
Todos tenemos
recuerdos del 11 de septiembre de 2001. Yo iba en avión hacia estados
Unidos y el jefe de asuntos internacionales de The Independent me informó
por teléfono satelital de cada nueva matanza en Estados Unidos.
Se lo dije al capitán, y tanto la tripulación como yo revisamos
el avión buscando posibles pilotos suicidas. Creo que encontramos
a unos 13, pero claro, todos ellos eran árabes completamente inocentes.
Pero esto me mostró el nuevo mundo en el que se suponía que
debíamos vivir. "Ellos" y "nosotros".
En mi asiento,
comencé a escribir el artículo que debía entregar
al periódico esa noche. Me detuve y le pedí al despacho del
diario, mientras el avión cargaba combustible en Irlanda antes de
volver a Europa, que me comunicara con alguien a quien pudiera dictarle
mi artículo, porque sólo "platicándole" mi historia
podía encontrar las palabras que no hallaba al tratar de escribir.
Así que "platiqué" mi reporte sobre la aventura, la traición
y las mentiras en Medio Oriente, de injusticias, crueldad y guerras, y
lo que todo esto desencadenó.
En los días
que siguieron aprendí lo que esto significó. El sólo
hecho de preguntarse por qué los asesinos del 11 de septiembre habían
cometido sus sangrientos actos le valía a uno ser acusado de "simpatizar"
con el terrorismo. Sólo preguntar qué había pasado
por sus mentes era apoyarlos. Cualquier policía, ante un crimen,
busca un móvil, pero ante uno internacional contra la humanidad
no se nos permitía hacer lo mismo.
Las relaciones
de Estados Unidos con Medio Oriente, especialmente la naturaleza de su
relación con Israel, sería un tema en torno al cual no habría
discusión ni cuestionamiento alguno. Tres años más
tarde, he entendido lo que esto significa. No hagan preguntas. Aun cuando
casi me mata un grupo de afganos, en diciembre de 2001, furiosos familiares
de muertos en bombardeos de aviones B-52. El diario The Wall Street Journal
anunció en un encabezado que "recibí mi merecido", por ser
yo un "multiculturalista". Aún recibo cartas diciéndome que
mi madre, Peggy, era hija del (comandante nazi) Adolf Eichmann.
Peggy estuvo
en Alemania, en 1940, reparando radios en Spitfires dañados, como
lo recordé en su funeral, en 1998. Durante sus servicios, en una
pequeña iglesia de piedra en Kent, sugerí enojado que si
Bill Clinton hubiera gastado tanto dinero en la investigación del
mal de Parkinson como el que invirtió en los misiles crucero que
lanzó contra Bin Laden (debe haber sido la primera vez que alguien
pronunciaba ese nombre dentro de esa capilla), tal vez mi madre no estaría
en un ataúd junto a mí.
Mi madre falleció
tres años y un día antes del 11 de septiembre de 2001. Pero
hay algo en lo que ella, estoy seguro, estaría de acuerdo conmigo:
que no debíamos permitir que 19 asesinos cambiaran al mundo. George
W. Bush y Tony Blair están haciendo su mejor esfuerzo para que los
asesinos cambien al mundo. Por eso estamos en Irak.
Traducción:
Gabriela Fonseca
Fuente: The
Independent |