| La
Vanguardia de España - 21 de Setiembre de 2004
Un gran
secuestro
Lluis
Foix
LA INESPERADA arma de los suicidas
y los secuestradores pone en vilo a los ejércitos ocupantes
No hay muchas alternativas para combatir
la plaga de secuestros que se ha apoderado de Iraq. Como tampoco la hay
para combatir a los suicidas que con tanta frecuencia se entregan al absurdo
sacrificio de la inmolación para matar indiscriminadamente. El fenómeno
del coche bomba suicida o el suicida a secas no es exclusivo de Iraq. Se
practica con asiduidad entre los radicales palestinos y entre los terroristas
chechenos, de donde ha salido un extraño grupo conocido como viudas
negras que actúan en represalia de maridos o hermanos muertos por
el ejército ruso.
Pero el secuestro indiscriminado
en Iraq es el arma más desconcertante para los propios iraquíes
que la sufren en mayores proporciones y para cuantos extranjeros se encuentren
en el país, formen parte o no de la coalición invasora, sean
periodistas, mercenarios, espías, trabajadores o políticos.
La proliferación del secuestro
es un síntoma inquietante del caos de la posguerra y de la imposibilidad
de poner orden en un país en el que las instituciones del Estado
han dejado de funcionar. El secuestro es un recurso de terroristas, resistentes,
guerrilla organizada y delincuentes comunes que asustan a la débil
clase media, que huye, si puede, al extranjero. Nada bueno se puede esperar
en el futuro inmediato, aunque se celebren elecciones y los más
de cien mil soldados norteamericanos intenten construir un cierto orden
sobre el desorden que han desencadenado.
Se preparó la guerra con un
ventajoso arsenal militar y el presidente Bush anunció con toda
pompa que los combates habían terminado. Se disponía de los
medios pero no se estudiaron los objetivos. El resultado es que también
las tropas ocupantes están secuestradas. No tienen un gran ejército
delante ni saben exactamente dónde está el adversario; se
dedican a bombardear Falluja o a proteger el gran complejo diplomático
y militar alrededor de la embajada de Estados Unidos en Bagdad.
Iraq estaba gobernado por una despreciable
dictadura. Pero no había terrorismo ni tampoco una amenaza directa
a los países vecinos ni a Estados Unidos o Europa. Establecía
el ilustrado ministro francés Dominique de Villepin un paralelismo
entre el fracaso de Napoleón en España y la situación
de los ejércitos ocupantes en Iraq. Me parece una ocurrencia brillante,
pero muy poco académica.
Aunque sí se puede afirmar
que una potencia militar puede derrotar a otra potencia militar. Pero no
puede destruir por completo o llevar a la rendición política
total a un pueblo que se subleva, muy especialmente cuando el ejército
conquistador pertenece a un Estado democrático. La violencia sólo
engendra violencia en un movimiento pendular que se amplía con el
tiempo en vez de amortiguarse.
La tendencia a justificar la guerra
de Iraq argumentando que hay un dictador menos en el mundo y que esta gesta
bien merecía recurrir a causas que han resultado ser falsas es muy
peligrosa. En las guerras en las que Estados Unidos participó con
una causa justa, en las dos guerras mundiales, por ejemplo, el resultado
final fue muy positivo para los pueblos y naciones de Europa, y mucho más
para los presidentes norteamericanos que acudieron a salvarla de sus propios
fantasmas y atrocidades.
La macabra táctica de los
secuestros se complementa con los suicidas indiscriminados. Cualquiera
puede ser víctima de la caótica resistencia de los iraquíes
que secuestran y matan a nepalíes, italianos, norteamericanos, turcos,
egipcios y muchos iraquíes.
Es la inesperada arma que está
desafiando a la primera potencia mundial, a los europeos, a los países
árabes y a cuantos extranjeros se encuentren en Iraq. Para este
viaje no hacían falta alforjas. |