| Brecha
de Uruguay - 24 de Setiembre de 2004
¿Por
qué los estadounidenses
apoyan
la guerra?
James
Carroll *
La guerra
en Irak va de mal en peor. La semana pasada murieron cientos de iraquíes
y dos docenas de soldados de EEUU. Las elecciones planeadas para enero
parecen llevar más a la guerra civil que a la guerra. Los secuestros
se han convertido en un arma del terror en el terreno, equiparándose
al terror de los ataques aéreos de EEUU. Una ofensiva de "retoma"
de EEUU amenaza con escalar infinitamente la violencia. El secretario general
de Naciones Unidos declaró ilegal la guerra de EEUU.
En Estados Unidos, un electorado
intranquilo se mantiene alejado de todo esto. Los sondeos muestran que
la mayoría de los estadounidenses mantienen su fe en el manejo de
la guerra por la administración Bush, mientras que otros reciben
las noticias de los desastres con más resignación que con
una oposición apasionada. Ante el creciente horror del mundo, Estados
Unidos de Norteamérica realiza implacablemente la destrucción
sistemática de una nación pequeña, que no lo amenazaba,
sin buenos motivos para hacerlo. ¿Por qué no ha captado esto
la conciencia de este país?
La respuesta se encuentra más
allá de Bush, en la historia que dura 60 años de una disposición
accidental a destruir la tierra, un legado que nosotros los estadounidenses
todavía tenemos que ponderar. Los bombardeos terroristas punitivos
que marcaron el fin de la II Guerra Mundial apenas nos impresionaron. Después
aceptamos pasivamente la adopción demencial por nuestro gobierno
de las armas termonucleares. Aunque demonizábamos a nuestro enemigo
soviético, apenas nos dimos cuenta que casi cada escalada importante
en la carrera armamentista fue iniciada por nuestro lado, una carrera que
se seguiría desarrollando si Mikhail Gorbachev no hubiese renunciado
a ella.
En 1968, elegimos a Richard Nixon
para terminar la guerra en Vietnam, y luego aprobamos despreocupadamente
cuando permitió que continuara durante años. Cuando Ronald
Reagan hizo un chiste sobre el arrasamiento de Moscú, juntamos un
millón para exigir una "suspensión total", pero luego aceptamos
la promesa de "reducción", y tampoco nos molestamos cuando rompimos
esa promesa.
No nos pareció extraño
cuando la reacción inmediata de EEUU ante la caída no-violenta
del Muro de Berlín fue la invasión de Panamá. Celebramos
sin crítica la primera Guerra del Golfo, a pesar de que la demostración
del poder descontrolado de EEUU condujo a que Irán y Corea del Norte
redoblaran los esfuerzos por producir un arma nuclear, mientras provocaba
la yihad de Osama bin Laden. La administración Clinton manifestó
públicamente la permanencia de las armas nucleares estadounidenses
como una "cerca" contra temores no-identificados, y lo aceptamos. Nos encogimos
de hombros cuando el Senado de EEUU se negó a ratificar el Tratado
de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN), con resultados
predecibles en India y Pakistán. Aceptamos la expansión de
la OTAN, la abrogación del Tratado de Misiles Antibalísticos,
la adopción de la Defensa Nacional de Misiles, todas medidas que
inevitablemente impulsaron a otros hacia la escalada defensiva.
La política bélica
de George W. Bush "guerras preventivas", unilateralismo, desdén
hacia Ginebra rompe con la tradición, pero no hay nada nuevo
en la negativa de la población de EEUU de confrontar lo que se hace
en nuestro nombre. Es una triste y antigua historia. Nos deja mal equipados
para enfrentar una guerra inútil, ilegal. La guerra de Bush en Irak,
en realidad, es sólo el más reciente acto en una cadena de
actos irresponsables de un gobierno guerrero, que nos retrotrae al bombardeo
incendiario de Tokio. En comparación con ese acto, el fuego en esta
semana de nuestros helicópteros artillados contra las ciudades en
Irak es algo benigno. ¿Es el motivo por el que no nos afecta?
Algo profundamente vergonzoso se
ha apoderado de nosotros. Alimentamos cuidadosamente un espíritu
de indiferencia hacia las guerras por las que pagamos. Pero eso significa
que nos rodeamos de una fría indiferencia hacia los sufrimientos
innecesarios de otros, incluso cuando los causamos. No miramos directamente
hacia estos acontecimientos porque la culpa resultante violaría
nuestra idea de que somos gente tan agradable. Si no queremos nada malo,
¿cómo podríamos infligir tanto daño?
En esta temporada política,
el tema trascendental de la muerte auspiciada por EEUU se encuentra a un
centímetro bajo la superficie, no está tan oculto y
convierte la elección en un asunto de importancia sustancial
George W. Bush está orgulloso de la vergonzosa historia que ha paralizado
la conciencia nacional respecto a la guerra. No la reconoce por lo que
es: una tragedia estadounidense. La tragedia estadounidense. John Kerry,
al contrario, se adapta a la complejidad ética de su narrativa bélica.
Lo vemos reflejado en la complejidad no sólo de sus respuestas,
sino de su carácter, y no sorprende a nadie que desconcierte a la
gente. El problema de Kerry, que no ha resuelto hasta ahora, es cómo
decirnos lo que no podemos soportar sobre nosotros mismos. Cómo
decirnos la verdad sobre nuestra inmensa dilapidación moral. La
verdad sobre lo que estamos haciendo hoy en Irak.
* Escritor. El libro más
reciente de James Carroll es "Crusade: Chronicles of an Unjust War." |