A
casi 30 días de las elecciones nacionales en Uruguay, primeras del
siglo, en las que se perfila un seguro ganador, el doctor Tabaré
Vázquez, candidato del Encuentro Progresista- Frente Amplio – Nueva
Mayoría, han aparecido una serie de temas entrelazados vinculados
a la ética que, por lo menos, exigen una reflexión. En primer
lugar se hace necesario plantear algunas interrogantes cuya dilucidación
es esencial para el tránsito hacia un gobierno progresista, que
obviamente desde el pique tiene que actuar con pautas distintas a las inculcadas
por los paradigmas neoliberales.
En primer lugar
preguntarnos, ¿qué valores deberemos tener en cuenta al fomentar
estrategias y políticas públicas, que estén vinculadas
al tránsito hacia los objetivos que debe tener un gobierno progresista?
Y otra cosa, ¿qué códigos de conducta ética
deberían adoptar los líderes políticos, los altos
funcionarios públicos, el empresariado, los líderes de las
organizaciones básicas de la sociedad civil, etc. para actuar en
el nuevo escenario?
De ese análisis
deberían surgir pautas de cómo trabajar frente a situaciones
concretas como la pobreza, la exclusión social, las desigualdades,
la discriminación de las minorías. Y, por último,
¿cómo impulsar una ética de la solidaridad?, elemento
tan necesario para revertir la actual situación del país
que se caracteriza, entre otras cosas, por la existencia de casi un millón
de personas con problemas de empleo, que no tienen ingresos para comprar
una canasta mínima, vital y diaria, la mayoría de ellas excluidas,
de la sociedad, sin olvidar a quienes pasaron de esa marginalidad a la
indigencia. Una realidad, a ojos vista, producto de carencias de esa solidaridad,
tan necesaria para revertir esa misma realidad.
En torno al
tema que pretendemos abordar hoy, de alguna manera, han aparecido en los
últimos días situaciones que es conveniente comentar. En
primer lugar el cobro de un subsidio por parte del candidato nacionalista,
decisión que no viola obviamente ninguna norma legal pero que se
vincula de manera evidente a los privilegios de un sector de la sociedad,
el político, que desde siempre ha violentado principios éticos
en un país donde esa actividad ha tenido beneficios bastante alejados
de la realidad cotidiana.
Parecería
necesario que el nuevo gobierno, en la primera legislatura y de manera
inmediata, enviara un proyecto de ley que racionalizara ese beneficio insólito
que tienen quienes abrazan la actividad política. Un subsidio que
se puede extender a tres años y que se justifica en otro argumento
insólito; que se trata de una norma democratizadora, que le permite
actuar a las personas sin fortuna. Y el otro argumento, obviamente no de
recibo, que muchos políticos debieron abandonar otras tareas remuneradas
para "servir a la Patria", y qué han perdido dinero con ello.
Sería
bueno que se corroborara lo que se dice con pruebas concluyentes y las
razones de que un buen señor cobre como subsidio, para "dar de comer
a sus hijos", el 85% del sueldo en actividad, y lo haga a posteriori de
la renuncia al cargo. Ni en la actividad pública ni en la privada
ningún trabajador renunciante tiene derecho a seguro de paro alguno:
¿por qué los políticos sí?
Parecería
que las tetas del Estado son inagotables fuentes de recursos y muchos,
sin ánimo de meter a todos en la misma bolsa, se prenden de ese
pezón como si fuera posible saciar toda su voracidad, sin reparar
en la situación del país que determina la existencia de otros
trabajadores que también por tareas que se podrían definir
como "patrióticas" (maestros, policías, etc.) reciben salarios
de hambre, y que, cuando tienen familias a su cargo, obtienen asignaciones
familiares que son otra vergüenza.
Esas contradicciones
éticas que se dan hacia dentro en nuestra sociedad, deben ser dilucidadas
de inmediato. ¿O acaso no conocemos a muchos que están parasitando
al Estado, cumpliendo tareas burocráticas muy bien pagas y que se
defienden con uñas y dientes ante cualquier intento de modificar
una situación de privilegio, aunque sus emolumentos surjas de partidas
que tienen otro destino?
Y, ¿por
qué decimos que la ideología impuesta por el neoliberalismo
envuelve todos estos problemas que, obviamente, deben tener una dilucidación
que en primer lugar debe estar vinculada a la ética? Simplemente
porque parecería que lo que define todo es el dinero, único
elemento que impulsa a las personas. Pero, aclaremos, de paso algo: cuando
se habla de racionalización de los sueldos del Estado no se está
mencionando a los funcionarios, sino a quienes acceden a cargos de gobierno
o de particular confianza.
Debemos señalar
también otro hecho indiscutible: en el ámbito público
casi nadie tiene la misma paga por similar función (reiteremos el
ejemplo de maestros y policías, comparando sus estipendios con los
de quienes, por tareas menos exigentes, cumplen funciones en otras empresas
públicas) ¡Hay que tener claro ese concepto!
Especialmente,
porque al plantearse la racionalización de los salarios de los funcionarios
políticos que cumplirán tareas en el próximo gobierno,
muchos se han confundido y se entrevera a Stravinsky con Piazzola. Nadie
habló de los funcionarios de "a pie". La racionalización
para abajo, mostrando una necesaria austeridad, viene por otro lado y la
discusión planteada es también aleccionante, ya que aparecieron
algunas voces que mostraron visiones sobre la eficiencia en el Estado que,
evidentemente, están impregnadas de conceptos contrapuestos al camino
de austeridad que es necesario para emprender el rumbo hacia el progreso.
Se afirma que
el dinero, el sueldo a pagar y a cobrar, es prácticamente el único
motivo para atraer a los técnicos "del mejor nivel" que, de lo contrario,
se irían a la actividad privada.
Pobres los
lineamientos éticos de quienes, en un país destrozado, solo
miden su participación en un gobierno progresista por el dinero
que recibirán. ¿No se les pasará por la cabeza que
existe un proyecto superior, fundamental para el país, que no solo
exigirá esfuerzo sino, obviamente, también desprendimiento?
Además,
es evidente, que con un reducción del 40 % del sueldo del presidente
de la República, que iría a alrededor de 80 mil pesos mensuales
y la disposición que exigiría de que ninguna remuneración
de los cargos de "confianza" en el Estado superara el 75% de esa cifra,
quienes asuman esas responsabilidades tampoco sufrirán necesidades
vitales. Llevar esos estipendios a ese nivel sería una buena demostración
de que se tratan de hacer las cosas con corrección y en serio, comenzándose
por allí a racionalizar un Estado deforme, vicioso, que dilapida
el dinero de los contribuyentes en mil cosas, algunas muy gruesas: ¿Es
posible – para tomar un ejemplo que ha estado en el centro de la atención
pública en las últimas semanas – que en este país
convivan varias empresas de correo oficiales?
¿Qué
para suplir las deficiencias del Correo principal, las empresas públicas
hayan creado sistemas de distribución propios que, por consiguiente,
han determinado situaciones difíciles, como la de los derechos adquiridos
de cantidad de personas que dependen ahora de ellos? ¿Es posible,
para utilizar otro ejemplo en el candelero, que en el país existen
cinco servicios de inteligencia? Cinco lugares donde se recortan diarios,
se realizan carpetas de personas e instituciones, se "pinchan" teléfonos,
armando muchas veces "conspiraciones", donde se quintuplica personal y
recursos, para tareas no claramente definidas, de discutible necesidad
y generalmente superpuestas.
Es imprescindible
que los uruguayos, a tan solo 30 días de los trascendentes comicios,
mostremos interés en integrar a nuestros actos dimensiones éticas,
las que deben sustentar las decisiones sobre políticas y programas.
Porque es evidente que, de manera conciente o inconsciente, la ciudadanía
está demandando que se analicen y sean tenidos en cuenta esos desafíos
éticos para que los actores políticos y sociales asuman,
con bases nuevos, las responsabilidades que les correspondan.
Para ello se
hacen necesarias políticas que creen condiciones favorables al desarrollo
de los componentes básicos del capital social, como de las capacidades
de asociatividad y cooperación, mejorando la confianza interpersonal
y la conciencia cívica.
Sin lo cual
nada es posible.
* Carlos
Santiago es periodista. Secretario de redacción del diario LA REPUBLICA
de Montevideo y del suplemento Bitácora (www.bitacora.com.uy)
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