Universidad
y formación moral
Antonio
Mora Vélez
La tristeza
que produce ver en las páginas de primera plana de la prensa a un
funcionario joven acusado de corrupción nos obliga a ver con pesimismo
el futuro y a repensar el papel de la universidad en la formación
de los profesionales. ¿Qué esperanza puede tener la sociedad
colombiana si los jóvenes funcionarios de hoy, en vez de ser ejemplos
de rectitud y baluartes de la restauración moral de la república,
son, como diría una de nuestras abuelas “igual que las demás
chancletas”? ¿Es que acaso el mal ejemplo del entorno politiquero
es más fuerte que la ética profesional aprendida en las aulas?
¿O será que las universidades no están preparando
a sus estudiantes para la honestidad y, frente a la podredumbre moral del
país, optan por hacer una enseñanza pragmática y conciliadora
con la venalidad?
No hace mucho supe de un profesor
que le decía a sus estudiantes: Esto, desde el punto de vista del
derecho es así pero desde el punto de vista de la política
(la politiquería, debió decir) es de este otro modo. O lo
que es igual, que una cosa enseña la ciencia jurídica, basada
en la ética social, y otra bien distinta hacen los funcionarios,
sin tener en cuenta la moral, la justicia y el derecho. Otro profesor le
reclamó a uno de sus ex estudiantes convertido en jefe de oficina
pública, por su comportamiento nada pulcro, y éste, con la
mayor desvergüenza, le contestó: “Profe, una cosa es allá
en la Facultad y otra bien distinta es aquí en la política”.
Es apenas obvio pensar que una sociedad
con una juventud así está definitivamente perdida y que no
habrá estrategia de seguridad democrática que sea capaz de
salvar a un Estado que puede estar ganándole la guerra a la subversión
–porque la gente está hastiada de violencia-- pero que la está
perdiendo con la corrupción, que es un enemigo que tiene más
frentes y hombres que la subversión, y que hace más daño
porque destruye al Estado por dentro, como a Troya, y le abre las
puertas de entrada a los ejércitos ilegales que se han propuesto
derrocarlo y reemplazarlo. No basta, pues, una estrategia de seguridad
democrática contra la subversión para evitar la derrota militar
del Estado, es inaplazable montar una estrategia de transparencia democrática
contra la corrupción, en vez de conciliar con ella, para evitar
el desmoronamiento de las instituciones.
Pero dijimos que había que
repensar el papel de la universidad en relación con esta crisis
institucional, social y moral de la república. Una universidad que
forma contadores, abogados, ingenieros o economistas, sin sólidos
principios morales, está engrosando el ejército de jóvenes
que van a ser utilizados por los corruptos artífices del descalabro
nacional. Por lo tanto es misión de primer orden de la universidad
de hoy formar profesionales éticos con una visión de la sociedad
y del Estado según los principios de nuestra Constitución
Política, convencidos de la necesidad de edificar un país
incluyente, tolerante y pacífico, en el que se respeten los bienes
públicos y colectivos y en el que todos los esfuerzos del gobierno
estén centrados en acortar las enormes distancias económicas
y sociales que hay entre la inmensa mayoría de la población
y la minoría privilegiada que no alcanza a ser el 5% de la población,
en lugar de ensancharlas.
Si la universidad acompaña
a la comunidad interesada en finalizar la guerra y en recuperar para el
Estado el monopolio de las armas, y se abre a la discusión
del país que queremos, sobre la base de su autoridad académica
y moral, y sus directivos y docentes dan ejemplo de pulcritud y seriedad
en el manejo de los recursos financieros y humanos y de sabiduría
en el análisis de la realidad, podemos tener esperanzas de superación
de la crisis. De lo contrario, apaga y vámonos. Colombia estaría
condenada a la “feudalización” --a su repartición entre los
grupos fundamentalistas que se la disputan-- y a padecer una rebatiña
interminable que acabará con sus riquezas y con su existencia como
nación
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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