Ese
20 de setiembre de 1968 concurrimos a la Universidad los pocos que quedábamos
sanos de la agrupación del FER del Instituto Miranda. Indignados
y asustados. El día anterior en una jornada de movilización
callejera, al grito de "Gobierno gorila, abajo las Medidas" el primero
que cayó herido fue el gordo Ruben. Tres impactos. Uno en la cara,
otro en el pecho y si mal no recuerdo el otro en una mano. Nos dijo que
un milico había tirado con escopeta. Al ratito, traen en andas al
flaco Luis. El sí estaba gravemente herido, en la barriga cuatro
impactos y en la zona genital un charco de sangre. Fueron cayendo luego,
varios. El flaco Luis fue operado varias veces con riesgo de vida.
Le sacaron
un par de metros de intestino. Años más tarde, fue procesado:
9 años de Penal. El gordo Ruben, también pasó 14 años
en prisión... Ambos, salvajemente torturados. Todavía conservan
en sus cuerpos aquellos proyectiles. Hace un par de años, al Flaco
Luis (que se recibió de médico al salir de prisión),
a 30 años de aquellos episodios, debió ser nuevamente operado
por bloqueos intestinales de riesgo. Secuelas; memorias del cuerpo.
Fuimos, decía,
a la convocatoria de la FEUU para repudiar la represión. Era multitudinaria.
Las barricadas llegaban a Tacuarembó. La policía atacó
salvajemente. Usaban armas de reglamento sin ningún tipo de miramientos.
Nos recluimos en la Universidad. Allí, en su casa, estaba el rector
Maggiolo, tapándose la boca con un pañuelo para protegerse
de los gases que habían creado una nube densa. Estaba. Ponía
el cuerpo. Tarde en la noche, cercados, en la azotea, nuevamente varios
compañeros cayeron heridos en la cabeza... Ahí, con mis 18
años, mordiendo la impotencia, atragantado de bronca y de dolor,
resolví emocionalmente incorporarme a la lucha armada. El enfrentamiento
era desigual.
Al otro día,
me levanté y mi madre acongojada me dijo que habían asesinado
a dos estudiantes. Susana Pintos y Hugo de los Santos. A Hugo lo conocía
por ser muy amigo de mi primo Daniel. Supimos encontrarnos frecuentemente
en aquellos cumpleaños de 15 que poblaron nuestra adolescencia.
Gomina, sonrisa gardeliana y pilchas impecables, iban al tono con su simpatía
e inteligencia. Estudiaba Ciencias Económicas. Nos habíamos
conocido en el Neptuno, y él fue nuestro capitán del equipo
de waterpolo. Tenía pasta de capitán. Comprensivo, dicharachero.
Lo mataron cuando tenía 20 años.
Nuestro compromiso
militante era muy precoz. Quizás indiscernible de las naturales
rebeldías juveniles. La vivimos auténticamente. No nos engrupieron
ni los "marxistas leninistas" ni la intelectualidad uruguaya que "nos mandaba
al frente". Más bien que el empuje de aquella generación
produjo terremotos en alguno de ellos. Nuestro proceso constituyó
un fenómeno mucho más rico, más complejo y de mayor
interés democrático. De mayor interés para ver las
líneas de aprendizaje y de creación de estímulos morales
en una sociedad. De compromisos.
Fue un proceso
de empoderamiento de ciudadanía, de conocer y ejercer derechos.
Miles de hombres y mujeres jóvenes aprendimos derecho, historia,
economía, literatura, sociología, sindicalismo, universidad
y ley orgánica, con nuestras prácticas, que estaban indisolublemente
unidas en una sed de conocimiento por la sociedad y el mundo que vivíamos.
Junto a la poesía y a los amores que se tejieron. Con la emoción
y los afectos de ser verdaderamente protagonistas. No sólo de un
cambio social, sino de un cambio de nosotros mismos. Rasgos de un romanticismo
tardío o quizás perenne de las grandes jornadas de la humanidad.
El paradigma fue el Ché, no sólo por su gesta ética
y política cubana, boliviana, latinoamericana, sino por sus ideas
magistrales plasmadas en aquella carta dirigida a don Carlos Quijano "El
socialismo y el hombre en Cuba".
Nos rebelamos
porque estábamos inscriptos en los mandatos de una sociedad mediocre,
desgastada, chata y que además la empujaban a un abismo.
Fuimos protagonistas.
De la producción de una nueva subjetividad.
Luego vinieron
tiempos peores, con el gusto de la derrota. La dictadura.
También
fueron muchos los que resistieron. Miles que anónimamente y sin
beneficio de reparación simbólica tienen en sus cuerpos y
sus mentes una inscripción y una historia. La sociedad y el Estado
les deben algo que es muy sencillo: "gracias a vuestro sacrificio, los
derechos democráticos pueden ser ejercidos".
No es menor.
Porque, agravio comparativo, tienen más prensa, más reconocimiento
y están emparejados con los que callaron, miraron al costado, sobrevivieron
sin siquiera la indignación, para no hablar de los culpables.. Politólogos
y políticos, periodistas y comunicadores, senadores, ministros,
militares y policías, gente común también, que conviven
y sobresalen pública y privadamente, como violencia simbólica
contra los anónimos luchadores.
Hugo de
los Santos y Susana Pintos, con nombre y apellido, como otros, son
parte nuestra. No es una memoria nostalgiosa. Apenas una reparación
que oficia como partera de las energías que están contenidas
en nuestra gente. Recuerdos que están al servicio de una ética
inmanente a los compromisos sociales e institucionales de quienes formamos
un "agrupamiento" político. Lo digo así, sin mayores alambiques.
Agrupamos ideas, plataformas, programas. La ligazón, la argamasa
y la intencionalidad que contienen esos cambios es la historia de las intencionalidades,
del sentido, de la racionalidad y el sentimiento que tuvieron aquellas
prácticas, esas luchas, cuya bandera trágica la llevaron
miles de jóvenes como Hugo y Susana. No es un pasado remoto. Es
un presente que nos habla de "un paso efectivo en la lucha" que, como dijo
alguien, a veces es más importante que cien programas. O quizás,
y sin quizás, es el programa.
Milton
Romani Gerner
miltonrg@montevideo.com.uy
*Dirigente
del PVP-Lista 567 (FA-EP-NM)
Publicado
en La República el 29 de Setiembre
de 2004