| La
Jornada de México - 30 de Setiembre de 2004
Las trompetas
de Jericó
Sergio
Ramírez
En las revistas
de las líneas aéreas no siempre hay lecturas banales. Viajando
hacia Madrid me he encontrado en una de ellas con una entrevista al director
de orquesta Daniel Baremboim, quizás hoy el mejor en todas las latitudes,
y también pianista consumado. Cree, en primer lugar, que la música
debe ser un espacio democrático, abierto a todos, porque ha sido
concebida para eso, para que llegue a todos los oídos.
Es algo para reflexionar. ¿Las
formas masivas de producción musical, son sólo un asunto
de mercado, o corresponden a una democratización real de la música?
En nuestros días eso lo facilita, más que las salas de concierto
que siempre estarán limitadas a un público cerrado, los discos
compactos, que se pueden copiar a la perfección, y los sitios de
la red cibernética que permiten ''bajar" todos los discos del mundo,
y grabarlos uno por su cuenta, amplitud democrática en la que tiene
su lugar, aunque sea espurio, la piratería.
Pero Baremboim piensa que la verdadera
democratización de la música depende de una educación
desde la niñez, y que apreciarla en todo su poder y su belleza debe
llegar a ser parte de la cultura fundamental de cada ser humano, cualquiera
que sea su condición. Por otro lado, siendo como es judío,
ha cumplido ya con la herejía de terminar de grabar las diez principales
óperas de Wagner -y es él el más grande director vagneriano
que hay- un compositor que manipulado como fue por los nazis, sigue siendo
poco popular en Israel.
Hasta aquí tenemos a un músico
genial que quisiera la música para todos, una música sin
barreras ni fronteras. Pero va más allá. Quiere una orquesta
sinfónica formada por judíos y palestinos, y ha creado un
jardín de infancia musical en territorio palestino, para niños
palestinos, que ha empezado a funcionar en Ramala, y eso llevará
a la creación de una orquesta juvenil palestina.
Y estas iniciativas sorprendentes
en medio de intolerancias mutuas que producen cada día decenas de
muertos en el área más conflictiva del mundo, tienen detrás
ideas muy de fondo. La primera de ellas, es que la ignorancia es la base
del conflicto entre Israel y Palestina, y que mientras ambos pueblos no
lleguen a conocerse a fondo, y no aprendan a aceptar el punto de vista
del otro, respetarlo y conocerlo, y saber lo que el otro quiere y lo que
necesita, las matanzas cotidianas continuarán.
Le parece una aberración que
la política oficial de su país haya llevado a la construcción
de un muro como parte de la escalada de guerra, uno más en la terrible
secuencia de muros que han dividido a pueblos enteros a lo largo de la
historia, alzados por razones ideológicas y raciales, y que han
marcado siempre fronteras infames. Este muro es peor que ningún
otro, según piensa: ''no es un muro entre Israel y Palestina -eso
todavía sería tonto pero aceptable- sino que es un muro que
divide tierras palestinas de otras tierras palestinas..."
El estado de Israel no puede seguir
existiendo sino es aceptado por los palestinos, afirma, y los palestinos
no pueden vivir y tener un Estado propio si no respetan al estado de Israel.
¿Sencillo, verdad? ''La construcción del muro, aparte de
que va a traer sufrimientos enormes a muchos palestinos, demuestra la ignorancia
total de lo que es para mí un hecho, y es que los destinos de ambos
pueblos están conectados", dice. ''No digo que estén unidos,
pero sí están conectados".
¿Y que tendría que
ver entonces el muro con la música? Su proyecto de crear escuelas
de música para niños en Palestina, se basa en que no cree
en una solución militar para el conflicto entre Israel y Palestina:
''Lástima que pase tanto tiempo y se derrame tanta sangre, pero
algún día va a haber un acuerdo. Algún día
no sólo se derribará el muro, sino que habrá un entendimiento...
y yo digo, ¿por qué tengo que esperar a que algunos políticos
decidan que por fin llegó el momento si yo puedo hacer determinadas
cosas a partir de ahora?"
¿La voz de Baremboim, y su
música podrán llegar a tener el poder de ayudar a abrir los
oídos de los fundamentalistas, no sólo de su país,
Israel, sino los oídos de quienes, del otro lado, tampoco quieren
escuchar? No es asunto fácil, ya se sabe. Pero construir la paz,
y alcanzar entendimientos que parecen imposibles, empieza por tocar a las
puertas y a los oídos cerrados, con propuestas desarmadas como éstas,
que significan nada menos que cambiar armas por instrumentos musicales,
y el odio y la intolerancia, por la armonía.
La música es, al fin y al
cabo, una asunto de saber escuchar. Y los muros también escuchan,
eso lo sabe bien el pueblo judío. Las trompetas de una orquesta
pueden derribar muros, como aquellas otras que hicieron caer las piedras
de los muros de Jericó.
Zaragoza, septiembre 2004.
www.sergioramirez.com
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