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13 de Octubre de 2004
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El País de Uruguay - 3 de julio de 2004

Martín Mowszowicz, médico de la cárcel durante 32 años

Vi como los presos asistían
a clases de forzamiento de cerraduras*

En Punta Carretas, los tupamaros disponían de un gran abastecimiento de comestibles y medicamentos y los compartían con los presos comunes. Con eso se ganaban su confianza y su silencio. Sin embargo, algunos reclusos los odiaban ya que por su causa, los guardias estaban más alerta que antes

César di Candia
El practicante de medicina y más tarde médico dermatólogo Martín Mowszowicz jamás olvidaría sus primeras impresiones, al entrar a trabajar en diciembre de 1969, en el recinto del Penal de Punta Carretas. Los funcionarios, casi todos retirados del ejército, vestían sus antiguos uniformes, ya rotosos, remendados y descoloridos a tal extremo que los reclusos los llamaban Paisajes de Catamarca, por los mil distintos tonos de verde. Y no fue solamente eso. En las graderías de la cancha de fútbol, ante la pasividad de las autoridades y a la vista de todos, tenía lugar una clase abierta de violaciones de cerraduras, a cargo de un penado con fama de muy experto en la materia, la que era seguida con extrema atención por un grupo grande de presos. Con ademanes profesorales, el hombre a quien llamaban Yamandú, enseñaba los tipos de llaves maestras llamadas yugas que se utilizan para estos fines y practicaba sobre varios candados de todo tamaño. 

A partir de ese momento y ya curado de espanto, este médico fue acumulando treinta y dos años de experiencias y recuerdos. Esas memorias, únicas, irrepetibles, las vertió en un libro y accedió a complementarlas en una entrevista que tuvo lugar en su casa de la calle Luis Alberto de Herrera, de la que hoy se ofrece la segunda y última parte. 

–¿Recuerda haber tratado a aquella persona que hace años mató a una mujer arrancándole los intestinos a través de la vagina? 

–Sí, como no. Se llamaba Wenceslao Gutiérrez. Los presos políticos lo llamaban Chinchulín o Parrillada. No era una persona que sobresaliera por su peligrosidad. En realidad no parecía haber hecho la monstruosidad que hizo. Andaba siempre solo y hablaba poco. 

"La causa por la que cumplió una larga condena fue muy comentada en su momento. Había eviscerado a una mujer arrancándole los órganos del vientre desde la vagina. Era callado, serio y de buena conducta. Una sola vez salió de su silencio habitual, cuando en una conversación trivial se mencionó a Jack el Destripador. El modesto Wenceslao dijo de repente. 

–Ese Jack al lado mío, es un aprendiz. 

Años después al salir libre, me lo encontré en 18 de julio, en la vereda del cine Censa, donde cuidaba coches. Me saludó correctamente y me contó que se había casado y que vivía tranquilo. No lo vi más. Siempre recuerdo su salida, casi con orgullo profesional" 

(Martín Mowszowicz.- La vida entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003). 

–¿Cómo convivían los presos políticos con los comunes? 

–Naturalmente, los presos políticos tenían otra extracción social y otra formación educativa. Muchos eran hijos de familias acomodadas y no habían visto un obrero de cerca ni por casualidad. Esa gente padeció los mismos fenómenos transformadores que produce la cárcel, pero fue muy solidaria, entre sí y con los demás. Por otro lado tenía un aparato de apoyo fuera del establecimiento que les permitía tener despensas propias. Nunca les faltó yerba, ni azúcar, ni aceite, ni fideos. Y como compartían todo, se ganaron por el estómago a la población carcelaria. De pronto era una estrategia porque con eso se compraban silencios y colaboraciones. Pienso que nadie los quería mal, aunque había delincuentes profesionales que se quejaban argumentando que en la calle no se podía robar porque con el ejército fuera de los cuarteles, estaba llena de milicos, y adentro estaban muy vigilados a causa de la presencia de los presos políticos. Estos hacían su vida y eran muy solidarios. Yo estuve siempre en la vereda de enfrente, pero no tengo empacho en destacarlo. Ayudaban con víveres y en ocasiones aportándoles defensores penales o dando dinero para sus familias cuando veían que estaban muy apretadas. 

–En ocasión de las dos fugas, también se fueron varios presos comunes. 

–Sí, en algunos casos porque los tupamaros no sabían qué hacer con ellos. Cuando se produjo la segunda fuga, por las cloacas, dejaron a los presos comunes varados en la calle para que se arreglaran como pudieran. Uno de ellos se fue a Maldonado a casa de una hermana y cuando cayó preso de nuevo se vengó de los tupamaros delatando todo lo que sabía. Habló hasta de más. Con uno de los que se escapó en la primer fuga, Carlos La Paz Caballero, me encuentro dos por tres en la Ciudad Vieja. Es un hombre muy correcto que estudió periodismo y se recibió. Lo considero un hombre inteligente y no me consta que haya vuelto a las andadas. 

–También es cierto que entre los presos comunes que se fugaron, hubo algunos que pasaron a integrar el MLN. 

–Uno de ellos fue Adalberto Viña, gran amigo que me ayudó mucho para hacer el libro. Llegó a tener una vinería llamada Salud, frente a la vieja Penitenciaría. Era de la banda del Mincho Marticorena y tanto él como su hermano, a quien llaman El Muerto, son tupamaros convencidos. El Negro Viña está casado con una buena señora a la que conozco y su vida ha cambiado totalmente. Pasó de delincuente a luchador social. 

–¿Usted ejercía tareas en Punta Carretas en ocasión de la fuga de los ciento once? 

–Sí. 

–¿Cómo se la explica? 

–Nuestra actividad estaba centrada más lejos, en el Hospital, que estaba en un ángulo del establecimiento. De cualquier manera entré a hacer una guardia el mismo día en que se habían fugado y subí para ver los huecos entre celda y celda y el túnel, incluso penetré en éste. Aquello era absolutamente increíble. Yo nunca lo sospeché porque no iba por esos lugares y ellos ni siquiera pedían médico porque como tenían sus propios médicos y su propia farmacia, concurrían muy poco al Hospital. Lo que recuerdo sí, un cierto silencio extraño en los días previos a la fuga, pero las líneas de información pasaban al costado nuestro y no nos tocaban. 

–¿Y cómo es que las autoridades no se enteraron? 

–Eso es responsabilidad del director de la época o del Ministro del Interior de la época o de la gente que nunca vio la tierra de la excavación ni sintió ningún ruido. La verdad es que fue inexplicable. 

–¿Y fue testigo de la segunda fuga, la que se realizó a través de la Enfermería? 

–Me enteré por los cuentos. Eso fue cerca de una fiesta tradicional. Al respecto hubo un episodio increíble. Hubo un recluso de los que mencioné como opuestos al MLN al cual le ofrecieron irse con ellos y como no quiso le dijeron que lo iban a atar, igual que lo habían hecho con los practicantes de guardia. Y el hombre les respondió: "a mí no me ata nadie porque yo estoy tomando mate y no soy un batidor. Así que déjenme tranquilo y tengan la seguridad de que no voy a salir a denunciar que ustedes se están escapando". Tenía sus códigos y como no quería deberle nada a los tupas, se negó a fugarse con ellos. Lo más curioso es que poco después se fugó solito. Aprovechó una salida acompañada al Hospital de Clínicas y se escabulló. 

–Deme su opinión médica del viejo tema de la homosexualidad carcelaria. 

–Yo creo que el individuo que se vuelca a la homosexualidad dentro de la cárcel, ya tiene desde el punto de vista psicológico, una propensión anterior. Es muy difícil que se viole a alguien que no quiere ser violado. Generalmente se trata de personas que ya habían sufrido estas experiencias en los albergues o en el Iname y cuyos casos ya son conocidos por los demás presos. De modo que al entrar a la cárcel le imponen su condición de pasivo quiera o no quiera. Esto es más un forzamiento que una violación. En mi opinión se trata de personas que tenían todo para ser homosexuales y les faltaba apenas un tinguiñazo. Había uno de profesión domador que andaba siempre de bombachas criollas y botas tipo acordeón, a quien un día le fui a dar una inyección y comprobé que usaba ropa interior de mujer. Le pregunté por qué y me dijo: "Y doctor... son cosas de la vida". Y le puedo contar que también he conocido parejas estables que han durado años dándose besos en el patio. 

"Eran tan conocidos por sus llamativos sobrenombres, que pocos sabían realmente cómo se llamaban y en realidad, nadie se preocupaba por ese detalle. Taburete era petizo, feo de verdad. En cambio Barco Pirata aunque era igualmente feo, era más alto y recordaba la figura del Capitán Garfio de los cuentos infantiles. Además era tuerto y rengo. (...) 

Eran una pareja constituida por homosexuales y se alternaban diariamente en los papeles de activo y pasivo, como ellos contaban. Una vez Taburete armó tremenda batahola porque su pareja actuó dos días corridos de activo no respetando el contrato. 

Estaban en la categoría Especial. No se les conocían parientes ni visitas". 

(Martín Mowszowicz.- La vida entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003). 

–¿La homosexualidad femenina también era tan frecuente? 

–No es tan fácil de detectar. Hubo una mujer muy famosa llamada Dora que a su paso por el Hospital Maciel tuvo relaciones con un par de enfermeras y con una monja. Incluso una de las enfermeras se prostituyó para llevarle plata. Y más tarde, cuando estuvo internada, enamoró a varias reclusas y a una custodia femenina. Parece que era irresistible. Después que la liberaron, se marchó a Buenos Aires. 

–¿Es cierto que dentro de la cárcel se ejerce el proxenetismo? 

–Es. En Punta Carretas conocí presos que vivían de los maricas. Conseguían muchachos jóvenes que se prestaban al juego y los vendían o los alquilaban. Generalmente los explotadores eran de los más pesados, los llamados brazos gordos quienes incluso tenían una organización. 

–Usted también menciona que se hacía contrabando de vino por los muros laterales de la cárcel. 

–Los propios milicos que estaban encima de los muros, arrojaban piolas hacia la calle. Allí había personas que ataban botellas de vino y ellos las izaban y las bajaban por el otro lado. Lo vi muchas veces. Y si se podía pasar vino, se podía pasar cualquier otra cosa. 

–¿Cómo era el tema del juego? 

–La timba era la primera industria del Penal. Las barajas eran siempres requisadas para evitar el juego, pero ellos las fabricaban dibujando sobre cartones. También se jugaba a los dados, al nueve con las fichas del dominó, al ajedrez, a las damas, pero siempre por dinero. Y tenían toda una organización denominada la mula, para hacer entrar diarios a efectos de saber el resultado de las carreras de caballos. Y mire que vi jugar por plata carreras de caracoles y de cucarachas. Por otro lado dos por tres se necesitaba gente que acudiera al lugar de la timba y para esa función estaban los troperos que salían por el Penal a tropear reclusos. También había troperos que trabajaban para los abogados defensores que les ofrecían una defensa gratis o algunos pesos si les conseguían clientes. Después resultaba que les sacaban plata para la defensa y los abogados no aparecían más. Esto era muy común. Lo sé porque los presos se quejaban amargamente. También se jugaba permanentemente a la quiniela. 

–¿Quiénes llevaban el juego? 

–Los presos que salían hacia el área de oficinas. Había uno al que le decían el Camello Gularte, que con el cuento de lustrar zapatos sacaba el juego. Por supuesto que todos lo sabían porque los días que no había quiniela no salía a lustrarle los zapatos a nadie. 

"Recorría el Penal de punta a punta con un cajoncito de lustrabotas, como se ven aún en los cafés del centro. Los zapatos lustrados los llevaban solamente los guardias y los empleados de la Dirección de Cárceles. Unos y otros eran sus clientes y el pago era "a voluntad". 

Pero el Camello no precisaba lustrar nada. En su cajoncito, sabiamente acomodadas, sacaba y entraba del Penal, sólo Dios sabe cuántas cosas... En realidad, su verdadera ocupación era levantar quiniela clandestina y sacar las jugadas en hora para los capitalistas, por lo que para él era fundamental el horario para salir fuera del recinto del celdario". 

(Martín Mowszowicz.- La vida entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003) 

–En su libro hay un relato patético de un preso que fue asesinado el mismo día en que le otorgaban la libertad. 

–El Peladito Da Costa. Estaba acostado en su cama leyendo el Patoruzito con todo pronto esperando que lo llamaran para irse, cuando entró a su celda Pablo Silvera Puñales y lo mató vaya a saber por qué motivo. Después se dijo que en la valija de él se iba para afuera una documentación muy importante que le habían metido los muchachos del MLN, no sé si con su consentimiento o sin él. Poco después, el homicida también fue muerto por apuñalamiento estando en el patio. 

–Y hay otro relato muy gracioso de uno a quien querían casar a la fuerza. 

–Le decían El Tuerto y se había conseguido una novia mandando cartas a una página de no me acuerdo qué diario llamada El Camino de la Felicidad. En su condición de novia oficial, la señorita le hacía llegar todas las semanas paquetes con provisiones. Un día, posiblemente como consecuencia de una promesa imprudente de El Tuerto, se apareció en el Penal acompañada de una Jueza de Paz y dos testigos con la intención de casarse. El propio Intendente del establecimiento fue a la celda a avisar al futuro consorte que lo estaba aguardando la Jueza de Paz para casarlo. El Tuerto Cancela, que era muy ocurrente y estaba cocinando unas papas fritas, lo miró muy tranquilo y le contestó: "Dígame señor Intendente: ¿aparte de condenarme a esta cana que me estoy comiendo, hay alguna otra ley que me obligue a casar?". El Intendente le dijo que no. "Entonces no me joda más. Déjeme en paz que se me van a quemar las papas fritas". Cuando volvieron con la respuesta, a la prometida le vino un ataque de nervios, las testigos se pusieron a llorar y me mandaron buscar. Las tuvimos que llevar de urgencia al Hospital Penitenciario para darles calmantes. De más está decir que los paquetes con comida no llegaron más. 

–¿Se elaboraban bebidas alcohólicas dentro de la cárcel? 

–Por supuesto, del tipo que usted quisiera. Livianas, como algo que hacían parecido a la cerveza o de graduación alta. Tenían innumerables recursos para fabricar bebidas alcohólicas, sin contar las botellas que eran introducidas de contrabando. Puedo contarle que en cierta ocasión robaron varios bidones de alcohol puro del sótano de la farmacia. Un preso muy flaco se metió entre los barrotes y las sacó. Por supuesto que se lo bebieron de inmediato, no sé si preparado con algo o así tal cual venía. Al rato el patio estaba lleno de borrachos tirados por el piso y la bebida había causado tantas peleas que hubo que lanzar gases lacrimógenos. Aquello fue un infierno. Totalmente fuera de sí, varios presos planearon matar al Director, que era el comisario Amancio Recoba y éste fue salvado por El Tuerto Cancela, de quien recién le hablé, que fingiéndose borracho lo abrazó hasta que los asesinos se alejaron. 

"En las prisiones, la bebida está absolutamente prohibida y la guerra entre las autoridades y los presos, en su combate por parte de los primeros y por su fabricación y/o introducción por parte de los segundos, es clásica y apunta a ser eterna. 

Pero el ingenio parece haber ganado la batalla. Por lo menos en las cárceles uruguayas, el escabio siempre existió, fabricado por improvisados bodegueros o traído de afuera por diversas vías". 

Como medida general, es bien conocido que no se pueden introducir a la cárcel frutas fermentables. Es rigurosamente supervisado por la guardia y controlado por las requisas. O sea que el dilema era hacer algo medianamente tomable, con elementos permitidos por los reglamentos. Y la verdad es que hacían una cerveza negra formidable, que se preparaba de noche y se bebía antes de salir al patio por la mañana. El único riesgo asumido por los elaboradores, era la requisa sorpresiva que podía ocurrir de noche. 

Usaban café de filtro, azúcar y yemas de huevo (todo legal) y levadura que debían robar en la panadería. Batían las yemas con el azúcar como para un candeal (yemada la llamamos nosotros), hacían un litro de café de filtro al que, tibio, le agregaban la yemada y la levadura. Esto debía permanecer toda la noche fermentando. El resultado era una rica y espumosa cerveza negra, sin sabor a café, que les alegraba la mañana. 

Yo probé esa cerveza. Es buena de verdad, doy fe". 

(Martín Mowszowicz,La vida entre presos.- Ed. Torre del Vigía, 2003) 

–¿Los presos recibían el auxilio de la religión? 

–Sí, y en algunos contados casos les fue útil. En otros fue utilizada para otros fines, como una basada en creencias orientales llamada Misión de la Luz Divina. Estaba instalada cerca de la cárcel y la integraban muchas jovencitas norteamericanas bastante liberales. Cuando se les otorgó permiso para predicar dentro del establecimiento, los presos quedaron locos de la vida y al poco tiempo aquello se transformó en otra cosa. Las chicas se encerraban con ellos en las celdas y predicaban largo tiempo. Un día el Director sospechó y mandó a un preso al que llamaban Tara Service para que informara. Este volvió azorado y contó. "Mire Director, estaban en la cama y cuando me vieron me dijeron que estaban rezando, pero para mí que no tienen por qué rezar uno arriba del otro". 

Por eso le digo, que muchas veces la luz divina tal como se la concibe normalmente, no penetra en las cárceles. 

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