El practicante
de medicina y más tarde médico dermatólogo Martín
Mowszowicz jamás olvidaría sus primeras impresiones, al entrar
a trabajar en diciembre de 1969, en el recinto del Penal de Punta Carretas.
Los funcionarios, casi todos retirados del ejército, vestían
sus antiguos uniformes, ya rotosos, remendados y descoloridos a tal extremo
que los reclusos los llamaban Paisajes de Catamarca, por los mil distintos
tonos de verde. Y no fue solamente eso. En las graderías de la cancha
de fútbol, ante la pasividad de las autoridades y a la vista de
todos, tenía lugar una clase abierta de violaciones de cerraduras,
a cargo de un penado con fama de muy experto en la materia, la que era
seguida con extrema atención por un grupo grande de presos. Con
ademanes profesorales, el hombre a quien llamaban Yamandú, enseñaba
los tipos de llaves maestras llamadas yugas que se utilizan para estos
fines y practicaba sobre varios candados de todo tamaño.
A partir de ese momento y ya curado
de espanto, este médico fue acumulando treinta y dos años
de experiencias y recuerdos. Esas memorias, únicas, irrepetibles,
las vertió en un libro y accedió a complementarlas en una
entrevista que tuvo lugar en su casa de la calle Luis Alberto de Herrera,
de la que hoy se ofrece la segunda y última parte.
–¿Recuerda haber tratado a
aquella persona que hace años mató a una mujer arrancándole
los intestinos a través de la vagina?
–Sí, como no. Se llamaba Wenceslao
Gutiérrez. Los presos políticos lo llamaban Chinchulín
o Parrillada. No era una persona que sobresaliera por su peligrosidad.
En realidad no parecía haber hecho la monstruosidad que hizo. Andaba
siempre solo y hablaba poco.
"La causa por la que cumplió
una larga condena fue muy comentada en su momento. Había eviscerado
a una mujer arrancándole los órganos del vientre desde la
vagina. Era callado, serio y de buena conducta. Una sola vez salió
de su silencio habitual, cuando en una conversación trivial se mencionó
a Jack el Destripador. El modesto Wenceslao dijo de repente.
–Ese Jack al lado mío, es
un aprendiz.
Años después al salir
libre, me lo encontré en 18 de julio, en la vereda del cine Censa,
donde cuidaba coches. Me saludó correctamente y me contó
que se había casado y que vivía tranquilo. No lo vi más.
Siempre recuerdo su salida, casi con orgullo profesional"
(Martín Mowszowicz.- La vida
entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003).
–¿Cómo convivían
los presos políticos con los comunes?
–Naturalmente, los presos políticos
tenían otra extracción social y otra formación educativa.
Muchos eran hijos de familias acomodadas y no habían visto un obrero
de cerca ni por casualidad. Esa gente padeció los mismos fenómenos
transformadores que produce la cárcel, pero fue muy solidaria, entre
sí y con los demás. Por otro lado tenía un aparato
de apoyo fuera del establecimiento que les permitía tener despensas
propias. Nunca les faltó yerba, ni azúcar, ni aceite, ni
fideos. Y como compartían todo, se ganaron por el estómago
a la población carcelaria. De pronto era una estrategia porque con
eso se compraban silencios y colaboraciones. Pienso que nadie los quería
mal, aunque había delincuentes profesionales que se quejaban argumentando
que en la calle no se podía robar porque con el ejército
fuera de los cuarteles, estaba llena de milicos, y adentro estaban muy
vigilados a causa de la presencia de los presos políticos. Estos
hacían su vida y eran muy solidarios. Yo estuve siempre en la vereda
de enfrente, pero no tengo empacho en destacarlo. Ayudaban con víveres
y en ocasiones aportándoles defensores penales o dando dinero para
sus familias cuando veían que estaban muy apretadas.
–En ocasión de las dos fugas,
también se fueron varios presos comunes.
–Sí, en algunos casos porque
los tupamaros no sabían qué hacer con ellos. Cuando se produjo
la segunda fuga, por las cloacas, dejaron a los presos comunes varados
en la calle para que se arreglaran como pudieran. Uno de ellos se fue a
Maldonado a casa de una hermana y cuando cayó preso de nuevo se
vengó de los tupamaros delatando todo lo que sabía. Habló
hasta de más. Con uno de los que se escapó en la primer fuga,
Carlos La Paz Caballero, me encuentro dos por tres en la Ciudad Vieja.
Es un hombre muy correcto que estudió periodismo y se recibió.
Lo considero un hombre inteligente y no me consta que haya vuelto a las
andadas.
–También es cierto que entre
los presos comunes que se fugaron, hubo algunos que pasaron a integrar
el MLN.
–Uno de ellos fue Adalberto Viña,
gran amigo que me ayudó mucho para hacer el libro. Llegó
a tener una vinería llamada Salud, frente a la vieja Penitenciaría.
Era de la banda del Mincho Marticorena y tanto él como su hermano,
a quien llaman El Muerto, son tupamaros convencidos. El Negro Viña
está casado con una buena señora a la que conozco y su vida
ha cambiado totalmente. Pasó de delincuente a luchador social.
–¿Usted ejercía tareas
en Punta Carretas en ocasión de la fuga de los ciento once?
–Sí.
–¿Cómo se la explica?
–Nuestra actividad estaba centrada
más lejos, en el Hospital, que estaba en un ángulo del establecimiento.
De cualquier manera entré a hacer una guardia el mismo día
en que se habían fugado y subí para ver los huecos entre
celda y celda y el túnel, incluso penetré en éste.
Aquello era absolutamente increíble. Yo nunca lo sospeché
porque no iba por esos lugares y ellos ni siquiera pedían médico
porque como tenían sus propios médicos y su propia farmacia,
concurrían muy poco al Hospital. Lo que recuerdo sí, un cierto
silencio extraño en los días previos a la fuga, pero las
líneas de información pasaban al costado nuestro y no nos
tocaban.
–¿Y cómo es que las
autoridades no se enteraron?
–Eso es responsabilidad del director
de la época o del Ministro del Interior de la época o de
la gente que nunca vio la tierra de la excavación ni sintió
ningún ruido. La verdad es que fue inexplicable.
–¿Y fue testigo de la segunda
fuga, la que se realizó a través de la Enfermería?
–Me enteré por los cuentos.
Eso fue cerca de una fiesta tradicional. Al respecto hubo un episodio increíble.
Hubo un recluso de los que mencioné como opuestos al MLN al cual
le ofrecieron irse con ellos y como no quiso le dijeron que lo iban a atar,
igual que lo habían hecho con los practicantes de guardia. Y el
hombre les respondió: "a mí no me ata nadie porque yo estoy
tomando mate y no soy un batidor. Así que déjenme tranquilo
y tengan la seguridad de que no voy a salir a denunciar que ustedes se
están escapando". Tenía sus códigos y como no quería
deberle nada a los tupas, se negó a fugarse con ellos. Lo más
curioso es que poco después se fugó solito. Aprovechó
una salida acompañada al Hospital de Clínicas y se escabulló.
–Deme su opinión médica
del viejo tema de la homosexualidad carcelaria.
–Yo creo que el individuo que se
vuelca a la homosexualidad dentro de la cárcel, ya tiene desde el
punto de vista psicológico, una propensión anterior. Es muy
difícil que se viole a alguien que no quiere ser violado. Generalmente
se trata de personas que ya habían sufrido estas experiencias en
los albergues o en el Iname y cuyos casos ya son conocidos por los demás
presos. De modo que al entrar a la cárcel le imponen su condición
de pasivo quiera o no quiera. Esto es más un forzamiento que una
violación. En mi opinión se trata de personas que tenían
todo para ser homosexuales y les faltaba apenas un tinguiñazo. Había
uno de profesión domador que andaba siempre de bombachas criollas
y botas tipo acordeón, a quien un día le fui a dar una inyección
y comprobé que usaba ropa interior de mujer. Le pregunté
por qué y me dijo: "Y doctor... son cosas de la vida". Y le puedo
contar que también he conocido parejas estables que han durado años
dándose besos en el patio.
"Eran tan conocidos por sus llamativos
sobrenombres, que pocos sabían realmente cómo se llamaban
y en realidad, nadie se preocupaba por ese detalle. Taburete era petizo,
feo de verdad. En cambio Barco Pirata aunque era igualmente feo, era más
alto y recordaba la figura del Capitán Garfio de los cuentos infantiles.
Además era tuerto y rengo. (...)
Eran una pareja constituida por homosexuales
y se alternaban diariamente en los papeles de activo y pasivo, como ellos
contaban. Una vez Taburete armó tremenda batahola porque su pareja
actuó dos días corridos de activo no respetando el contrato.
Estaban en la categoría Especial.
No se les conocían parientes ni visitas".
(Martín Mowszowicz.- La vida
entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003).
–¿La homosexualidad femenina
también era tan frecuente?
–No es tan fácil de detectar.
Hubo una mujer muy famosa llamada Dora que a su paso por el Hospital Maciel
tuvo relaciones con un par de enfermeras y con una monja. Incluso una de
las enfermeras se prostituyó para llevarle plata. Y más tarde,
cuando estuvo internada, enamoró a varias reclusas y a una custodia
femenina. Parece que era irresistible. Después que la liberaron,
se marchó a Buenos Aires.
–¿Es cierto que dentro de
la cárcel se ejerce el proxenetismo?
–Es. En Punta Carretas conocí
presos que vivían de los maricas. Conseguían muchachos jóvenes
que se prestaban al juego y los vendían o los alquilaban. Generalmente
los explotadores eran de los más pesados, los llamados brazos gordos
quienes incluso tenían una organización.
–Usted también menciona que
se hacía contrabando de vino por los muros laterales de la cárcel.
–Los propios milicos que estaban
encima de los muros, arrojaban piolas hacia la calle. Allí había
personas que ataban botellas de vino y ellos las izaban y las bajaban por
el otro lado. Lo vi muchas veces. Y si se podía pasar vino, se podía
pasar cualquier otra cosa.
–¿Cómo era el tema
del juego?
–La timba era la primera industria
del Penal. Las barajas eran siempres requisadas para evitar el juego, pero
ellos las fabricaban dibujando sobre cartones. También se jugaba
a los dados, al nueve con las fichas del dominó, al ajedrez, a las
damas, pero siempre por dinero. Y tenían toda una organización
denominada la mula, para hacer entrar diarios a efectos de saber el resultado
de las carreras de caballos. Y mire que vi jugar por plata carreras de
caracoles y de cucarachas. Por otro lado dos por tres se necesitaba gente
que acudiera al lugar de la timba y para esa función estaban los
troperos que salían por el Penal a tropear reclusos. También
había troperos que trabajaban para los abogados defensores que les
ofrecían una defensa gratis o algunos pesos si les conseguían
clientes. Después resultaba que les sacaban plata para la defensa
y los abogados no aparecían más. Esto era muy común.
Lo sé porque los presos se quejaban amargamente. También
se jugaba permanentemente a la quiniela.
–¿Quiénes llevaban
el juego?
–Los presos que salían hacia
el área de oficinas. Había uno al que le decían el
Camello Gularte, que con el cuento de lustrar zapatos sacaba el juego.
Por supuesto que todos lo sabían porque los días que no había
quiniela no salía a lustrarle los zapatos a nadie.
"Recorría el Penal de punta
a punta con un cajoncito de lustrabotas, como se ven aún en los
cafés del centro. Los zapatos lustrados los llevaban solamente los
guardias y los empleados de la Dirección de Cárceles. Unos
y otros eran sus clientes y el pago era "a voluntad".
Pero el Camello no precisaba lustrar
nada. En su cajoncito, sabiamente acomodadas, sacaba y entraba del Penal,
sólo Dios sabe cuántas cosas... En realidad, su verdadera
ocupación era levantar quiniela clandestina y sacar las jugadas
en hora para los capitalistas, por lo que para él era fundamental
el horario para salir fuera del recinto del celdario".
(Martín Mowszowicz.- La vida
entre presos. Ed. Torre del Vigía, 2003)
–En su libro hay un relato patético
de un preso que fue asesinado el mismo día en que le otorgaban la
libertad.
–El Peladito Da Costa. Estaba acostado
en su cama leyendo el Patoruzito con todo pronto esperando que lo llamaran
para irse, cuando entró a su celda Pablo Silvera Puñales
y lo mató vaya a saber por qué motivo. Después se
dijo que en la valija de él se iba para afuera una documentación
muy importante que le habían metido los muchachos del MLN, no sé
si con su consentimiento o sin él. Poco después, el homicida
también fue muerto por apuñalamiento estando en el patio.
–Y hay otro relato muy gracioso de
uno a quien querían casar a la fuerza.
–Le decían El Tuerto y se
había conseguido una novia mandando cartas a una página de
no me acuerdo qué diario llamada El Camino de la Felicidad. En su
condición de novia oficial, la señorita le hacía llegar
todas las semanas paquetes con provisiones. Un día, posiblemente
como consecuencia de una promesa imprudente de El Tuerto, se apareció
en el Penal acompañada de una Jueza de Paz y dos testigos con la
intención de casarse. El propio Intendente del establecimiento fue
a la celda a avisar al futuro consorte que lo estaba aguardando la Jueza
de Paz para casarlo. El Tuerto Cancela, que era muy ocurrente y estaba
cocinando unas papas fritas, lo miró muy tranquilo y le contestó:
"Dígame señor Intendente: ¿aparte de condenarme a
esta cana que me estoy comiendo, hay alguna otra ley que me obligue a casar?".
El Intendente le dijo que no. "Entonces no me joda más. Déjeme
en paz que se me van a quemar las papas fritas". Cuando volvieron con la
respuesta, a la prometida le vino un ataque de nervios, las testigos se
pusieron a llorar y me mandaron buscar. Las tuvimos que llevar de urgencia
al Hospital Penitenciario para darles calmantes. De más está
decir que los paquetes con comida no llegaron más.
–¿Se elaboraban bebidas alcohólicas
dentro de la cárcel?
–Por supuesto, del tipo que usted
quisiera. Livianas, como algo que hacían parecido a la cerveza o
de graduación alta. Tenían innumerables recursos para fabricar
bebidas alcohólicas, sin contar las botellas que eran introducidas
de contrabando. Puedo contarle que en cierta ocasión robaron varios
bidones de alcohol puro del sótano de la farmacia. Un preso muy
flaco se metió entre los barrotes y las sacó. Por supuesto
que se lo bebieron de inmediato, no sé si preparado con algo o así
tal cual venía. Al rato el patio estaba lleno de borrachos tirados
por el piso y la bebida había causado tantas peleas que hubo que
lanzar gases lacrimógenos. Aquello fue un infierno. Totalmente fuera
de sí, varios presos planearon matar al Director, que era el comisario
Amancio Recoba y éste fue salvado por El Tuerto Cancela, de quien
recién le hablé, que fingiéndose borracho lo abrazó
hasta que los asesinos se alejaron.
"En las prisiones, la bebida está
absolutamente prohibida y la guerra entre las autoridades y los presos,
en su combate por parte de los primeros y por su fabricación y/o
introducción por parte de los segundos, es clásica y apunta
a ser eterna.
Pero el ingenio parece haber ganado
la batalla. Por lo menos en las cárceles uruguayas, el escabio siempre
existió, fabricado por improvisados bodegueros o traído de
afuera por diversas vías".
Como medida general, es bien conocido
que no se pueden introducir a la cárcel frutas fermentables. Es
rigurosamente supervisado por la guardia y controlado por las requisas.
O sea que el dilema era hacer algo medianamente tomable, con elementos
permitidos por los reglamentos. Y la verdad es que hacían una cerveza
negra formidable, que se preparaba de noche y se bebía antes de
salir al patio por la mañana. El único riesgo asumido por
los elaboradores, era la requisa sorpresiva que podía ocurrir de
noche.
Usaban café de filtro, azúcar
y yemas de huevo (todo legal) y levadura que debían robar en la
panadería. Batían las yemas con el azúcar como para
un candeal (yemada la llamamos nosotros), hacían un litro de café
de filtro al que, tibio, le agregaban la yemada y la levadura. Esto debía
permanecer toda la noche fermentando. El resultado era una rica y espumosa
cerveza negra, sin sabor a café, que les alegraba la mañana.
Yo probé esa cerveza. Es buena
de verdad, doy fe".
(Martín Mowszowicz,La vida
entre presos.- Ed. Torre del Vigía, 2003)
–¿Los presos recibían
el auxilio de la religión?
–Sí, y en algunos contados
casos les fue útil. En otros fue utilizada para otros fines, como
una basada en creencias orientales llamada Misión de la Luz Divina.
Estaba instalada cerca de la cárcel y la integraban muchas jovencitas
norteamericanas bastante liberales. Cuando se les otorgó permiso
para predicar dentro del establecimiento, los presos quedaron locos de
la vida y al poco tiempo aquello se transformó en otra cosa. Las
chicas se encerraban con ellos en las celdas y predicaban largo tiempo.
Un día el Director sospechó y mandó a un preso al
que llamaban Tara Service para que informara. Este volvió azorado
y contó. "Mire Director, estaban en la cama y cuando me vieron me
dijeron que estaban rezando, pero para mí que no tienen por qué
rezar uno arriba del otro".
Por eso le digo, que muchas veces
la luz divina tal como se la concibe normalmente, no penetra en las cárceles.
* Último de dos artículos
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es mejor vivir del trabajo ajeno que del propio