El
15 de octubre de 1974 la noticia dio la vuelta al mundo: había caído
en combate Miguel Enríquez, secretario general del Movimiento de
Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile.
Dice Eduardo Galeano que cada uno
entra en la muerte de un modo que se le parece. Algunos en silencio, caminando
de puntillas; otros, reculando; unos más, pidiendo perdón
o permiso. Hay quien entra discutiendo o exigiendo explicaciones, y hay
quien se abre paso en ella a trompadas y puteando. Hay quien la abraza.
Hay quien se tapa los ojos. Hay quien llora.
Miguel se metió en la muerte
a tiro limpio. Desde el incendio de La Moneda, inmolado el presidente constitucional
Salvador Allende, el dirigente del MIR se había convertido en líder
de la resistencia armada a la dictadura militar y, por lo tanto, en la
mayor presa del sádico coronel Manuel Contreras, discípulo
del general Augusto Pinochet. El jefe de la Dirección de Inteligencia
Nacional (Dina) se había fijado como objetivo el aniquilamiento
del MIR y quería la cabeza de Enríquez.
"Ahora le toca a Miguel", había
dicho el Chicho Allende a su hija Beatriz cuando se desató
la furia homicida sobre Palacio Nacional. El MIR estaba acuartelado desde
julio. Tenía pocas armas para organizar la resistencia. El día
de la conjura fascista, a las siete de la mañana, la comisión
política se reunió en un local de la comuna de San Miguel
para decidir qué hacer. Cerca de las 10, en una metalúrgica
del cordón Vicuña Mackenna, Enríquez, Andrés
Pascal Allende, Nelson Gutiérrez y el Bauchi von Schowen
se reunieron con el dirigente socialista Carlos Altamirano. Las unidades
operativas y las fuerzas centrales de los partidos de la Unidad Popular
no habían logrado constituirse a tiempo. Los depósitos de
armas estaban dispersos. Había soldados por todas partes, y era
imposible pensar en repartirlas entre las masas populares.
Nelson y Andrés alcanzaron
a distribuir algunos AK-47 entre militantes de los cinturones industriales
de Santiago. Uno de los hombres del Grupo de Amigos del Presidente (GAP,
la guardia personal de Allende) había logrado sacar algunas armas
de la residencia de Tomás Moro. Entre ellas, varias subametralladoras
T-1 que artesanos tupamaros habían fabricado en un berretín
(refugio) de la resistencia, a orillas del Mapocho. Con Toño
Sotomayor, jefe de los hombres del MIR en el GAP, comenzaron a retomar
contactos, recomponer los regionales y frentes y a instruir sobre el trabajo
en la clandestinidad. Se quedaron con armas cortas y algunas metralletas
livianas. El resto las enterraron. "El MIR no se asila", fue la orden.
Antes del golpe, los miristas habían
ocupado fábricas y fundos porque sabían que la vía
chilena al socialismo y la revolución sin costo social no existen.
No creían en la reforma agraria de los ricos y desconfiaban de los
militares "legalistas". El reformismo renunció a la lucha por el
poder, dijo el Bauchi. Y Chile fue una nueva Yakarta. En su parte
de guerra, el general Palacios asentó: "Misión cumplida.
Moneda tomada. Presidente muerto". "Los militares salvaron al país",
declaró el golpista Eduardo Frei al ABC de Madrid. El fascismo
criollo se entronizaba en la patria de Caupolicán, Manuel Rodríguez
y Gabriela Mistral.
El 4 de octubre del 1974, Enríquez
se zafó a tiros de una trampa de la Dina. Un día después
el capitán Krasnoff, con 500 hombres de los grupos Halcón
1 y Halcón 2, armados hasta los dientes, llegó al refugio
de Enríquez en la comuna de San Miguel. Dos compañeros lograron
romper el cerco. Carmen Castillo, su compañera, quien estaba embarazada,
cayó herida. También Miguel. El jefe del MIR resistió
dos horas, pero murió acribillado.
En 1967, un 8 de octubre, había
muerto en Bolivia el guerrillero argentino-cubano Ernesto Guevara. El Che
puso todo de sí, absolutamente todo, detrás de las palabras.
Igual que Miguel Enríquez y muchos combatientes que cayeron peleando
por América La Pobre, aferrados a su "utopía". Como le dijo
Carmen Castillo a Hugo Guzmán, no debemos caer en "el culto a la
muerte" (La Jornada, 6/X/2004). Está claro. Pero sucede que
figuras como Allende y Enríquez en Chile, o como el tupamaro Raúl
Sendic en Uruguay, se mantienen vivos en la memoria social, colectiva.
Son parte de la memoria viva popular. En ellos abrevan hoy quienes en nuestras
patrias tributarias del imperio y sometidas al saqueo neocolonial resisten
las políticas de Washington y a los regímenes entreguistas
de siempre. Hombres y mujeres que en toda Latinoamérica están
creando e inventando nuevas formas de organización y de pensar.
De generar ciudadanía. Sin dogmatismos, sí. Y con nuevas
ideas, "porque el mundo ha cambiado".
Dice Carmen que hoy, en Chile, existe
una "cultura mirista". Es verdad. Como existe una "cultura tupamara" en
Uruguay. Y ambas tienen que ver, también es cierto, con el zapatismo
en resistencia del sureste mexicano. Con su ¡ya basta! de 1994. Con
la heterodoxia de los indígenas de la Lacandona. Con el pensamiento
propio del EZLN y sus nuevas formas de lucha, superadoras de la inercia
de las izquierdas latinoamericanas. Con su rebeldía para crear autonomías
y construir poder popular, sin seguidismo de ningún tipo. Con el
humor revolucionario.
Hoy, como ayer, hacer la revolución
significa transformar la realidad. Pero la militancia es también
una memoria de elefante. Por eso el 2 de octubre no se olvida. Como no
olvidamos al Che, Tania, Camilo Torres, Marighela Fonseca, a la
montonera Arrostito, a Enríquez, Santucho, al Inti Peredo,
al Bebe Sendic y a todos los caídos en las luchas de liberación
nacional. No olvidamos, pero no estamos tristes, porque requiere más
coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos
acostumbrados.