El bloqueo
y la semántica yanqui
Angel
Guerra Cabrera
El bloqueo.
Hay palabras que de tan repetidas pierden su valor semántico. Así
pasa en el caso de Cuba. Con eufemismos como "sanciones" o "embargo", Washington
intenta minimizar el sentido de una deliberada, sistemática, elaborada
y creciente política de genocidio dirigida a matar por hambre y
enfermedades al pueblo cubano. Ese es su verdadero y único objetivo,
como aparece en documentos ya desclasificados de los archivos de seguridad
nacional de la potencia norteña. Las medidas de estrangulamiento
económico contra Cuba son pieza fundamental en toda una estrategia
multifacética dirigida a liquidar a la revolución. En rigor
se trata de una guerra no declarada que en virtud de la privilegiada posición
internacional del bloqueador no sólo impide las relaciones económicas
entre ambos -lo que pudiera llamarse embargo-, sino que en la práctica
condena a la isla a no recibir créditos internacionales, salvo a
tasas draconianas, y le enajena el acceso a muchos otros mercados. La sola
comparación del importe de los fletes desde puertos lejanos a la
isla, que ésta se ve obligada a pagar al no poder comprar en Estados
Unidos, demuestra un costo muy lesivo únicamente en ese rubro. La
Habana calcula en más de 79 mil millones de dólares los daños
y perjuicios ocasionados en su totalidad por esta práctica ilegal,
condenada por la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo. Pero
esta cifra no es suficiente para expresar el monto de sufrimientos y privaciones
cotidianas impuestos a millones de cubanos.
Sustancian esta afirmación
miles de hechos en la vida diaria. Un hospital oncológico desprovisto
de citostáticos que casi únicamente producen las transnacionales
estadunidenses. Una cooperativa cuyos tractores no funcionan porque carecen
de las refacciones necesarias. Un niño asmático que no dispone
del nebulizador que lo sacaría de la crisis. Porque no es sólo
que Cuba no pueda adquirir estos bienes en el mercado estadunidense; es
que allí donde las autoridades de la isla intentan realizar cualquier
operación comercial llega la larga mano de la CIA para impedirlo
mediante presiones o la amenaza de represalias al suministrador. Pero ninguna
administración como la de Bush II ha hecho de esta actividad una
obsesión enfermiza. Clara muestra de ello es la multa de 100 mil
dólares impuesta a un avión de Iberia en el aeropuerto de
Miami porque en su despensa había unas decenas de los famosos puros
cubanos.
Lo que hay detrás de esto
es un plan de anexión de Cuba a Estados Unidos. Quien revise la
historia encontrará que desde la segunda mitad del siglo XVIII los
padres fundadores de la naciente república norteamericana trazaron
una línea estratégica que consistía en apoderarse
de la isla por cualquier medio, comprándola u ocupándola
militarmente, como ocurrió en 1898. Si Cuba no llegó a ser
nunca formalmente colonia de Estados Unidos se debe única y exclusivamente
a la resistencia del pueblo cubano. Esta fue lo suficientemente fuerte
como para impedirlo inclusive en las circunstancias en que el país
fue ocupado militarmente por su poderoso vecino. El triunfo de la revolución
en 1959 acrecentó los afanes anexionistas. Washington no estaba
dispuesto a tolerar en sus propias narices un foco de rebeldía capaz
de multiplicarse del Bravo a la Patagonia. El fracaso de todos los intentos
por doblegar a Cuba por vía militar llevó al agresor a ensayar
las más disímiles tácticas, entre ellas el terrorismo,
unido a una verdadera urdimbre legal en la que se sustenta el proyecto
de asfixia económica.
Con la ilegítima llegada de
Bush a la Casa Blanca esta línea de acción se ha fortalecido
como nunca antes hasta desembocar en la creación de la llamada Comisión
para la Asistencia a una Cuba Libre. La comisión dispuso la rápida
destrucción del poder revolucionario mediante una "acelerada" transición
a la democracia y al libre mercado, la misma receta neoliberal que está
llevando la caldera latinoamericana a punto de explosiones de gran magnitud.
En breve la Asamblea General de la ONU condenará una vez más
el bloqueo, con la sola oposición de Estados Unidos y alguno que
otro de sus regímenes clientes. Pero será principalmente
la acción conjunta del pueblo cubano y de los millones de personas
que en Estados Unidos se oponen al bloqueo lo que más temprano que
tarde terminará con una guerra económica que ya dura cuatro
décadas.
Angel
Guerra Cabrera
Columnista de La Jornada
de México
aguerra12@prodigy.net.mx
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