Uruguay,
el cambio que viene
Carlos
Iaquinandi Castro
(Redacción
de SERPAL)
Uruguay,
ese pequeño y entrañable país sudamericano vive los
días finales de la campaña electoral que puede implicar un
vuelco profundo en su historia política. El “paisito”, como
suele denominársele, tiene una superficie territorial de poco más
de 176.200 kms. cuadrados donde viven casi tres millones y medio de habitantes.
Está situado entre dos de los más extensos e importantes
países sudamericanos: Brasil y Argentina. Por su situación
y dimensiones, ha sido siempre influído por sus grandes vecinos.
Pero el futuro acontecimiento electoral
tiene su historia propia - y su raíz- en las contradicciones
internas del último medio siglo de vida. Quizás esté
llegando a su fin la larga crisis que en los últimos años
expulsó fuera de sus fronteras a millares de uruguayos que intentaron
encontrar su futuro en otras tierras. Crisis donde se combinaron
la ineficacia de los gobiernos y la aplicación de las devastadoras
políticas neoliberales.
La larga marcha del Frente Amplio
Uruguay se encuentra en el umbral
de un posible cambio político, que de concretarse, significará
la ruptura con el ancestral relevo gubernamental entre las dos tradicionales
formaciones políticas, “Colorados” y “Blancos”. Nacidas
éstas con la propia historia de la Banda Oriental y a partir de
los caudillos Rivera y Oribe, se alternaron desde entonces y hasta nuestros
días en el ejercicio de gobernar, ya sea por vía constitucional
o por regímenes dictatoriales. Pero la crisis a finales de los años
50, generó en la década siguiente el surgimiento de corrientes
sociales transformadoras que rápidamente se acoplaron a las luchas
revolucionarias que se extendieron por el continente.
El Movimiento de Liberación
Nacional “Tupamaros” y otras organizaciones menores intentaron los cambios
por la vía armada.
Los reclamos de cambios profundos
en las estructuras políticas y sociales del país, derivaron
en 1973 en una dictadura militar, que contó con la complicidad
de muchos dirigentes de los partidos tradicionales. La represión
política y social se orientó especialmente hacia los grupos
y movimientos de izquierda y sindicales. Entre ellos, todos los que integraban
el Frente Amplio, entonces recientemente constituído con el aporte
de distintas vertientes de la izquierda. Las Fuerzas Armadas, ejecutaron
la “Doctrina de la Seguridad Nacional” elaborada en Estados Unidos,
un plan sistemático para descabezar y anular toda disidencia, desde
la más frontal hasta la mas tibia. Incluso formaron parte activa
de la Operación Cóndor, un acuerdo de las dictaduras de Argentina,
Chile, Bolivia, Brasil y Paraguay para el asesinato de los opositores en
cualquier país del cono sur de América.
Casi doce años se prolongó
el régimen represivo, durante el cual, los millones de uruguayos
fueron “clasificados” en tres categorías “A”,
”B” y “C”, según el grado
de “peligrosidad social” que les asignaban las “Fuerzas Conjuntas”. Las
principales organizaciones sociales y sindicales fueron reprimidas. Varios
de sus dirigentes fueron asesinados ( incluso en el exilio ) y centenares
fueron encarcelados.
Todos los sectores políticos
vinculados con el Frente Amplio fueron prohibidos y perseguidos.
En el año 1984, la ciudadanía
uruguaya recupera en parte el funcionamiento democrático. Los militares
convocan a elecciones generales para noviembre, pero impiden las candidaturas
de dos de los tres principales líderes políticos en ese momento:
Wilson Ferreira Aldunate del partido Nacional y el General Líber
Seregni del Frente Amplio; ambos son proscriptos. En esas condiciones irregulares,
es elegido José María Sanguinetti, del partido Colorado.
Pero a partir de entonces,
el Frente Amplio - esa amplia coalición política de izquierda
- inició una larga marcha de acumulación social que le permitió
primero ganar la importante intendencia de Montevideo y después
convertirse en un serio aspirante en las elecciones generales.
En los primeros comicios libres tras
la dictadura, el Frente obtuvo más del 20 % de los votos, demostrando
que la represión no solo no le había debilitado, sino que
le había fortalecido. De allí en más fue aumentando
su caudal electoral. En las últimas elecciones realizadas
- en 1999 - Tabaré Vázquez del Frente Amplio fue la
opción más votada en la primera vuelta, con más del
38 % de los sufragios. Pasó a la definitoria segunda vuelta con
el siguiente más votado, Jorge Batlle del Partido Colorado. Pero
el Partido Nacional ( Blanco ) convocó a sus partidarios a
votar en la segunda vuelta por sus eternos rivales, los “colorados”
para evitar el triunfo de la izquierda. Y lo consiguieron;
pero a pesar de esa suma de votos apenas pudieron llegar al 52 %.
Era la evidencia de que Uruguay había cambiado profundamente y la
recomposición política dividía al país en dos
bloques, uno de ellos totalmente nuevo: la coalición de izquierda
Encuentro Progresista – Frente Amplio.
Octubre: el horizonte del cambio
El próximo 31 de octubre los
ciudadanos uruguayos irán a las urnas para elegir su nuevo gobierno.
En internas realizadas a fines de junio pasado, se definió el candidato
único por cada partido. Los “colorados” eligieron al ex ministro
del interior Guillermo Stirling. Los “blancos” al senador Jorge Larrañaga.
En cuanto a la izquierda, el esfuerzo intergeneracional de los últimos
40 años por conseguir una profunda transformación social,
política y económica en el país, cristalizó
en la candidatura del Dr. Tabaré Vázquez del Partido Socialista,
esta vez representando a más de 15 partidos o grupos políticos.
Una compleja y laboriosa arquitectura
política elaborada durante muchos años e inusual en América
Latina, permitió conformar la coalición que alberga diversos
matices ideológicos. Esta pluralidad representa una indudable riqueza
social, pero es también un difícil desafío para llevar
adelante una eventual gestión de gobierno si los resultados confirman
la victoria de la izquierda que pronostican las últimas encuestas.
Los mayores esfuerzos del Frente,
están centrados en ganar en la primera vuelta. Es muy difícil,
pero no imposible:las previsiones de las empresas encuestadoras coinciden
en asignar a la candidatura de Tabaré Vázquez, un respaldo
superior al 45 por ciento.
En el caso de que fuera necesaria
una segunda vuelta porque el Frente no supere el 50 por ciento, ésta
se realizará el 28 de noviembre, y se dá por descontado que
entonces, el rival de Vázquez sería el "blanco" Jorge Larrañaga,
quien concentraría todos los votos dirigidos a impedir esa expectativa
de cambio en Uruguay. Pero aún así, es muy probable
que ni siquiera esa confluencia logre impedir la victoria del Frente Amplio.
Unidad Programática
A diferencia de las fugaces y a veces
insólitas alianzas electorales que suelen producirse en países
del continente, el Frente Amplio tiene un programa común y varios
congresos realizados, el último en diciembre pasado. Ha logrado
mantener durante varias legislaturas el gobierno de la intendencia montevideana,
que resultó un verdadero “banco de pruebas” para la coalición.
Allí tuvieron que afrontar problemas y contradicciones que muchas
veces necesitaron soluciones pragmáticas dolorosas. En ese duro
aprendizaje, comprobaron que hay condicionantes que limitan los poderes
formales. Quizás por eso, el candidato presidencial Tabaré
Vázquez dijo al cerrar el último congreso frenteamplista:
“tenemos que desperezar la utopía y tenemos que recrear la ilusión”;
pero agregó a continuación “aspirar a lo imposible es tan
irresponsable y reaccionario como resignarse a lo que hay”.
En ese realismo preelectoral, la
izquierda uruguaya también se diferencia de las formaciones políticas
del mismo signo en otros países del continente. Recordemos que los
principales dirigentes sobrevivientes de los “Tupamaros” han sabido utilizar
la reflexión y la autocrítica, herramientas a las que han
sido poco afectos los líderes de organizaciones similares de América
Latina de los años 60 y 70.
Por todo eso, esta posibilidad de
cambio excede las fronteras del “paisito”. La imperiosa necesidad de transformaciones
estructurales en América Latina tendrá seguramente
en Uruguay una experiencia distinta y atractiva.
Ojalá esos nuevos aires borren
definitivamente la frase con la que un montevideano cerraba su carta: “Y
mientras tanto la calle te sigue doliendo hondamente, porque vos palpás
miserias viejas y nuevas, en las `pilchas´ y en bocas desdentadas,
pero fundamentalmente en la tristeza de miradas donde falta la esperanza”.
Tabaré Vázquez y la
mayoría de los uruguayos tienen por delante la difícil tarea
de “desperezar la utopía y recrear la ilusión”.
Y quienes creemos en la imprescindible necesidad de cambios en A.Latina,
la de acompañarles solidariamente.
Carlos
Iaquinandi Castro
serpal@wanadoo.es
www.serpal.info
Enviado por SERPAL, Servicio
de Prensa Alternativa |