Carlos Iaquinandi Castro - rodelu.net
14 de Octubre de 2004
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Uruguay, el cambio que viene
Carlos Iaquinandi Castro
(Redacción de SERPAL)
Uruguay, ese pequeño y entrañable país sudamericano vive los días finales de la campaña electoral que puede implicar un vuelco profundo en su historia política.  El “paisito”, como suele denominársele, tiene una superficie territorial de poco más de 176.200 kms. cuadrados donde viven casi tres millones y medio de habitantes. Está situado entre dos de los más extensos e importantes países sudamericanos: Brasil y Argentina.  Por su situación y dimensiones, ha sido siempre influído por sus grandes vecinos. 

Pero el futuro acontecimiento electoral tiene su historia propia  - y su raíz-  en las contradicciones internas del último medio siglo de vida. Quizás esté llegando a su fin la larga crisis que en los últimos años expulsó fuera de sus fronteras a millares de uruguayos que intentaron encontrar su futuro en otras tierras.  Crisis donde se combinaron la ineficacia de los gobiernos y la aplicación de las devastadoras políticas neoliberales. 

La larga marcha del Frente Amplio

Uruguay se encuentra en el umbral de un posible cambio político, que de concretarse, significará la ruptura con el ancestral relevo gubernamental entre las dos tradicionales formaciones políticas, “Colorados” y “Blancos”.   Nacidas éstas con la propia historia de la Banda Oriental y a partir de los caudillos Rivera y Oribe, se alternaron desde entonces y hasta nuestros días en el ejercicio de gobernar, ya sea por vía constitucional o por regímenes dictatoriales. Pero la crisis a finales de los años 50, generó en la década siguiente el surgimiento de corrientes sociales transformadoras que rápidamente se acoplaron a las luchas revolucionarias que se extendieron por el continente. 

El Movimiento de Liberación Nacional “Tupamaros” y otras organizaciones menores intentaron los cambios por la vía armada.

Los reclamos de cambios profundos en las estructuras políticas y sociales del país, derivaron en 1973 en una dictadura militar, que  contó con la complicidad de muchos dirigentes de los partidos tradicionales. La represión política y social se orientó especialmente hacia los grupos y movimientos de izquierda y sindicales. Entre ellos, todos los que integraban el Frente Amplio, entonces recientemente constituído con el aporte de distintas vertientes de la izquierda. Las Fuerzas Armadas, ejecutaron la “Doctrina de la Seguridad Nacional” elaborada en Estados Unidos,  un plan sistemático para descabezar y anular toda disidencia, desde la más frontal hasta la mas tibia. Incluso formaron parte activa de la Operación Cóndor, un acuerdo de las dictaduras de Argentina, Chile, Bolivia, Brasil y Paraguay para el asesinato de los opositores en cualquier país del cono sur de América. 

Casi doce años se prolongó el régimen represivo, durante el cual,  los millones de uruguayos fueron “clasificados” en tres categorías “A”, 

”B” y “C”, según el grado de “peligrosidad social” que les asignaban las “Fuerzas Conjuntas”. Las principales organizaciones sociales y sindicales fueron reprimidas. Varios de sus dirigentes fueron asesinados ( incluso en el exilio ) y centenares fueron encarcelados. 

Todos los sectores políticos vinculados con el Frente Amplio fueron prohibidos y perseguidos. 

En el año 1984, la ciudadanía uruguaya recupera en parte el funcionamiento democrático. Los militares convocan a elecciones generales para noviembre, pero impiden las candidaturas de dos de los tres principales líderes políticos en ese momento: Wilson Ferreira Aldunate del partido Nacional y el General Líber Seregni del Frente Amplio; ambos son proscriptos. En esas condiciones irregulares, es elegido José María Sanguinetti, del partido Colorado. 

Pero a partir de entonces,  el Frente Amplio - esa amplia coalición política de izquierda - inició una larga marcha de acumulación social que le permitió primero ganar la importante intendencia de Montevideo y después convertirse en un serio aspirante en las elecciones generales. 

En los primeros comicios libres tras la dictadura, el Frente obtuvo más del 20 % de los votos, demostrando que la represión no solo no le había debilitado, sino que le había fortalecido. De allí en más fue aumentando su caudal electoral.  En las últimas elecciones realizadas - en 1999 -  Tabaré Vázquez del Frente Amplio fue la opción más votada en la primera vuelta, con más del 38 % de los sufragios. Pasó a la definitoria segunda vuelta con el siguiente más votado, Jorge Batlle del Partido Colorado. Pero el Partido Nacional  ( Blanco ) convocó a sus partidarios a votar en la segunda vuelta por sus eternos rivales, los “colorados”  para  evitar el triunfo de la izquierda.  Y lo consiguieron;  pero a pesar de esa suma de votos apenas pudieron llegar al 52 %.  Era la evidencia de que Uruguay había cambiado profundamente y la recomposición política dividía al país en dos bloques, uno de ellos totalmente nuevo: la coalición de izquierda Encuentro Progresista – Frente Amplio. 

Octubre: el horizonte del cambio

El próximo 31 de octubre los ciudadanos uruguayos irán a las urnas para elegir su nuevo gobierno. En internas realizadas a fines de junio pasado, se definió el candidato único por cada partido. Los “colorados” eligieron al ex ministro del interior Guillermo Stirling.  Los “blancos” al senador Jorge Larrañaga. En cuanto a la izquierda, el esfuerzo intergeneracional de los últimos 40 años por conseguir una profunda transformación social, política y económica en el país, cristalizó en la candidatura del Dr. Tabaré Vázquez del Partido Socialista,  esta vez representando a más de 15 partidos o grupos políticos. 

Una compleja y laboriosa arquitectura política elaborada durante muchos años e inusual en América Latina, permitió conformar la coalición que alberga diversos matices ideológicos. Esta pluralidad representa una indudable riqueza social, pero es también un difícil desafío para llevar adelante una eventual gestión de gobierno si los resultados confirman la victoria de la izquierda que pronostican las últimas encuestas. 

Los mayores esfuerzos del Frente, están centrados en ganar en la primera vuelta. Es muy difícil, pero no imposible:las previsiones de las empresas encuestadoras coinciden en asignar a la candidatura de Tabaré Vázquez, un respaldo superior al 45 por ciento. 

En el caso de que fuera necesaria una segunda vuelta porque el Frente no supere el 50 por ciento, ésta se realizará el 28 de noviembre, y se dá por descontado que entonces, el rival de Vázquez sería el "blanco" Jorge Larrañaga, quien concentraría todos los votos dirigidos a impedir esa expectativa de cambio en Uruguay.  Pero aún así, es muy probable que ni siquiera esa confluencia logre impedir la victoria del Frente Amplio. 

Unidad Programática

A diferencia de las fugaces y a veces insólitas alianzas electorales que suelen producirse en países del continente, el Frente Amplio tiene un programa común y varios congresos realizados, el último en diciembre pasado. Ha logrado mantener durante varias legislaturas el gobierno de la intendencia montevideana, que resultó un verdadero “banco de pruebas” para la coalición. Allí tuvieron que afrontar problemas y contradicciones que muchas veces necesitaron soluciones pragmáticas dolorosas. En ese duro aprendizaje, comprobaron que hay condicionantes que limitan los poderes formales. Quizás por eso, el candidato presidencial Tabaré Vázquez dijo al cerrar el último congreso frenteamplista:  “tenemos que desperezar la utopía y tenemos que recrear la ilusión”; pero agregó a continuación “aspirar a lo imposible es tan irresponsable y reaccionario como resignarse a lo que hay”.

En ese realismo preelectoral, la izquierda uruguaya también se diferencia de las formaciones políticas del mismo signo en otros países del continente. Recordemos que los principales dirigentes sobrevivientes de los “Tupamaros” han sabido utilizar la reflexión y la autocrítica, herramientas a las que han sido poco afectos los líderes de organizaciones similares de América Latina de los años 60 y 70.

Por todo eso, esta posibilidad de cambio excede las fronteras del “paisito”. La imperiosa necesidad de transformaciones estructurales en América Latina  tendrá seguramente en Uruguay una experiencia distinta y atractiva. 

Ojalá esos nuevos aires borren definitivamente la frase con la que un montevideano cerraba su carta: “Y mientras tanto la calle te sigue doliendo hondamente, porque vos palpás miserias viejas y nuevas, en las `pilchas´ y en bocas desdentadas, pero fundamentalmente en la tristeza de miradas donde falta la esperanza”. 

Tabaré Vázquez y la mayoría de los uruguayos tienen por delante la difícil tarea de  “desperezar la utopía y recrear la ilusión”.  Y quienes creemos en la imprescindible necesidad de cambios en A.Latina, la de acompañarles solidariamente.

Carlos Iaquinandi Castro
serpal@wanadoo.es
www.serpal.info

Enviado por SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa

 
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