| el
Periodicol de Catalunya
- 13 de Octubre de 2004
La crisis
de Europa
• El europeísmo
agoniza porque los ciudadanos identifican a la UE con los recortes sociales
Sami
Naïr *
La toma de postura de Laurent Fabius,
exprimer ministro francés, a favor de un no condicional a
la Constitución europea, que de hecho es un no seguro; la
actual composición de la Comisión Europea, resultado de la
masiva victoria de las fuerzas liberales en Europa; el estado de ánimo
de una parte importante de la izquierda, claramente orientada hacia el
no; el estancamiento de la economía europea; el retorno a
los viejos complejos nacionalistas entre las capas socialmente excluidas
del bienestar en la propia Europa, todos estos hechos, sumados a decenas
de otros, indican que Europa está en crisis. Negarlo no sirve de
nada: la época lírica europea ha llegado a su fin. Todo hace
pensar que de los 25 países de la Unión, habrá al
menos uno que rechazará esta Constitución. Es decir, que
no será aprobada. ¿Por qué?
PORQUE EUROPA, en parte, ha defraudado.
En la actualidad, los países ricos pierden socialmente más
de lo que han ganado económicamente en el concierto europeo; además,
sus posiciones se ven socavadas por la coalición de los países
pequeños y medianos. Éstos se benefician de la Unión,
pero están, a su vez, sujetados económicamente y no pueden,
a pesar de los enormes fondos estructurales que les concede la Unión,
escapar a la especialización que les impone la Comisión desde
Bruselas. De ahí su voluntad de defender rabiosamente sus intereses.
En cuanto a los nuevos miembros procedentes de los países del Este,
su entrada está condicionada por restricciones humillantes tanto
para la obtención de los fondos de ayuda como para la libre circulación
de sus ciudadanos. Sin contar, por último, con que la política
exterior divide más que nunca a los europeos, a pesar del talento
diplomático de Javier Solana.
De hecho, el europeísmo,
que en la práctica ha reducido, a lo largo de estos últimos
20 años, la tradicional oposición entre la cultura política
de derechas y de izquierdas, está agonizando. Este europeísmo
tenía históricamente un fin positivo: sacar a Europa del
atolladero del nacionalismo pusilánime y convertirla en una auténtica
potencia mundial. En la actualidad, los ciudadanos europeos tienen la impresión
de que Europa es una conjunción abigarrada de intereses contradictorios
y un enano político. De hecho, las opiniones públicas no
perdonan a sus élites que no hayan construido una Europa unida,
sino un complicado patchwork institucional, alejado de su vida cotidiana.
No se identifican con una Constitución abstracta, formada por hábiles
equilibrios institucionales potencialmente explosivos. Y, sobre todo, no
perciben que este texto represente una garantía para la mejora de
su vida presente y futura. Éste es el verdadero problema.
Por más que los partidarios
de la Constitución expliquen que con su aprobación las cosas
irán mejor, los ciudadanos escépticos se muestran fríos
como el mármol. Esta crisis de confianza es lo que ha captado Laurent
Fabius, que a pesar de todo es un declarado partidario del social-liberalismo,
o en cualquier caso no es sospechoso de mantener una postura hostil hacia
Europa. Y en consecuencia, plantea sus condiciones, de hecho todas ellas
centradas en la cuestión del empleo y del mantenimiento de un alto
nivel de prestaciones sociales. Lo cierto es que ahí reside la gran
debilidad de la Europa liberal. Es extremadamente difícil que un
asalariado francés admita que debe renunciar a la excepcional calidad
de sus servicios públicos en beneficio de los servicios de interés
general a la americana que Europa está instaurando; es inconcebible
que un ciudadano alemán comprenda que la reforma a la baja del modelo
social alemán es ineluctable para modernizar la economía
del país, etcétera. Europa, es necesario repetirlo bajo cualquier
circunstancia, no es un asunto del corazón, sino de intereses compartidos.
Debe representar una mejora y no una regresión social para los ciudadanos.
Ahora bien, los últimos comicios
europeos demuestran la gravedad de la situación: mas del 60% del
electorado europeo se abstuvo. El auge de los partidos ultranacionalistas
es hoy en día general en toda Europa. Eso sí que es una reacción
nacionalista provocada por el temor generado por las políticas económicas
de Bruselas. El pacto de estabilidad, cuyo precio fue pagado con millones
de parados estos últimos años, aparece hoy como una arma
destructora entre manos de las élites financieras europeas. Ni Francia
ni Alemania pueden adaptarse a sus normas sin destrozar sectores enteros
de sus políticas públicas.
ESTO OCURRE en un contexto en el
que Europa no hace nada para asegurar el porvenir: no hay inversión
en una política industrial común, no hay verdadera estrategia
a largo plazo en los sectores de la investigación y desarrollo,
incluso no hay nada para asegurar la identidad militar de la Unión
Europea (entregada a la OTAN). La política del Banco Central Europeo
está estrictamente basada en la defensa del euro fuerte, lo que
impide competir con el dólar y, sobre todo, obstaculiza una verdadera
política de creación de empleo.
Lo grave es que el proyecto de Constitución
constitucionaliza esta situación. Eso es porque hay crisis y rechazo.
Sería un terrible error percibir esta crisis de confianza como un
retorno al nacionalismo, una oposición a otros pueblos.
Se trata de otra cosa: una parte
cada vez más importante de los ciudadanos europeos tiene simplemente
la impresión de que en esta empresa pierde más de lo que
gana. Pues la gobernabilidad, la adhesión política y el consenso
democrático no están, en las grandes democracias modernas,
vinculados a un idealismo del sacrificio, sino al mantenimiento del nivel
de vida y de las conquistas sociales.
Nada, y sobre todo no el bello ideal
europeo, debe justificar el aumento de la precariedad, el paro estructural,
la privatización de los servicios públicos (educación,
sanidad, investigación) y la impotencia política. Europa
necesita defensores lúcidos, que comprendan que también debe
servir a los intereses de los más débiles, de los más
pobres, y no sólo apostar por las finanzas. No integrar la dimensión
social en la construcción europea, hacer del liberalismo integral
el único ideal posible del futuro de Europa, es elegir el posible
fracaso de la Unión Europea. La Constitución europea corre
el riesgo de ser su primera manifestación.
* Profesor de Ciencias Políticas
de la Universidad de París-VII |