| Brecha
de Uruguay - 15 de Octubre de 2004
Según el Vaticano
El comunismo
fue un mal necesario
El nuevo
libro del papa Juan Pablo II, "Memoria e identidad", que saldrá
a la venta en los primeros meses de 2005, relee el Novecientos bajo la
luz de la centralidad de las raíces cristianas de Europa. Pero asesta
un golpe al revisionismo histórico y la teoría del totalitarismo:
comunismo y nazismo no son comparables.
Gennaro
Carotenuto - Desde Roma
"El comunismo ha sido un mal, pero de
alguna manera necesario para el hombre." Es la idea más conflictiva
y llamativa del nuevo libro de Juan Pablo II, presentado la pasada semana
en el prestigioso marco de la Buchmesse, la Feria del Libro de Fráncfort,
en Alemania.
Es un Karol Wojtyla historiador el
que sale de los adelantos de su quinto libro, Memoria e identidad. Lo ha
presentado el vocero vaticano Joaquín Navarro-Valls y ya es anunciado
como un best-seller mundial después de los más de 20 millones
de copias que vendieron tanto Cruzando el umbral de la esperanza en 1994
como ¡Levantaos! ¡Vamos!, el año pasado. El nuevo libro
del papa ofrecerá su reflexión sobre algunos de los temas
fundamentales de la contemporaneidad, desde la Ilustración al poscomunismo,
y es fruto de una serie de conversaciones comenzadas en 1993 con dos filósofos
polacos, el sacerdote Jozef Tischner, hoy fallecido, y Krzysztof Michalski.
Según Navarro-Valls es una apertura al diálogo hacia los
no católicos sobre temas éticos de interés general,
donde el papa no se propone el objetivo de condenar el mal sino de entenderlo.
El libro entonces nos presenta más bien un Wojtyla filósofo
de la historia. Hace unas reflexiones sobre el siglo recién concluido
que, sin salir de su tradicional visión escatológica y providencial,
resultan polémicas y algo heterodoxas para el hombre que vivió
la invasión nazi de su país, y luego luchó la mayor
parte de su vida contra el gobierno filosoviético de Varsovia. Lo
que más llama la atención es la clara diferenciación
entre nazismo y comunismo. Ésta, en las últimas décadas
y bajo los golpes de formas más o menos refinadas de revisionismo,
de la teoría del totalitarismo y de la burda polémica política
cotidiana, había quedado cada vez más achicada hasta fundir
dos movimientos inconciliables en una única visión del mal
del siglo XX, donde la única salida sería el liberalismo
occidental. Es esta visión del liberalismo la que Wojtyla rechaza
y la que ha sido uno de los núcleos fundacionales de la segunda
parte de su pontificado, que ya superó el cuarto de siglo. El papa
vuelve a posicionar al cristianismo en el centro de la historia de Europa.
Cristianismo que es cada vez más reivindicación de las razones
tradicionales del catolicismo, y no cristianismo en general. Es una diferenciación
importante en su pensamiento, alejándose de una alianza que en el
siglo XIX hubiese sido considerada hasta herética y conduciendo
a la iglesia en dirección del choque frontal manifestado con su
oposición a las guerras infinitas.
Para el papa, la interpretación
del comunismo sigue siendo negativa. Sigue siendo una encarnación
del maligno. Pero en un contexto en el cual, como en el Fausto de Wolfgang
Goethe, el mal termina creando ocasiones para el bien. Así el papa
va hoy más allá de la condena cerrada del comunismo, que
permanece pero ya no es suficiente. Lo enmarca en un diseño divino
donde el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels, colocado en la doctrina
providencial wojtyliana, adquiere un sentido generando el bien. En este
sentido la interpretación del hombre al cual ya buena parte de la
historiografía asigna un papel decisivo en la caída del socialismo
real, se torna dubitativo y casi enigmático. Quien lo combatió
hoy ve el comunismo aún como un mal, pero quizá necesario
a un recorrido positivo para el hombre. El juicio negativo del comunismo
no cambia por parte del papa. Y en esto las anticipaciones sobre el ensayo
no perfilan una revolución. Sin embargo, mirándolo desde
un punto de vista historiográfico comparativo, la novedad es el
compararlo con el nazismo para ensanchar y no achicar las diferencias entre
éstos. Esto es novedoso y alimentará un debate importante
para quien ha conocido la fuerza del repudio con el cual las jerarquías
vaticanas y el mismo Juan Pablo II siempre han considerado al comunismo
ateo. La vulgata de la teoría de los totalitarismos, que tanto ha
sido utilizada para demonizar el comunismo haciéndolo hasta arquetipo
del nazismo -sin ni siquiera diferenciarlo del estalinismo-, sale objetivamente
debilitada, paradójicamente por quien sigue viendo detrás
del comunismo la obra del demonio. Contribuiría así a reabrir
un debate más ecuánime sobre la experiencia del socialismo
real de un lado, y del movimiento comunista del otro.
Mirando con una mirada laica e historicista,
pero sin excluir un punto de vista católico, el ensayo de Wojtyla
no parece salir -estamos hablando de adelantos, sirve recordarlo una vez
más- de una interpretación teológica de la historia.
Todo se explica con un diseño divino encarnado por la providencia
en la cual la llegada de Cristo juzga la historia. Justificar y explicar
el mal como providencial y generador del diseño divino constructor
del bien, es parte fundamental de la historia del pensamiento cristiano.
Una visión materialista de la historia queda y probablemente quedará
en la espera por entender en qué sentido el mal comunismo, sin merecer
salvación, produce el bien y a cuál bien se refiere el papa.
NACIONALSOCIALISMO, CÓLERA
BESTIAL. No es lo mismo para la doctrina nazi, definida como cólera
bestial. Y la condena sigue sin apelación por parte de quien luchó,
utilizando su fe y cultura, contra una ocupación que pretendía
transformar los hombres de los países invadidos en subhombres. Sin
embargo el papa polaco expone la tesis tradicional del desconocimiento
del nazismo. Europa, según esta tesis, ignoraba en gran parte la
verdadera naturaleza hitleriana. Es una tesis que absuelve también
a su controvertido predecesor Eugenio Pacelli, Pio XII: "La real percepción
del mal que azotaba Europa no fue percibida por todos. Durante años
el Occidente no quiso creer en el exterminio de los hebreos y ni siquiera
dentro de Polonia se comprendían plenamente los crímenes
cometidos contra los mismos polacos".
Citando a Aristóteles y Santo
Tomás, el papa se enfrenta también al problema de la libertad.
En el octavo capítulo de su ensayo, Wojtyla confirma la subordinación
de la libertad a la búsqueda de la verdad y la pone al servicio
del amor. La libertad -dice- tiene un fundamento sólo dentro de
un marco ético y está concedida por Dios al hombre para cumplir
con una misión sin la cual las consecuencias morales son descubiertas.
Está clara -una vez más- la crítica áspera
de Wojtyla al capitalismo salvaje y al neoliberalismo, que pone al hombre
al servicio de la ganancia económica. Y es llamativo que el papa
escriba que el problema de la libertad se haga aun más central después
de 1989.
Guerra
Fría
Las microespías
de Berlinguer
Sale
a la luz que la CIA conocía las reflexiones más íntimas
del secretario del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer, y sus
ganas de romper con Moscú. Sin embargo eligieron no favorecer la
ruptura.
Tiene todos los elementos de la novela
de espías las últimas revelaciones que salen a la luz desde
los archivos de la CIA. La ambientación es en la Roma de los años
setenta y el nombre es de película: Operación Devil Star.
La CIA había conseguido infiltrarse en la casa de Tonino Tatò,
el hombre de confianza de Enrico Berlinguer, el secretario del más
grande partido comunista occidental, el italiano. Con una mudanza en el
medio que había arriesgado hacerlo descubrir todo, la CIA había
entendido que ni en la sede del partido, ni en la casa particular, Berlinguer,
hombre cuidadoso, se sentía seguro. Y el único lugar donde
se sentía en condiciones de hablar libremente era la casa de Tatò
y su esposa, la senadora comunista Giglia Tedesco. Ahí Berlinguer
durante años mostró su alejamiento neto y hasta su repulsión
a una Unión Soviética, que en público defendía
y que en privado temía. Y ahí, en casa de Tatò-Tedesco,
se desarrollaron algunos de los encuentros decisivos de la vida política
italiana en los difíciles años setenta, incluso con Giulio
Andreotti, siete veces jefe de gobierno. Eran los años en los cuales
el gran partido comunista estuvo siempre a punto de entrar en el gobierno
en coalición con la Democracia Cristiana de Aldo Moro, asesinado
en 1978 por las Brigadas Rojas. Eran también los años en
los cuales la CIA, junto a los servicios italianos y la mano de obra neofascista,
ensangrentaba el país para impedir la llegada al gobierno del pci.
El veto del entonces secretario de Estado Zbigniew Brzezinski siempre fue
absoluto. Y sin embargo, las nuevas informaciones perfilan un diseño
si es posible más siniestro. El veto no era a un partido comunista
filosoviético, sino a un partido que entrando en área gubernamental
-las informaciones en mano de la CIA son inequívocas- hubiese acelerado
su propia Bad Godesberg entrando en el ámbito de la socialdemocracia
con quince años de antelación. Lo que, evidentemente, no
estaba en los planes ni de Washington ni de Moscú. |