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16 de Octubre de 2004
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Brecha de Uruguay - 15 de Octubre de 2004

Según el Vaticano

El comunismo fue un mal necesario

El nuevo libro del papa Juan Pablo II, "Memoria e identidad", que saldrá a la venta en los primeros meses de 2005, relee el Novecientos bajo la luz de la centralidad de las raíces cristianas de Europa. Pero asesta un golpe al revisionismo histórico y la teoría del totalitarismo: comunismo y nazismo no son comparables.

Gennaro Carotenuto - Desde Roma
"El comunismo ha sido un mal, pero de alguna manera necesario para el hombre." Es la idea más conflictiva y llamativa del nuevo libro de Juan Pablo II, presentado la pasada semana en el prestigioso marco de la Buchmesse, la Feria del Libro de Fráncfort, en Alemania.

Es un Karol Wojtyla historiador el que sale de los adelantos de su quinto libro, Memoria e identidad. Lo ha presentado el vocero vaticano Joaquín Navarro-Valls y ya es anunciado como un best-seller mundial después de los más de 20 millones de copias que vendieron tanto Cruzando el umbral de la esperanza en 1994 como ¡Levantaos! ¡Vamos!, el año pasado. El nuevo libro del papa ofrecerá su reflexión sobre algunos de los temas fundamentales de la contemporaneidad, desde la Ilustración al poscomunismo, y es fruto de una serie de conversaciones comenzadas en 1993 con dos filósofos polacos, el sacerdote Jozef Tischner, hoy fallecido, y Krzysztof Michalski. Según Navarro-Valls es una apertura al diálogo hacia los no católicos sobre temas éticos de interés general, donde el papa no se propone el objetivo de condenar el mal sino de entenderlo. El libro entonces nos presenta más bien un Wojtyla filósofo de la historia. Hace unas reflexiones sobre el siglo recién concluido que, sin salir de su tradicional visión escatológica y providencial, resultan polémicas y algo heterodoxas para el hombre que vivió la invasión nazi de su país, y luego luchó la mayor parte de su vida contra el gobierno filosoviético de Varsovia. Lo que más llama la atención es la clara diferenciación entre nazismo y comunismo. Ésta, en las últimas décadas y bajo los golpes de formas más o menos refinadas de revisionismo, de la teoría del totalitarismo y de la burda polémica política cotidiana, había quedado cada vez más achicada hasta fundir dos movimientos inconciliables en una única visión del mal del siglo XX, donde la única salida sería el liberalismo occidental. Es esta visión del liberalismo la que Wojtyla rechaza y la que ha sido uno de los núcleos fundacionales de la segunda parte de su pontificado, que ya superó el cuarto de siglo. El papa vuelve a posicionar al cristianismo en el centro de la historia de Europa. Cristianismo que es cada vez más reivindicación de las razones tradicionales del catolicismo, y no cristianismo en general. Es una diferenciación importante en su pensamiento, alejándose de una alianza que en el siglo XIX hubiese sido considerada hasta herética y conduciendo a la iglesia en dirección del choque frontal manifestado con su oposición a las guerras infinitas.

Para el papa, la interpretación del comunismo sigue siendo negativa. Sigue siendo una encarnación del maligno. Pero en un contexto en el cual, como en el Fausto de Wolfgang Goethe, el mal termina creando ocasiones para el bien. Así el papa va hoy más allá de la condena cerrada del comunismo, que permanece pero ya no es suficiente. Lo enmarca en un diseño divino donde el pensamiento de Karl Marx y Friedrich Engels, colocado en la doctrina providencial wojtyliana, adquiere un sentido generando el bien. En este sentido la interpretación del hombre al cual ya buena parte de la historiografía asigna un papel decisivo en la caída del socialismo real, se torna dubitativo y casi enigmático. Quien lo combatió hoy ve el comunismo aún como un mal, pero quizá necesario a un recorrido positivo para el hombre. El juicio negativo del comunismo no cambia por parte del papa. Y en esto las anticipaciones sobre el ensayo no perfilan una revolución. Sin embargo, mirándolo desde un punto de vista historiográfico comparativo, la novedad es el compararlo con el nazismo para ensanchar y no achicar las diferencias entre éstos. Esto es novedoso y alimentará un debate importante para quien ha conocido la fuerza del repudio con el cual las jerarquías vaticanas y el mismo Juan Pablo II siempre han considerado al comunismo ateo. La vulgata de la teoría de los totalitarismos, que tanto ha sido utilizada para demonizar el comunismo haciéndolo hasta arquetipo del nazismo -sin ni siquiera diferenciarlo del estalinismo-, sale objetivamente debilitada, paradójicamente por quien sigue viendo detrás del comunismo la obra del demonio. Contribuiría así a reabrir un debate más ecuánime sobre la experiencia del socialismo real de un lado, y del movimiento comunista del otro.

Mirando con una mirada laica e historicista, pero sin excluir un punto de vista católico, el ensayo de Wojtyla no parece salir -estamos hablando de adelantos, sirve recordarlo una vez más- de una interpretación teológica de la historia. Todo se explica con un diseño divino encarnado por la providencia en la cual la llegada de Cristo juzga la historia. Justificar y explicar el mal como providencial y generador del diseño divino constructor del bien, es parte fundamental de la historia del pensamiento cristiano. Una visión materialista de la historia queda y probablemente quedará en la espera por entender en qué sentido el mal comunismo, sin merecer salvación, produce el bien y a cuál bien se refiere el papa.

NACIONALSOCIALISMO, CÓLERA BESTIAL. No es lo mismo para la doctrina nazi, definida como cólera bestial. Y la condena sigue sin apelación por parte de quien luchó, utilizando su fe y cultura, contra una ocupación que pretendía transformar los hombres de los países invadidos en subhombres. Sin embargo el papa polaco expone la tesis tradicional del desconocimiento del nazismo. Europa, según esta tesis, ignoraba en gran parte la verdadera naturaleza hitleriana. Es una tesis que absuelve también a su controvertido predecesor Eugenio Pacelli, Pio XII: "La real percepción del mal que azotaba Europa no fue percibida por todos. Durante años el Occidente no quiso creer en el exterminio de los hebreos y ni siquiera dentro de Polonia se comprendían plenamente los crímenes cometidos contra los mismos polacos".

Citando a Aristóteles y Santo Tomás, el papa se enfrenta también al problema de la libertad. En el octavo capítulo de su ensayo, Wojtyla confirma la subordinación de la libertad a la búsqueda de la verdad y la pone al servicio del amor. La libertad -dice- tiene un fundamento sólo dentro de un marco ético y está concedida por Dios al hombre para cumplir con una misión sin la cual las consecuencias morales son descubiertas. Está clara -una vez más- la crítica áspera de Wojtyla al capitalismo salvaje y al neoliberalismo, que pone al hombre al servicio de la ganancia económica. Y es llamativo que el papa escriba que el problema de la libertad se haga aun más central después de 1989.



Guerra Fría

Las microespías de Berlinguer

Sale a la luz que la CIA conocía las reflexiones más íntimas del secretario del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer, y sus ganas de romper con Moscú. Sin embargo eligieron no favorecer la ruptura.

Tiene todos los elementos de la novela de espías las últimas revelaciones que salen a la luz desde los archivos de la CIA. La ambientación es en la Roma de los años setenta y el nombre es de película: Operación Devil Star. La CIA había conseguido infiltrarse en la casa de Tonino Tatò, el hombre de confianza de Enrico Berlinguer, el secretario del más grande partido comunista occidental, el italiano. Con una mudanza en el medio que había arriesgado hacerlo descubrir todo, la CIA había entendido que ni en la sede del partido, ni en la casa particular, Berlinguer, hombre cuidadoso, se sentía seguro. Y el único lugar donde se sentía en condiciones de hablar libremente era la casa de Tatò y su esposa, la senadora comunista Giglia Tedesco. Ahí Berlinguer durante años mostró su alejamiento neto y hasta su repulsión a una Unión Soviética, que en público defendía y que en privado temía. Y ahí, en casa de Tatò-Tedesco, se desarrollaron algunos de los encuentros decisivos de la vida política italiana en los difíciles años setenta, incluso con Giulio Andreotti, siete veces jefe de gobierno. Eran los años en los cuales el gran partido comunista estuvo siempre a punto de entrar en el gobierno en coalición con la Democracia Cristiana de Aldo Moro, asesinado en 1978 por las Brigadas Rojas. Eran también los años en los cuales la CIA, junto a los servicios italianos y la mano de obra neofascista, ensangrentaba el país para impedir la llegada al gobierno del pci. El veto del entonces secretario de Estado Zbigniew Brzezinski siempre fue absoluto. Y sin embargo, las nuevas informaciones perfilan un diseño si es posible más siniestro. El veto no era a un partido comunista filosoviético, sino a un partido que entrando en área gubernamental -las informaciones en mano de la CIA son inequívocas- hubiese acelerado su propia Bad Godesberg entrando en el ámbito de la socialdemocracia con quince años de antelación. Lo que, evidentemente, no estaba en los planes ni de Washington ni de Moscú.

 
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