| La
Vanguardia de España - 11 de Octubre de 2004
¿Quo
vadis, Estados Unidos?
Immanuel
Wallerstein *
¿Quo
vadis, Estados Unidos? Todo el mundo quiere saberlo, incluidos los estadounidenses.
No hace mucho, el mundo estaba dividido entre aquellos que aclamaban a
Estados Unidos como máximo representante de las fuerzas mundiales
defensoras de la libertad humana y aquellos que lo veían como una
potencia imperialista, lo contrario de aquello que fingía defender.
Casi todos los ciudadanos estadounidenses formaban parte del primer grupo,
así como una gran parte de los europeos y porcentajes importantes
de personas del resto del mundo. De manera inversa, aquellos que albergaban
sentimientos negativos hacia Estados Unidos pertenecían, en una
mayoría desproporcionada, a países no occidentales, aunque
un pequeño porcentaje eran europeos. No hay estadísticas,
pero simbólicamente existía una división del cincuenta
por ciento.
Durante el mandato de George W. Bush
estos porcentajes han cambiado de manera radical. Una inmensa mayoría
de la población mundial considera a Estados Unidos un gigante peligroso.
Algunos lo acusan de malevolencia, otros de locura alimentada por la ignorancia
y un orgullo desmedido, pero todos están preocupados y recelosos.Ypor
primera vez en mi vida, un número importante de estadounidenses
también muestran cierta preocupación y recelo de lo que su
propio país podría hacer, de lo que podría estar haciendo.
Y lo que nadie parece saber es: ¿Quo vadis, Estados Unidos?
A buen seguro ésta será
la pregunta más importante de la política mundial, como mínimo
durante la próxima década. Por lo tanto, bien podría
ser irrelevante o, como mínimo, de importancia secundaria, ya que
Estados Unidos se encuentra en una encrucijada y aún no es del todo
consciente de las dimensiones de esta decisión.
Están, por supuesto, las elecciones
de noviembre del 2004, que los medios ya se han apresurado a calificar
de las más importantes de la historia. Esto es una pequeña
exageración pero salta a la vista que el electorado está
muy polarizado y dividido en dos bandos casi iguales. Quizás el
Partido Republicano nunca ha adoptado unas posiciones derechistas tan agresivas
desde 1936 (y en esas elecciones sufrieron una derrota aplastante). Y el
Partido Demócrata nunca ha realizado una oposición tan fervorosa
a un presidente en ejercicio. El lema Quien sea, menos Bush se oye por
todos lados.
En Estados Unidos, el apoyo a Bush
y sus políticas ha disminuido ostensiblemente en el último
año debido a lo ocurrido en Iraq: el fracaso a la hora de encontrar
las tan cacareadas armas de destrucción masiva, la continua resistencia
de la guerrilla a la ocupación y la ignominia del tratamiento a
los presos iraquíes en Abu Graib y otras partes. Sin embargo, muchos
de los que están descontentos con las políticas de Bush se
preguntan si Kerry actuaría de un modo muy distinto.
Así pues, la primera pregunta
es: ¿en caso de que se cambiaran las políticas de Bush, bien
por motivos políticos, bien por motivos morales, qué alternativa
podría tomar Estados Unidos para recuperar su autoridad moral en
la opinión mundial? Para responder a esto debemos fijarnos en los
mayores avances que han tenido lugar en Estados Unidos.
Desde el final de la guerra civil
(1865) hasta la elección de Franklin D. Roosevelt en 1933, el gobierno
estadounidense -la presidencia, el Congreso y el Tribunal Supremo- estuvo
controlado principalmente por los republicanos. Más tarde, con la
Gran Depresión, los demócratas del new deal ascendieron e
introdujeron dos cambios fundamentales en la política estadounidense:
legitimaron el Estado de bienestar y llevaron al país de un aislacionismo
dominante a una política intervencionista activa en los asuntos
mundiales. Luego, en el periodo tras la Segunda Guerra Mundial, Estados
Unidos se convirtió en un país multicultural. Los católicos
y los judíos ascendieron en la escala política y social.
Y tras ellos llegó la exigencia de los negros, los latinos y otros
grupos marginados para conseguir lo mismo (incluidos aquellos marginados
por sus tendencias sexuales). Este segundo grupo nunca alcanzó la
aceptación social de los judíos y los católicos (blancos),
pero se puso fin a las discriminaciones más manifiestas, en particular
en el ejército.
Así pues, en un país
dominado por el Partido Demócrata, tuvo lugar una reacción
conservadora al Estado de bienestar, al multiculturalismo y al internacionalismo.
Aquellos que dirigían este movimiento vieron su salvación
en la transformación del Partido Republicano en un partido no centrista
y claramente de derechas. Lo que estos conservadores necesitaban por encima
de todo era una gran base. Y la encontraron en el grupo que ahora se conoce
como la derecha cristiana, un grupo compuesto por personas que muestran
una especial preocupación por la liberalización de las costumbres
sexuales y el final del dominio social garantizado de los protestantes
blancos.
La derecha cristiana estaba especialmente
interesada en los llamados asuntos sociales, en concreto el aborto y la
homosexualidad. Consiguieron robarle votantes al Partido Demócrata
(los demócratas de Reagan) y movilizaron a gente que no había
votado anteriormente. Desde Nixon hasta Reagan y George W. Bush, el Partido
Republicano se ha ido inclinando continuamente hacia la derecha en lo que
respecta a estos asuntos sociales. Pero también se movilizó
para tirar por tierra el Estado de bienestar y sustituir el internacionalismo
por la política que ha caracterizado el mandato de George W. Bush:
un unilateralismo basado en el derecho de Estados Unidos a emprender una
guerra preventiva. Debido al fiasco de Iraq, las antiguas fuerzas centristas
están diciendo basta y prefieren a quien sea, menos Bush.
La mayor pregunta que se plantea
Estados Unidos y el mundo es: ¿y si ganara Kerry? El candidato demócrata
y aquellos que lo rodean parecen estar pidiendo un regreso a los buenos
y viejos tiempos de Clinton. Quieren regresar al momento en que los demócratas
centristas se habían decantado más hacia la derecha. ¿Es
posible? ¿Sería algo aceptable para el votante estadounidense?
¿Apaciguaría a los antiguos aliados de Estados Unidos, tan
distanciados ahora?
Sea cual sea el resultado de las
elecciones estadounidenses, no se lograrán calmar las pasiones en
relación con el aborto y la homosexualidad, que han dividido socialmente
al país. Además, los intentos para conservar el nivel de
vida estadounidense, teniendo en cuenta el inmenso déficit actual,
dejarán muy claro que no se pueden mantener unos impuestos muy bajos
y un gasto muy alto en sanidad, educación y ayudas para la tercera
edad. El militarismo también será insostenible si los ciudadanos
estadounidenses no se comprometen con un servicio militar serio, idea muy
impopular.
Es probable que aumenten las presiones
de otros países a Estados Unidos tras las elecciones.La retirada
casi inevitable de Iraq (probablemente más rápida con Bush
que con Kerry) será vista dentro y fuera del país como una
derrota, lo cual dará pie a una espiral de acusaciones terribles
dentro de Estados Unidos. Asimismo, es previsible que Europa y Asia Oriental
le presten cada vez menos atención a la diplomacia estadounidense;
el dólar será más débil y proliferarán
las armas nucleares.
Ala vista de semejante panorama,
¿podrá recuperarse Estados Unidos? Por supuesto. Sin embargo,
todo depende de la definición de recuperación. Si tenemos
en cuenta que el ejército estadounidense no da más de sí
y que está sufriendo unas pérdidas continuas, y que la deuda
nacional ha alcanzado unas cotas históricas, no sólo cabe
decir que se han acabado los días de hegemonía, sino también
los de dominio e incluso los de liderazgo. Para recuperarse, Estados Unidos
debería llevar a cabo un nuevo estudio interno de sus valores, su
estructura social y sus compromisos sociales. También debería
superar la polarización política, económica y social
que ha tenido lugar en los últimos treinta años, lo cual
estaría muy vinculado con un nuevo replanteamiento sobre la forma
de relacionarse con el resto del mundo.
¿Quo vadis, Estados Unidos?
La primera potencia mundial debe decidir entre reconstituirse como un país
importante (desde su punto de vista y el del resto del mundo) o ser uno
que está dividido internamente y desempeña un papel irrelevante.
* I. WALLERSTEIN , profesor de la
Universidad de Yale y autor del libro ´The decline of american power:
the US in a chaotic world´ Traducción: Robert Falcó
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