El
Río Passaic parece soñoliento frente al profundo y frío
cielo gris. Un frío polar nos paraliza las manos y nos quema el
rostro, anunciándonos que se avecina uno de los más crudos
inviernos en muchos años. Alrededor del río, un telar interminable
de autopistas lo entreteje. Al fondo, a unos pocos metros después
del largo recorrido lo espera el Hudson para, sumados, entregarse a la
bahía de Nueva York. Eterna casi, la mancha deslizante y rauda de
autos pasa a su lado anónima y distante, y al fondo la cúpula
del viejo Empire State sigue rasgando el cielo donde vuelve a reinar después
de la desaparición de las torres gemelas, que hundieron con su caída
tantos sueños de seres del mundo entero que buscaban, muchos, el
pan de cada día desde sus pueblos pobres y distantes. Es inevitable,
desde Jersey City, desde donde la visión de los fantásticos
edificios de Manhattan parece fantasmagórica, recordar ese día
aciago. Pero los gobiernos insisten en las guerras y son cruelmente ajenos
a la felicidad de sus pueblos y a una paz que alejan cada día entre
ciegas y nuevas agresiones.
Las aguas del Passaic no parecen
inquietarse por el fragor sembrado por el hombre moderno y su angustia
de ir corriendo tras de quién sabe si nada. Sus aguas pardas solo
son arrulladas por los patos y los gansos canadienses, como desde hace
tantos siglos; los mismos patos de cuello gris arco iris que acompañaban
a los indios americanos a las puestas del sol; a la bendición de
los otoños entre los rojos, ocres y dorados de los árboles
desnudantes entre danzas de la fertilidad, mientras estiraban sus patas
y sus bellos cuellos iridiscentes, desplegaban hacia el cielo sus inmensas
alas como ofrendándolas en un ritual de infinito y soñando
con unas tierras donde el sol insiste en vivir para siempre. Ahora los
patos y los gansos se preparan para el largo vuelo de invierno. Desnudos
entre sus plumas y el inmenso cielo frío volarán durante
días interminables, sin parar, hacia su destino y su paraíso
prometido de calor y tibieza que solo la fe de sus alas y su mudo pero
persistente corazón les depararán.
Igual que el corazón de esos
patos y esos gansos esta mi corazón, temblando de frío
sin el sol de tibieza de mi hogar, sin la luz de los ojos de la mujer amada
y el terciopelo de su voz en mi alma, sin los ojos llenos de esperanza
y ternura de mi pequeña. Pero el destino del hombre no solo son
alas migratorias sino decisión que enfrente los inviernos por un
destino juntos, por unos buenos días de felicidad, que si son posibles
sobre la tierra y bajo la luz del Creador. Porque el hombre fue trazado
con un fuego interno capaz de enfrentar los crudos inviernos para poder
bajar el calor a los suyos en las largas noches boreales, para, juntos,
trazar caminos de luz contando las estrellas.
Al igual que nuestra persistencia,
que hace caso omiso del anuncio del frío invierno en las hojas que
caen desde el otoño, así los gansos y patos canadienses retornarán
con una nueva primavera colgada de sus iridiscentes alas, habitantes del
cielo, ajenos a la loca y vertiginosa insania de las autopistas humanas,
heraldos de la vida que, cíclica, retorna y nunca cesa, a pesar
de los violentos, los traficantes de sueños y los que no recuerdan
que, como dijera Tolstoi en su historia frente a la codicia y voracidad
por tierras y posesiones, solo se necesitan dos metros de tierra de la
cabeza a los pies para enterrar a cualquiera.
20 de octubre de 2004