José Luis Hereyra Collante - rodelu.net
20 de Octubre de 2004
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Frente al otoño
José Luis Hereyra Collante
El Río Passaic parece soñoliento frente al profundo y frío cielo gris. Un frío polar nos paraliza las manos y nos quema el rostro, anunciándonos que se avecina uno de los más crudos inviernos en muchos años. Alrededor del río, un telar interminable de autopistas lo entreteje. Al fondo, a unos pocos  metros después del largo recorrido lo espera el Hudson para, sumados, entregarse a la bahía de Nueva York. Eterna casi, la mancha deslizante y rauda de autos pasa a su lado anónima y distante, y al fondo la cúpula del viejo Empire State sigue rasgando el cielo donde vuelve a reinar después de la desaparición de las torres gemelas, que hundieron con su caída tantos sueños de seres del mundo entero que buscaban, muchos, el pan de cada día desde sus pueblos pobres y distantes. Es inevitable, desde Jersey City, desde donde la visión de los fantásticos edificios de Manhattan parece fantasmagórica, recordar ese día aciago. Pero los gobiernos insisten en las guerras y son cruelmente ajenos a la felicidad de sus pueblos y a una paz que alejan cada día entre ciegas y nuevas agresiones. 

Las aguas del Passaic no parecen inquietarse por el fragor sembrado por el hombre moderno y su angustia de ir corriendo tras de quién sabe si nada. Sus aguas pardas solo son arrulladas por los patos y los gansos canadienses, como desde hace tantos siglos; los mismos patos de cuello gris arco iris que acompañaban a los indios americanos a las puestas del sol; a la bendición de los otoños entre los rojos, ocres y dorados de los árboles desnudantes entre danzas de la fertilidad, mientras estiraban sus patas y sus bellos cuellos iridiscentes, desplegaban hacia el cielo sus inmensas alas como ofrendándolas en un ritual de infinito y soñando con unas tierras donde el sol insiste en vivir para siempre. Ahora los patos y los gansos se preparan para el largo vuelo de invierno. Desnudos entre sus plumas y el inmenso cielo frío volarán durante días interminables, sin parar, hacia su destino y su paraíso prometido de calor y tibieza que solo la fe de sus alas y su mudo pero persistente corazón les depararán. 

Igual que el corazón de esos patos y esos gansos esta  mi corazón, temblando de frío sin el sol de tibieza de mi hogar, sin la luz de los ojos de la mujer amada y el terciopelo de su voz en mi alma, sin los ojos llenos de esperanza y ternura de mi pequeña. Pero el destino del hombre no solo son alas migratorias sino decisión que enfrente los inviernos por un destino juntos, por unos buenos días de felicidad, que si son posibles sobre la tierra y bajo la luz del Creador. Porque el hombre fue trazado con un fuego interno capaz de enfrentar los crudos inviernos para poder bajar el calor a los suyos en las largas noches boreales, para, juntos, trazar caminos de luz contando las estrellas. 

Al igual que nuestra persistencia, que hace caso omiso del anuncio del frío invierno en las hojas que caen desde el otoño, así los gansos y patos canadienses retornarán con una nueva primavera colgada de sus iridiscentes alas, habitantes del cielo, ajenos a la loca y vertiginosa insania de las autopistas humanas, heraldos de la vida que, cíclica, retorna y nunca cesa, a pesar de los violentos, los traficantes de sueños y los que no recuerdan que, como dijera Tolstoi en su historia frente a  la codicia y voracidad por tierras y posesiones, solo se necesitan dos metros de tierra de la cabeza a los pies para enterrar a cualquiera.

20 de octubre de 2004
 

José Luis Hereyra Collante
Escritor colombiano
jlhereyra@hotmail.com
 
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