| Página/12
de Argentina - 18 de Octubre de 2004
Una tragedia
argentina
Horacio
Verbitsky
En su columna
dominical, Mariano Grondona afirma que Susana Yofre de Vaca Narvaja no
podía aspirar a la indemnización legal que se paga a los
exiliados porque “no había sido detenida previamente ni su hijo
es desaparecido (fue indultado y hoy trabaja en Buenos Aires, al frente
de una gomería)”. El columnista afirma que “al extender las indemnizaciones
a los exiliados y sus familiares durante el régimen militar aunque
no hubiesen sido detenidos ni fuesen familiares de desaparecidos, se estima
que la Corte ha abierto la posibilidad de que entre 200.000 y 500.000 personas
que alegan haberse exiliado entre 1976 y 1983 puedan reclamarlas”. Esto
costaría al Estado “varios cientos de millones de pesos”. Además,
el fallo no sería ecuánime, porque “compensa monetariamente
a los familiares de uno de los terroristas más sangrientos de nuestra
historia”. Siempre reacio a permitir que los datos de la realidad le arruinen
un buen argumento ideológico, Grondona merece algunas precisiones.
Por empezar, la indemnización
no tiene nada que ver con Fernando Vaca Narvaja, sino con su padre, el
ex ministro de gobierno radical en Córdoba y ex ministro del Interior
en los últimos días previos al derrocamiento del Presidente
Arturo Frondizi, Miguel Hugo Vaca Narvaja, quien sí está
desaparecido.
La historia de la familia Yofre-Vaca
Narvaja es la de una tragedia argentina. A las dos y media de la madrugada
del 10 de marzo de 1976, doce hombres armados con ametralladoras y una
credencial de la Policía Federal allanaron la casa familiar, en
la que el matrimonio vivía con su hijo menor, de 16 años.
“Entran como una banda de forajidos. A mi marido, que estaba en pijama
lo maniataron a la espalda, lo dejaron en el living. A mi hijo y a mí
nos taparon la cara con ropa para evitar que los viéramos”, recuerda
Susana Yofre. “Estaban saqueando mi casa. En la cocina no dejaron un artefacto
eléctrico, nada. Del bolsillo del traje de mi marido quitaron dinero
que él había percibido como honorarios profesionales. Se
llevaron alhajas, ropas, grabadores, cuadros, todo lo que tenían
a su alcance. Tuve una crisis de nervios, y comencé a gritar.” Amenazaron
a la mujer y al niño, envolvieron al hombre en un cubrecamas, lo
arrojaron al baúl de uno de los autos, quitaron el distribuidor
del coche de la familia para que nadie pudiera seguirlos y huyeron para
siempre hacia la nada.
El primogénito del matrimonio,
Miguel Hugo Vaca Narvaja (h.), había sido detenido a fines de 1975
en uno de los juzgados federales de Córdoba, donde ejercía
la defensa de presos políticos, y puesto a disposición del
Poder Ejecutivo, sin causa penal en su contra. Cuando faltaban pocas horas
para el golpe de Estado, Susana Yofre lo visitó por última
vez en la Unidad Penitenciaria 1: “Me pidió que tratara de sacar
a toda la familia porque, me dijo, la persecución política
iba a ser implacable contra nosotros”. La recomendación del hijo
salvó a la familia, que ese mismo día se asiló en
la embajada de México, pero no hubo piedad para él. El 2
de abril de 1976, mientras José Alfredo Martínez de Hoz anunciaba
por televisión su programa económico, Susana Yofre de Vaca
Narvaja y 26 miembros de su familia, entre ellos una docena de niños,
llegaron en una caravana de cinco autos al Aeropuerto, acompañados
por un funcionario del gobierno mexicano en cada uno.
El caso es paradigmático,
porque la propia perversión del sistema aplicado, la pretensión
ejemplarizadora de la barbarie, permitieron su esclarecimiento. Eduardo
Alfredo De Breuil, su único sobreviviente, contó el operativo
a la Justicia. Junto con su hermano Gustavo Adolfo De Breuil, Higinio Arnaldo
Toranzo y Vaca Narvaja (h.), fueron retirados de la UP 1, el 12 de agosto
de 1976 por personal militar. El servicio penitenciario se negó
a entregarlos sin un recibo, pese a que la orden tenía la firma
y el sello del jefe de la Brigada, general Juan Bautista Sasiaiñ.
Por eso, el teniente coronel Osvaldo César Quiroga debió
dejar constancia de puño y letra del retiro de los detenidos. Luego
de un trecho, los hicieron bajar de la camioneta en que los trasladaron.
De Breuil oyó decir a una voz: “Preparen las armas”. Luego preguntó
si todos estaban listos. Cuando recibió la respuesta afirmativa,
ordenó abrir el fuego. De Breuil escuchó los disparos y sonidos
guturales, de alguien que no podía gritar por la mordaza que tapaba
su boca.
–Este es un trabajo de mierda, dijo
uno de los fusiladores.
–Aguántenselas que así
es la guerra, contestó el jefe.
Quiroga le quitó la venda
y la mordaza a De Breuil, lo condujo hacia el cuerpo caído de Vaca
Narvaja, que tenía un orificio de bala en la ceja derecha. A pocos
pasos estaba Toranzo, y más allá su hermano. Se produjo entonces
este diálogo, entre el oficial y De Breuil:
–¿Sabés por qué
los matamos?
–No.
–Porque ustedes mataron a un cabo.
–Yo no estoy de acuerdo con que
se mate a nadie.
–Ya es tarde. Ahora al volver a
la cárcel, les contás a los otros todo lo que viste.
–¿Al personal penitenciario
también?
–Sí. A todos. Que sepan que
si siguen matando militares a todos les va a pasar lo mismo. Y vos sos
el primero de la lista. Hoy te salvaste raspando.
Quien coincide con Grondona en favor
de las leyes de impunidad para esos crímenes es Fernando Vaca Narvaja.
En 1989 hizo explícito ese apoyo, en reuniones con Carlos Menem
y el entonces Nuncio Apostólico Ubaldo Calabresi, con quienes el
vicepresidente ejecutivo de Montoneros S.A. platicó sobre la reconciliación.
Cinco de sus diez hermanos, Cecilia, Isabel, Gustavo, Agustín y
Gonzalo Vaca Narvaja, le contestaron. El sobrio texto de su declaración
pública decía: “Miguel Hugo Vaca Narvaja, detenido-desaparecido
el 10 de marzo de 1976. Repudiamos las leyes de punto final, obediencia
debida y el indulto, porque impiden la verdad y la justicia”. |
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