Buenos Aires,
17 de octubre. El Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires
otorgó el título de Doctor Honoris Causa al Premio
Nobel de la Paz (1980) Adolfo Pérez Esquivel, por su larga lucha
en favor de la paz en el mundo, los derechos humanos, sus actividades artísticas
y el ejercicio de la docencia, entre otros conceptos.
En la resolución se mencionan
además del Nobel de la Paz, otros reconocimientos como el Memorial
Juan XXIII de la Paz, que le otorgó Pax Cristi Internacional cuando
estaba detenido durante la dictadura militar (1976-1983) y también
los títulos
Honoris Causa conferidos por universidades de
Estados Unidos, Brasil, Bolivia y otros países.
Arquitecto, docente, artista plástico,
un hombre profundamente solidario que junto a su familia sufrió
persecuciones y ayudó a salvar muchas vidas con la creación
de instituciones humanitarias en los momentos más duros de la represión,
Pérez Esquivel conmemoró en estos días los 30 años
de la Fundación del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) de Argentina,
cuya titularidad ejerce.
"Hemos conmemorado un hecho que está
ligado a la solidaridad, al amor y la dignidad humana en momentos en que
vemos los horrores de guerras e invasiones contra países y los que
se cometen contra los pueblos sin defensa. Nosotros seguimos luchando por
la paz y creyendo que la humanidad siempre encontrará caminos para
resistir al horror, como se ha demostrado en el rechazo de multitudes en
el mundo contra la invasión brutal de Estados Unidos a Irak y la
tragedia a la que está sometiendo ese pueblo que resiste a una ocupación
inmoral", dijo Pérez Esquivel en entrevista con La Jornada.
"Estamos viendo abiertamentre lo
que es capaz de hacer el imperio cuando acelera el proyecto de dominación
hegemónica, con un presidente como George W. Bush, cuyo gobierno
está violando todos los derechos humanos en el mundo. Además
hizo tabla rasa con Naciones Unidas, con la legalidad internacional y nacional,
rechaza los acuerdos del Tribunal Penal Internacional (TPI) y otros. Es
una dictadura mundial, totalitaria y perversa, un gobierno imperial que
acabó también con las libertades públicas en su país
y montó un esquema de desinformación que nada tiene que envidiar
a lo tramado por el hitlerismo en la Alemania nazi".
Rememora los días en que comenzó
esa historia de solidaridad, que "nunca ha terminado, porque además
existe ahora el genocidio del hambre y varios frentes de resistencia como
el que trabaja ahora contra la propuesta del Area de Libre Comercio para
las Américas (ALCA) impulsada por Estados Unidos, o los planes Colombia,
Andina, Puebla Panamá y tantos otros, que responden al proyecto
geoestratégico de militarización regional que lleva adelante
Washington".
La preguntamos en qué momento
de su vida comenzó la actividad que lo llevaría luego a recibir
el Premio Nobel de la Paz.
El servicio social, desde joven
"Siempre el tema humanitario fue
parte de mi vida desde joven, pero en la década de los años
60 en América Latina se daban hechos significativos como la Revolución
Cubana, la emergencia de los movimientos cristianos, Vaticano II, la reunión
de obispos latinoamericanos en Medellín, Colombia, el surgimiento
de la Teología de la Liberación y un proceso de cambio y
compromiso de la Iglesia junto a los pueblos. En México trabajamos
junto a los obispos Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz y tantas figuras
maravillosas por su integridad, su coherencia, sus valores humanos... Era
una América con una extraordinaria dinámica de lucha y resistencia
que intentaba acabar con los procesos dictatoriales, las injusticias y
la dependencia y ese era el contexto en que nació el Serpaj".
En 1974 trabajaban activamente en
ayuda de los refugiados de Chile, Brasil, Paraguay, que hubo que sacar
del país ante el surgimiento de los escuadrones de la muerte
de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). "Para sacar a los refugiados
nuestros mejores aliados fueron contrabandistas porque pasábamos
la gente hacia Uruguay por lanchas, y luego los llevábamos a Brasil,
con ayudas clandestinas y allí los refugiaba el Arzobispado de Sao
Paulo, que había fundado la institución Clamor. En 1975,
después de la muerte de Juan Domingo Perón (1974) con la
asunción de su esposa Isabel Martínez, ya se perfilaba todo
lo que iba a venir. Entonces se formaron grupos de amigos que nos reuníamos
para tratar de encontrar un camino y queríamos reactivar Justicia
y Paz del episcopado y no lo logramos. Organizamos el movimiento ecuménico,
dónde había católicos, protestantes y otros".
Ese fue el origen del Serpaj, cuando
en sus comienzos, con su hijo Leonardo y algunos sacerdotes, pastores y
cristianos formaron el Servicio de Paz y Justicia, que funcionó
en un pequeño departamento en el centro de Buenos Aires. Relata
luego el salto hacia la dictadura impuesta después del golpe militar
del 24 de marzo de 1976, cuando poco tiempo después fue detenido
junto a su hijo Leonardo en las oficinas del Serpaj y los militares se
llevaron los archivos. "La protesta internacional funcionó y viajé
afuera. Estando yo en Austria en 1976, el gobierno de ese país ordenó
al embajador austriaco proteger a mis hijos, (tres varones) en Argentina,
los que fueron llevados inmediatamente a la embajada.
"En ese mismo tiempo fuimos a la
reunión de Obispos en Riobamba, Ecuador, donde nos reprimieron violentamente
y nos expulsaron a la frontera de Colombia, aunque regresamos clandestinamente
y una acción internacional hizo posible que salieramos de allí
con mi esposa y mis hijos", señala Pérez Esquivel, quien
estuvo también detenido en Paraguay y brevemente en la policía
política de la dictadura brasileña (DOP), donde conoció
los laberintos de la Operación Cóndor.
En septiembre de 1976 regresó
a Argentina. "El 4 de abril de 1977 me detienen, me llevan a Coordinación
(Policía Federal), donde me metieron 32 días en los llamados
tubos, calabozos cerrados muy pequeños. Por ese infierno vi pasar
a muchos amigos y viví el dolor de aquellos que partían para
no volver nunca más. El 5 de mayo me sacaron de madrugada y me llevan
esposado en un coche policial hacia un aeropuerto en los suburbios de la
capital". Un oficial y dos subalternos lo montan en un avión pequeño
de la policía de la Provincia de Buenos Aires, lo sientan atrás
encadenado y comienzan a sobrevolar el Río de la Plata durante 2
horas. "Iban y venían hasta la costa de Montevideo. Todo el tiempo
preguntaba ¿a dónde me llevan? ¿Me van a tirar como
a otros? Ellos guardaban silencio. Yo ya sabía que tiraban a la
gente al río. Recuerdo que era un amanecer muy frío y claro
y repasé en segundos toda mi vida. Pensé que el 7 de mayo
cumplía años mi hijo y me decía no voy a poder estar
con él esta vez. De repente hubo un cambio de planes y regresamos
hacia una base militar de Morón. El avión descendió
y me dejaron encadenado en mi asiento durante dos horas. Finalmente un
oficial me anuncia que me llevan a la unidad 9 de La Plata (U-9 una cárcel
temible). Yo nunca pensé que me iba a poner contento de que me llevaran
a esa prisión. Pero esa vez sí".
El terror que no se olvida
Pérez Esquivel sufrió
torturas físicas y sicológicas, pero recuerda que lo más
terrible de su cautiverio en la U-9 fue escuchar cómo torturaban
a los otros detenidos. "Se oían gritos de terror que nunca podré
olvidar... Estuve 14 meses ahí. Dos días antes del Mundial
de Futbol (1978), apareció ante mí un personaje temible,
el agente de Inteligencia Raúl Guglialminetti, al que decían
Guastavino y que tiene una historia siniestra. Me llevó al
Primer Cuerpo del Ejército en Buenos Aires en un viaje que fue también
siniestro. Desde allí después de unas horas me anuncia amenazante
que me darán libertad vigilada. Me lleva él mismo a mi casa
y me dejan bajo vigilancia del ejército y la policía en forma
constante. La movilización internacional había logrado su
efecto, pero nuestra vida cotidiana era dramática".
Fue propuesto para el Premio Nobel
por dos mujeres de Irlanda del Norte que lo habían recibido antes:
Mairead Corrigham y Betty Williams.
"La dictadura nunca pensó
que me iban a proponer para el Premio Nobel. Yo seguía haciendo
mi trabajo pero con un perfil bajo y dos días antes de enterarme
de que me lo darían intentaron asesinarme cuando iba con mi hijo
Leonardo por una calle histórica del centro de Buenos Aires. Vimos
de repente cómo avanzaban por los costados varios hombres con pistolas.
Leonardo aceleró y en ese momento se metió un taxi que, al
interponerse, nos dio la posibilidad de sacar ventaja, y los dejamos atrás.
El 13 de octubre de 1980 me avisó mi esposa que me llamaban de la
embajada de Noruega urgente y yo pensé que me iban a pedir algún
informe de la situación.
"Creí que iba a una reunión
con el embajador y me dejaron allí un rato hablando de varios temas,
pero en realidad después supe que me estaban entreteniendo para
que estuviera a la hora justa en que se anunciara el Premio Nobel. Yo verdaderamente
quedé sorprendido porque no tenía idea de que me lo iban
a dar. Entonces les dije que aceptaba si podía asumir en nombre
del pueblo de América Latina, de los pobres y de la dignidad humana,
ya que lo mío no era un trabajo aislado y con nosotros había
participado tanta gente que no se conocería nunca, indígenas,
campesinos, estudiantes".