Ahora
Chiapas "está peor que antes del primero de enero de 1994" rezan
los sabios de la oficialidad federal y estatal. ¡Cómo no!
¿Acaso el EZLN no había profetizado el desastre del campo
aquel día del arranque operativo del TLC? ¿No es el saldo
previsible del incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, o de
aquél de la Ley del 11 de marzo de 1995 sobre el diálogo,
al obstinarse el gobierno a perpetuar los medios militares en vez de buscar
una salida política que iría a las causas del conflicto?
Nunca antes hubo tantas parcelas
sin sembrar y tantos migrantes a Estados Unidos por desesperación,
tanta fraccionalización de las organizaciones con todo y "reconciliación",
tanta división en las comunidades polarizadas por una meticulosa
guerra sicológica, ni tanto abandono del Estado por delegar tácitamente
sus funciones al ejército, y renunciar a desmantelar a paramilitares.
¿Desde cuándo una guerra mejora las cosas?
Y, sin embargo, existe otra evidencia
contraria: la práctica zapatista de una resistencia pertinaz, creativa,
por la reflexión que genera la rebeldía (la lucha también
es productiva de conocimiento), va revirtiendo la tendencia. Los zapatistas
y no zapatistas de las comunidades que están dentro de la órbita
de los Caracoles y su gestión, ya viven mejor que antes del primero
de enero. Están más atendidos que en los años anteriores
a 1994, más animados porque ven una salida concreta del túnel,
y, aun con una innegable (pero digna) austeridad, cosechan ya los primeros
beneficios de opciones promisorias.
Una sociedad y un gobierno zapatistas,
no un Estado zapatista
Los recientes informes de las JBG
o Juntas de Buen Gobierno (y sus reportes cifrados, consultables por los
carteles públicos en el auditorio de los Caracoles y en cada local
de los consejos municipales autónomos), o el reportaje de Gloria
Muñoz (suplemento dominical del 20 aniversario de La Jornada)
son mucho más que el reflejo de un gobierno rebelde, son el espejo
de la nueva sociedad que alumbra, y va construyendo la práctica
zapatista. Sin esta contextualización, se arriesga errores de interpretación
sobre el proyecto político zapatista promulgado el 9 de agosto de
2003 en Oventic.
Lo primero es que se trata de la
expresión de un gobierno no ejercido por una clase política.
Las JBG son rotativas y agarran desprevenido a cada nuevo gobernante: "todos
fuimos gobiernos" reza la sexta parte del "video" que las presenta. Esta
opción procura una constante reinyección y promoción
de las bases, sin privilegiados ni profesionales del poder. En todas sus
instancias (CG del EZLN encargada de insurgentes y milicianos, comandancias
que recogen y dan forma a las grandes opciones políticas del zapatismo,
JBG y consejos autónomos más cercanos a las bases de apoyo),
estamos en presencia de otro
gobierno, aquél que surge del
mandar obedeciendo, uno sin afán de poder (de mandar, reprimir y
vencer), bien distinto de la teoría del Estado modelado por las
ciencias políticas. Los zapatistas no han tomado el poder, tan sólo
han construido niveles y ámbitos de gobierno alternativo en el que
la rebeldía de las bases "tiene, en todo tiempo, el inalienable
derecho de alterar o modificar la forma de su Gobierno" (artículo
39 constitucional); el único en tener poder y soberanía sigue
siendo "el pueblo" (misma referencia). En las innovaciones organizativas
del EZLN no hay ningún capricho sino sólo la señal
de una radicalización progresiva de la aplicación reflexionada
de textos fundadores, como por ejemplo, la Constitución (en su versión
original) y los Acuerdos de San Andrés.
Y lo otro es que testimonia una práctica
social que refleja una sociedad campesina, también otra, alternativa,
no "cerrada" ni "corporativa" según la clásica y caduca definición
de los antropólogos, sino abierta a todos los mundos. Es innegablemente
campesina pero está atravesada a diario por vientos y gentes de
todo el país (la mayoría llega del campo, del México
rural) y de varios continentes. Si bien su gobierno es zapatista, está
para todos cuantos viven dentro del territorio del Caracol y lo respetan,
sean o no zapatistas, desde la JBG y consejos autónomos, desde sus
clínicas, sus sistemas internos normativos (por ejemplo me encontré
con polleros presos sin cárcel, en rehabilitación
con trabajo comunitario), o desde sus buenos oficios ya señalados
en recientes comunicados. Su apertura universalista no lo exime de fomentar
las solidaridades pueblerinas cuyos mundos, aun distantes del zapatismo,
caben también dentro de su propio mundo no tan local. El
sótano de la economía capitalina
No han faltado teóricos aliados
del EZLN que han confesado su reticencia y decepción ante un proyecto
tan humilde, hasta tan simple, que ven como muy lejos de la meta "contra
el neoliberalismo, por la humanidad". Quienes compartimos nuestro tiempo
entre los libros y el campo estamos más tranquilos que ellos.
El primero en detectar e identificar
el sistema-mundo de nuestra economía fue Fernando Braudel (quien,
después, inspiró a otra voz mayor, la del comprometido Immanuel
Wallerstein). El primero, el patriarca de la historia nueva, en los tres
voluminosos tomos de su historia del capitalismo --el cual hace remontar
al siglo XV--, se queja más de una vez de que a los historiadores
no les importa el comer, la atención de la parcela, las futilidades
de la vida cotidiana, que, sin embargo, tejen la historia verdadera, la
vivida.
En el completo edificio del sistema-mundo,
Braudel distingue varios pisos, desde su lejana génesis hasta nuestros
días. El techo que lo cobija es el Estado que, en sus inicios, no
es sino un modesto tapanco. Abajo de él, los principales responsables
ocupan el piso superior, aquél de los negocios, luego y pronto el
de los bancos, y de todos los cazadores de capital. Pero existe en la base
el piso bajo, al nivel de la calle del suburbio o de la vereda del campo,
habitado por víctimas que también son actores porque, desde
y con ellos, se ha ido gestando el sistema que nos aqueja. Es el universo
del campesino, de sus parcelas de cultivo, de sus migraciones, de la lucha
por la vida, de los niños de la calle (ya desde el siglo XVIII),
del encuentro con policías y soldados de todas las banderas tan
retratado
por los maestros de la pintura flamenca, el pequeño mundo de la
cárcel, del patio o del taller del artesano, de la mesa cotidiana
con sus frustraciones, de casas sin muebles y sin bienes.
Braudel le dedica un tomo entero
que intitula "las estructuras de lo cotidiano"; es el escenario de "la
civilización material", su rez-de-chaussée a ras del
suelo, omnipresente en la base del edificio del sistema-mundo, siempre
cruzado en persona por los agentes del capitalismo, o sus intermediarios
y sus viles manos largas o caciquiles, un lugar estratégico, pues,
y hasta cognitivo, pero olvidado por los historiadores (y tantos otros):
el de los de abajo, allí donde
todo
se gesta ¡hasta
el capitalismo! En una comida compartida con Wallerstein, le pregunté:
"¿Y por qué tanto interés suyo por el zapatismo?"
Me contestó: "Todo lo nuevo que va a durar así empieza, así
empezó el capitalismo". ¿Por qué no sería también
desde allí, desde las opciones antisistémicas a ras del suelo
del ezln, que empezará su fin, ya a la vista según el mismo
Wallerstein?
En la fase en que están los
zapatistas, la meta es la instauración de los Caracoles.
Una nueva sociedad
Este octubre de 2004 es otro aniversario,
el 30avo de la celebración del Congreso Indígena de 1974.
Lo menciono porque, cuando me presenté por primera vez a una JBG,
uno de sus miembros me reconoció, identificándome enseguida
porque me asociaba a ese evento. En aquel entonces, las "estructuras de
lo cotidiano" que se escogieron para estudiarlas y transformarlas se desplegaron
en cuatro ejes: la tierra, el comercio, la salud y la educación.
Estos cuatro ejes siguen siendo las
prioridades que movilizan la gestión de las JBG. La tierra es todo
un mundo, que va desde la madre que cobija a mis muertos hasta el suelo
que se cultiva o es robado por la finca, de la semilla hoy agredida por
patentes y transgénicos hasta los recursos naturales. El comercio
es la piratería mercantil de los coyotes del campo y de los negocios
transnacionales que también piratean la agroalimentación.
La salud, afectada por las enfermedades curables que matan. La educación,
deseducada por el sometimiento de la escuela convencional y su aparato
de desciudadanizacióon, desenfocado de las problemáticas
locales y regionales vividas por el alumnado y sus familias.
El primer eje se sintetiza en torno
a la agroecología
es decir una vía campesina (no una
agricultura industrial), liberada de la dependencia y de la contaminación
de los agroquímicos. Un bello mural de Oventic que se puede disfrutar
desde la carretera (en donde, en enero de 1996 cuando la fundación
del entonces Aguascalientes II, mujeres y niños zapatistas corrieron
las tanquetas del ejército como ganado) despliega el esplendor de
la diversidad varietal del maíz chiapaneco.
Un ejemplo más: en otro Caracol
más lejano, la JBG comisionó a uno de sus miembros para acompañarme
porque quiso agilizar la coordinación y los contactos de un proyecto
recién aprobado. La mala brecha pasaba ante un banco de arena trabajado.
Pregunto: "Y estos dos trascabos ¿qué hacen?". Me explica
que son de una dependencia gubernamental porque a ella le toca el mantenimiento
de este tramo, y al Caracol otro tramo (sin los trascabos del gobierno).
"Pero, el banco ¿de quién es?". "De nosotros" respondió
con orgullo. Insisto, pensando en el proyecto que motivaba nuestras andanzas:
"¿Y cuánto cobran?". Casi se ofuscó el JBG: "¡Entre
zapatistas la naturaleza no se vende!" La agroecología gestiona
racionalmente los recursos naturales, vigila que la cantera no sea un desastre
ecológico como aquél de los bancos de arena que desfiguran
el entorno de San Cristóbal y le quitan su agua; no se hace negocio
con una riqueza que es de todos.
El segundo eje es el comercio
alternativo. Canaliza el trabajo de las artesanas tejedoras, las botas
de los zapateros zapatistas, crea redes comerciales para el café
y la miel. Como son cultivos orgánicos, cobran un valor agregado
que amplía la oferta; como prescinde de los coyotes rurales o industriales,
exportándose directamente a Suiza, Francia, Alemania, Bélgica,
Canadá y Estados Unidos, en un intercambio más justo entre
clientes y cafetaleros, los gastos de intermediación casi no existen
(por el voluntariado internacional de los asesores comerciales de la cooperativa),
lo que aumenta notablemente la retribución del productor.
Este piso bajo de la estructura de
base del productor es estratégico porque esta "civilización
material" brinca ya el segundo nivel del negocio --nacional e internacional--
del edificio económico mediante sus redes. Los traileres que surcan
los caminos de las cooperativas zapatistas enseñan que el intermediarismo
escandaloso va transitando hacia un mercado de intercambio equitativo,
cuyo resultado es ya una mejoría del nivel de vida del productor
de abajo.
La salud empieza por lo primero:
la prevención de enfermedades, no sólo por campañas
de vacunación (a veces aleatorias por la vulnerabilidad del biólogo
a la incomunicación de las comunidades) sino también por
la higiene del hogar y de los alimentos, y por la formación de equipos
de salud comunitaria, sin lo cual la curación sería irremediablemeente
repetitiva. Y no olvida lo último, que es la rehabilitación
del enfermo. Además, es alternativa porque no desperdicia los recursos
tradicionales de "la medicina de hierbas" (racionalizada en laboratorios)
y su cálido entorno sico-social-somático que asocia a la
familia del enfermo y genera una nueva relación entre el médico
o sus auxiliares y los pacientes.
En un nicho discreto de la selva,
existe un pulcrísimo edificio de colores alegres, con amplios corredores
y patios entre recámaras y consultorios; en su quirófano
operaron las mejores y más diestras manos de Chiapas y personalidades
médicas nacionales y extranjeras. Tiene espacios para hospedar y
alimentar a familias de pacientes, y otros para el estudio, talleres, reuniones.
Semeja más un centro anfitrión comunitario que un hospital.
Los pacientes no llegan cohibidos sino como si fuera un hogar donde saben
que la atención será cálida. La dirección no
es médica sino campesina, coordina mantenimiento, cocina, laboratorios,
atención a enfermos y también a doctores (todo de paso),
campañas de vacunación y la esencial relación con
las comunidades de su amplia área. Allí, en cuanto apenas
aclara el día, es como una colmena activa, se amanece con el escandaloso
bullicio de los pájaros de la selva pero también con el canto
tarareado del personal. Al manifestar mi extrañamiento por tanta
alegría, me contestaron con toda naturalidad: "Por supuesto, la
salud es vida" y se celebra a diario.
El último eje sin ser menor
es la educación.
Su tarea no es distribuir el saber sino
aprender a saber, comprender, enfrentar los problemas, identificarlos y
aprender a resolverlos aun si se presentan de improviso. También
es un aprendizaje, desde el aula de la democracia (artículo 3, inciso
II, letra a de la Constitución) y de la autonomía,
no con recetas sino viviéndolas. El clima educativo es tan central
como su contenido.
Conozco a promotores de una escuela
secundaria que, tres años antes no sabían hablar español
y por tanto no leían. Ahora algunos son ratones de biblioteca, el
cuento tsotsil de otro ya fue premiado por una instancia académica
evidentemente no zapatista. Quisieron celebrar el tercer aniversario de
su nueva chamba de voluntarios de la educación. Se hizo la oscuridad
en el salón, se prendió velas, se oyó en sordina el
canto chamula del Bolonchón (la serpiente-jaguar en tsotsil) y la
lectura, por su autor, de varios poemas en los que todos se identificaban.
Luego, otro promotor agarró su guitarra y le ofreció un recital
de su composición. Sin concluir todavía su primer ciclo de
tres años, esta escuela zapatista había parido ya a un cuentista,
un poeta y un cantautor.
Los Caracoles construyen con
zapatistas y no zapatistas una sociedad campesina alternativa, siembran
cariño a su tierra, producen, van venciendo poco a poco la enfermedad
endémica del campo, y generan conocimiento y arte desde abajo. En
ellos nada se hace sin pensamiento. De ellos no sale enriquecimiento pero
sí una deslumbrante dignidad, se restaura lo humano magullado por
el neoliberalismo. Quien se atreve a decir que Chiapas hoy es peor que
en 1994 nunca ha pisado suelo comunitario, ni ha visto brotar sus reflexionadas
y atinadas alternativas. No sólo le va mejor, ya es otro.