Aznar
hizo del aislamiento de Castro uno de los ejes de su política exterior,
coherente con la política de acercamiento al Gobierno norteamericano,
y a su estrategia de bloqueo, animada, entre otros, por el exilio cubano
y su fuerza electoral en Florida. Pero tienen sentido las razones de quienes
dicen que el bloqueo puede que beneficie más a Castro que a sus
adversarios; que perjudica a los cubanos y da argumentos, falaces aunque
argumentos, al castrismo. Los gobiernos socialistas españoles (Felipe
González) y también la Unión Europea son críticos
con el castrismo (González lo es con especial énfasis por
conocimiento del personaje) pero proponen otra estrategia. Aznar no se
recató frente a Castro hasta construir una profunda antipatía
y ahora promueve denuncias decididas contra ese régimen. Está
en su derecho de hacerlo, especialmente desde su plataforma actual, sobre
todo porque el castrismo es despreciable.
Pero caben muchos matices en política
exterior. La posición de España en Cuba es relevante desde
hace décadas y colocar al Estado en una confrontación diplomática
permanente puede que no sea ni eficaz, ni inteligente. La posición
frente a Castro tiene efectos secundarios en el resto de la política
exterior latinoamericana, que en estos momentos debe ser preferente para
el Gobierno español por los intereses que comporta.
El Gobierno Zapatero está
rectificando la estrategia exterior del Gobierno anterior también
en el caso cubano. Algunos dirán que tiende al apaciguamiento y
otros al realismo y al pragmatismo. Los populares han decidido poner cerco
a ese giro, con un apoyo cerrado a los disidentes y con gestos activos
de desafío a Castro. El viaje de Moragas iba en ese sentido y ha
tenido éxito. Los cubanos le han otorgado todo el protagonismo con
la negativa a entrar y con una detención durante unas horas en el
aeropuerto de La Habana para luego devolverle al avión a la fuerza.
Y el Gobierno Zapatero no puede pasar página, tiene que protestar
y enfriar su estrategia de relación con La Habana.
Puede que sea inevitable utilizar
la política exterior como arma de confrontación para hacer
política interior, pero puede que no sea el mejor camino. Los dos
últimos lances del PP con respecto a las actitudes del embajador
norteamericano en Madrid y con el viaje de Moragas reciben aplauso y jaleo
de una parte de su parroquia, pero quizá no es la mejor tarjeta
de visita para ensanchar la base electoral. Apoyando a Argyros, ese señor
que tras más de tres años en Madrid como embajador de su
país (uno de los primeros del mundo por comunidad hispánica)
aún no chapurrea el español, no se gana posición interna.
Y con respecto a Cuba, la posición oficial requiere una buena mezcla
de habilidad y firmeza. Zapatero no ha tenido aún ocasión
de confrontarse con Castro, tendrá que hacerlo, y lo que haga será
analizado con detalle. Pero para el PP hacer del anticastrismo señal
de identidad frente a los socialistas puede traer más inconvenientes
que ventajas.
FG.urbaneja@terra.es