Por detrás
de la voz pausada y el gesto sereno pero firme queda flotando una cierta
incongruencia. ¿A qué pasado se refiere el ministro? ¿Al
pasado que el presidente Jorge Batlle ordenó esconder al prohibirle
a su asesor Carlos Ramela que declare ante el juez penal lo que el gobierno
sabe sobre la desaparición de la maestra Elena Quinteros? ¿O
se refería al pasado que el ex presidente Julio María Sanguinetti
viene escondiendo desde hace 30 años?
¿Dónde está
el truco? ¿Qué criterio convalida que durante 20 años
se cuestionen los ojos en la nuca y de repente se haga impostergable un
revisionismo? ¿Qué norma determina que ciertas muertes sean
asesinatos y otras simplemente excesos? ¿Por qué hablar de
ciertas violaciones a los derechos humanos es un deber patriótico
y hablar de otras es fomentar el caos institucional? ¿Quién
es el dueño de la memoria? El ex presidente Sanguinetti, le guste
o no le guste, tiene una marcada condescendencia por algunas muertes. Su
memoria, en materia de derechos humanos, es muy selectiva.
En marzo de 1972, siendo ministro
de Educación en el gobierno de Juan María Bordaberry, Sanguinetti
recibió de manos del entonces senador Juan Pablo Terra las pruebas
incontrovertibles sobre la identidad de los miembros del escuadrón
de la muerte, cuyo accionar había cobrado por entonces cuatro víctimas,
inaugurando, además, la práctica de la desaparición
forzada. Sanguinetti le dijo al dirigente demócrata cristiano, sin
comprometerse, que "vería lo que se puede hacer". Y lo que hizo
fue alertar a los miembros identificados del escuadrón, algunos
de los cuales abandonaron el país y otros fueron designados en misiones
en el exterior. Años después, siendo presidente, Sanguinetti
se topó con las reclamaciones judiciales de algunas de aquellas
víctimas iniciales del terrorismo de Estado. La desaparición
del estudiante Abel Ayala fue incorporada, por decreto del presidente Sanguinetti,
en la ley de caducidad. La redacción del decreto es elocuente: se
afirma que no existen elementos como para considerar a Ayala una víctima
de la represión policial o militar, pero por las dudas, para el
caso de que surjan tales elementos, extiende la ley de caducidad al expediente
y ordena archivarlo, con lo que incluye las acciones clandestinas del escuadrón
como actos de servicio ordenados por los mandos.
En este asunto el presidente Sanguinetti
fue coherente con el ministro Sanguinetti. Y en materia de impunidad el
líder del Foro Batllista ha mantenido una coherencia sin fisuras.
Como denuncia ahora el general Óscar Pereira, el desacato militar
a las citaciones judiciales de mediados de 1986 fue instigado por el presidente
Sanguinetti. Ya desde el comienzo mismo de su mandato, en 1985, Sanguinetti
había intervenido dos veces por lo menos para esconder el pasado
y amparar a los violadores de los derechos humanos. Había ordenado
a sus ministros de Defensa y del Interior que negaran al Parlamento cualquier
información que permitiera a las comisiones investigadoras avanzar
en el esclarecimiento de las desapariciones forzadas y de los asesinatos
de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz; esa falta de
cooperación del gobierno con el Parlamento fue consignada en los
informes finales como la razón fundamental del fracaso de las investigaciones
sobre la participación de militares uruguayos en la represión
en Argentina. Había, también, intervenido decisivamente para
abortar una solución política a la cuestión de los
derechos humanos mediante el acotamiento de los casos a investigar y castigar,
reduciéndolos a los crímenes más aberrantes, una solución
que apoyaban todos los partidos políticos e incluso su ministra
de Cultura Adela Reta.
Su actual sensibilidad en materia
de crímenes contrasta con el empeño, el esfuerzo y la dedicación
invertidos en evitar que prosperara la investigación de los asesinatos
de Michelini y Gutiérrez Ruiz, al punto que permitió que
la cancillería escondiera durante un año y medio el pedido
de extradición de cuatro militares uruguayos solicitado por un juez
argentino. Ese mismo empeño invirtió Sanguinetti en obstaculizar
las gestiones del senador Rafael Michelini, que en 1987 se proponía
obtener un cierto respaldo militar a un proyecto de comisión de
la verdad. El inicial apoyo de Sanguinetti quedó desmentido cuando
operó entre los generales en actividad impulsando una orden de servicio
del entonces comandante Raúl Mermot, en la que se ratificaba una
oposición a cualquier revisionismo. Para camuflar su decisión
de apuntalar la impunidad, Sanguinetti redactó un proyecto de ley
creando una comisión de la verdad. Pero cuando el senador Michelini
le sugirió que firmara un decreto en lugar de impulsar una ley que
quedaría enterrada en alguna comisión, Sanguinetti se negó
rotundamente. En una tormentosa discusión a la que asistió
el secretario de la Presidencia Elías Bluth, Sanguinetti desnudó
su pensamiento al afirmar que los responsables de las desapariciones de
niños eran sus propios padres, que los abandonaban al asumir la
militancia que los enfrentaba a la prisión y a la muerte.
Esa tesitura, que el presidente Sanguinetti
nunca se permitió exponer en público porque lo identificaría
con los apropiadores de niños (que sostienen el mismo argumento),
estaba preanunciando la actitud de ocultamiento que asumió cuando
el poeta argentino Juan Gelman le reclamó una investigación
para ubicar en Uruguay a su nieta secuestrada y desaparecida. Sanguinetti
afirmó, en octubre de 1999, que la nieta de Gelman no estaba en
Uruguay y que en nuestro país nunca hubo secuestros de niños.
Muy poco después Gelman comprobó que su nieta estaba en Uruguay,
que había nacido en el Hospital Militar y que dos militares, uno
de ellos antiguo secretario del senador forista Pablo Millor, habían
robado a la niña y la habían entregado a un alto funcionario
policial, que el presidente Sanguinetti había nombrado como jefe
de Policía de San José.
Quizás todo el esfuerzo de
Sanguinetti por ocultar el pasado tenga como propósito prevenirse
de lo que le depara el futuro si, como se piensa, aflora la verdad que
hasta ahora se ha empeñado en ocultar.