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18 de Octubre de 2004
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Coletillas al Margen

Si pudiéramos elegir: ni Bush ni Kerry

Carlos Angulo Rivas
Las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos es una contienda política que concierne a la humanidad en su conjunto y no sólo a los ciudadanos norteamericanos. Más todavía si Washington aspira a continuar la política unilateral, de enseñar los dientes, fieros y arrogantes, del poder, en la comunidad internacional. Así de simple, porque la paz mundial se conecta con la actuación, mala o buena, de esta superpotencia hegemónica del planeta en que nos ha tocado vivir. En esta dirección, si los ciudadanos del mundo occidental y cristiano, para no inclinar la balanza de resultados con creencias ideológicas menos análogas, tuvieran la oportunidad de elegir, llegarían a la conclusión indiscutible que ni George W. Bush ni John Kerry reúnen los requisitos indispensables para comandar a la nación más poderosa en lo económico, tecnológico y milit ar. 

Los tres debates presidenciales por el trofeo de la Casa Blanca, independientemente de los asuntos propios, de salud, educación, trabajo, impuestos y bienestar de la sociedad norteamericana, no han podido eludir el gravísimo problema de la aventura criminal del presidente Bush en Irak y Afganistán y por extensión, por razón del apoyo risueño a los asesinatos de Ariel Sharon, contra el pueblo palestino. Desde un principio la guerra en Irak y la subsiguiente ocupación militar contó con el rechazo de la comunidad internacional a una “coalición” fabricada a propósito de controlar por completo la producción petrolífera del medio oriente. En el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la aventura criminal encabezada por Bush y Blair tuvo la resuelta oposición de Francia, Alemania, Rusia y China; y en segundo nivel el de la mayoría de los países mie mbros. Sin embargo, el ataque unilateral se inició, en contra de la opinión mundial, el 20 de marzo del año pasado con cerca de trescientos mil soldados desplegados para ejecutar la invasión de Irak y la captura de Bagdad. 

En el primer debate presidencial el candidato demócrata John Kerry citó el error principal de meterse en Irak como una aventura bélica que nada tenía que ver con la declarada “guerra contra el terrorismo” a consecuencia de los atentados del once de septiembre en New York, Washington y Pennsylvania. Dejó asimismo en claro que tanto el gobierno de Bush como el de Blair fabricaron información a fin de justificar una guerra pendiente, en la mentalidad de ambos desde 1991, la guerra de papá George. La falsa información, inflando los peligros del terrorismo internacional, se refirió a la amenaza que significaba el régimen de Saddam Hussein, poseedor de inmensos arsenales de “armas de destrucción masiva”. Y aunque Bush sigue defendiendo el acierto de ir a la guerra contra Irak, el veredicto final de todos los organismos de inteligencia y científicos, i ncluido el del jefe de inspectores norteamericanos Charles Duelfer, se han traído abajo el argumento principal de la justificación, pues todos han declarado que no existieron evidencias de los programas de “armas de destrucción masiva” ni biológicas, ni químicas, ni nucleares imputados a Hussein.  Y si bien John Kerry, usando el idioma diplomático, no llamó farsante, embaucador o mentiroso a Bush por lo que hizo, si dejó establecido que el presidente declaró una guerra fuera del concierto internacional de las naciones, basándose en intereses personales, políticos y electorales, descuidando el lado más peligroso del terrorismo internacional con Osama Bin Landen a la cabeza. 

La seguridad mundial no cuenta

El seguimiento de cerca a la política norteamericana desde el período final de la primera guerra del Golfo hasta el inicio de la segunda, doce años después, nos lleva a pensar que las sanciones de las Naciones Unidas del embargo económico, el control de armas, las zonas de no vuelo, los bombardeos esporádicos y petróleo por alimentos, aplicadas a Saddam Hussein fueron sólo medidas de inmovilización para los sectores beligerantes del partido republicano, que una vez en el poder premeditaron la invasión militar total para cambiar el régimen, como lo hicieron en Grenada y Panamá. Y esta mal llamada liberación a fin de instaurar un “gobierno democrático” en palabras de Bush, cuya traducción real es la intervención ilegal y descarada a un país soberano e independiente, ha incrementado la crisis humanitaria hasta límites inconcebibles. Si las sancione s aplicadas a Irak dejaron medio millón de niños muertos según la UNICEF, los inclementes bombardeos y la destrucción completa de ciudades, han dejado decenas de miles de muertos adicionales; además del caos por la falta de alimentos, energía, agua limpia, medicinas, viviendas y sanidad. 

La guerra y ocupación de Irak, graficada como ilegal en la reunión anual de la asamblea de todos los países del mundo por Kofi Annan, Secretario General de la ONU, ponen al descubierto no sólo las mentiras de George W. Bush y Tony Blair sino la verdadera intención del partido republicano de arrogarse el derecho de intervenir a cualquier país soberano si de por medio se encuentra en peligro, aún a través de meras conjeturas, la “seguridad interna” de Estados Unidos. Y decimos conjeturas porque el presidente Bush, reclamando privilegios ejecutivos, se negó a entregar al Comité de Inteligencia del Senado norteamericano, el sumario de preguerra preparado por la Casa Blanca en base a las distorsiones del informe de la CIA (New York Times, julio 13, 2004). Por otra parte, la comisión investigadora de los ataques del once de septiembre, 2001, francamen te contradijeron las afirmaciones de la administración Bush – Cheney que quisieron vincular a Saddam Hussein con Bin Landen y la red Al-Qaeda. Entonces nos preguntamos ¿qué acerca de la seguridad del mundo? Bush dijo, en uno de los debates, en defensa de sus errores sobre la guerra de Irak que “algunas veces en este mundo uno tiene que tomar decisiones impopulares porque se piensa que son las correctas” pero lo más grave es que él sigue adherido a ellas sabiendo que son erróneas, inexactas y desatinadas. 

No obstante, aparte de los tardíos ataques y críticas de un fluctuante John Kerry alrededor de la guerra de Irak, ambos candidatos durante los tres debates remarcaron únicamente la necesidad de la seguridad interna de Estados Unidos, olvidando por completo la seguridad del mundo; en otras palabras, la seguridad en la visión de los dos, es un tema fundamental sólo para trescientos millones de pobladores no para los seis mil millones que habitan el mundo. Panorama nada halagador ante la falta absoluta de liderazgo o de estatura internacional, y más grave aún si consideramos que la escalada de atentados con coches bombas y otros métodos terroristas en Irak llevados a cabo por la resistencia insurgente, son ni más ni menos que la base de reclutamiento y expansión para la red Al-Qaeda de Osama Bin Landen y otros grupos islámicos violentos. En esta pe rspectiva ni Bush ni Kerry, si pudiéramos elegir como señalamos al principio de esta nota; pero si son ellas dos las únicas opciones, el voto del mundo occidental y cristiano se inclinaría diez a uno a favor del demócrata John Kerry, quebrando la mentalidad “cow boy” de gran parte del pueblo norteamericano representada de la mejor manera por la dinastía Bush y el grupo bien afianzado de multimillonarios que la rodea, los mismos que usan la guerra y usarán las guerras futuras como parte de sus negocios; además, de utilizar el factor miedo en los medios de comunicación que dominan, para vencer a como dé lugar en las presentes elecciones. A como dé lugar como lo hicieron el año 2000 designando a George W. Bush ganador de la contienda, a través de los jueces supremos asociados a la dinastía.

Enviado por Cecilia Tello

 
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