| Periódista
Digital de España - 20 de Octubre de 2004
George
W. Bush o la edad de la mentira
José
Saramago
premio Nobel
de Literatura - El País
(este artículo reproduce en
lo esencial el prólogo a El Nerón del siglo XXI, de
Jamer H. Hatfield, publicado en España por Editions Toméli-Ediciones
Apóstrofe)
"El Estado es la forma superior
de la moralidad"
Aristóteles, Política
La carrera
política y empresarial de George Walker Bush, hijo del director
de la CIA y, más tarde, 41º presidente de los Estados Unidos,
George Herbert Walker Bush, se encuentra narrada y documentada en no pocas
obras que han investigado los sótanos de la política norteamericana,
y constituye un ejemplo perfecto y acabado de arribismo sin escrúpulos.
Este artículo, tanto por la brevedad como por la falta de pretensión,
debe ser entendido sólo como una mirada estupefacta sobre uno de
los más deprimentes espectáculos representados en el escenario
donde implacablemente se juega, como si de simples marionetas se tratara,
con el destino de millones y millones de seres humanos. Los avatares y
los caminos que acabaron sentando a George Walker Bush en el trono imperial
y colonial de la Casa Blanca son en general conocidos, pero creo que puede
ser de alguna utilidad en estos días que corren, como un resumido
vademécum, la relación de las principales etapas que marcaron
la vida y milagros del actual (y fraudulento) presidente de Estados Unidos
de América del Norte, George Walker Bush, a quien los amigos, en
el tiempo de la juventud (y quién sabe si todavía hoy), llamaban
cariñosamente W. Y ya que, según las mejores biografías
autorizadas, George Walker, igual que Saulo al caer del caballo en el camino
de Damasco, recibió de las alturas la iluminación de la gracia
que, en su caso, le hizo dejar el alcohol y arrepentirse de la vida disoluta
en que se le estaba perdiendo el alma, me permitiré, tomando como
piadoso ejemplo las estaciones del vía crucis cristiano, enumerar
algunos pasos de la peculiarísima vía triunfalis que, por
ser el hijo mayor de su señor padre, le habría de conducir
hasta el ombligo del mundo, más conocido como Despacho Oval.
Helas aquí: la primera estación
muestra hasta qué extremo influyó el peso político
y empresarial paterno para que George W. fuese admitido y obtuviera fáciles
diplomaturas en las universidades de Andover y de Yale; en la segunda estación
se explican las maniobras y los artificios de que George W. se sirvió
para que lo situaran en el primer lugar de una lista de espera de miles
de candidatos a inscribirse en la Guardia Nacional de Tejas y de esa manera
tener una excelente razón para no ir a la guerra de Vietnam; en
la tercera estación se destapará el engranaje financiero
empleado para reflotar las compañías petroleras de George
W. cuando estaban al borde de la quiebra; en la cuarta estación
se aclara el laberíntico proceso de venta de las acciones de la
Harken Energy Corporation; en la quinta estación se describe la
operación de adquisición del equipo de béisbol Texas
Rangers y cómo la posterior venta de la parte de George W. (pese
a ser minoritaria) hizo de él un multimillonario; finalmente, en
la sexta y última estación se analizan en pormenor las campañas
que, en dos ocasiones, elección y reelección, colocaron al
hijo amadísimo de George Herbert Walker Bush al frente del Gobierno
del Estado de Tejas, último escalón que le faltaba a W. para
que, un día, ojos desafiando ojos, dispuesto para desenfundar el
Colt de la pistolera, como en OK Corral, pudiese pronunciar ante la cara
de la asombrada estatua de Abraham Lincoln estas palabras que, en su boca,
suenan como un insulto: "Yo también soy presidente de los Estados
Unidos".
Presidente de los Estados Unidos,
sí, pero sólo gracias al fraude, a la mentira, a la manipulación.
Peor aún que todo esto, y hablando alto y claro: George Walker Bush
llegó a la presidencia de su país por obra de un golpe de
Estado perfectamente caracterizado, al que sólo le faltó
el habitual retoque militar, aunque no, por cierto, la aquiescente benevolencia
del Pentágono. La acción conjunta (y concertada) de cinco
jueces de derechas del Tribunal Supremo de los Estados Unidos; del gobernador
de Florida, Jeb Bush, hermano del candidato republicano, y de la mayoría
abrumadora de los medios de comunicación social norteamericanos,
con especial relevancia de los informativos de televisión que, controlados
por grandes corporaciones industriales y financieras, difunden la opinión
directa del Estado-empresa, tuvo como consecuencia una de las más
ignominiosas y descaradas usurpaciones de poder que los tiempos modernos
tuvieron la desgracia de testificar. El mundo presenció una exhibición
de prestidigitación política que ensombrecerá para
siempre las artes manipuladoras de otro presidente norteamericano, Richard
Milhous Nixon, aquel que entró en la Historia de los Estados Unidos
con el expresivo apodo de Dick Trick, que significa algo así como
embustero, farsante, impostor, tramposo (dejo al lector que elija el término
que considere más adecuado). Me pregunto cómo y por qué
Estados Unidos, un país en todo tan grande, ha tenido, tantas veces,
tan pequeños presidentes...
George W. es seguramente el más
pequeño de todos. Con su mediocre inteligencia, su ignorancia abisal,
su expresión verbal confusa y permanentemente atraída por
la irresistible tentación del disparate, este hombre se presenta
ante la humanidad con la pose grotesca de un cowboy que ha heredado el
mundo y lo confunde con una manada de ganado. No sabemos lo que realmente
piensa, no sabemos siquiera si piensa (en el sentido noble de la palabra),
no sabemos si en realidad no será un robot mal diseñado que
constantemente confunde y cambia los mensajes que le pusieron dentro. Pero,
honra le sea hecha al menos una vez en la vida, hay en George Walker Bush,
presidente de Estados Unidos, un programa que funciona a la perfección:
el de la mentira. Él sabe que miente, sabe que nosotros sabemos
que está mintiendo, pero, por pertenecer a la tipología de
comportamiento del mentiroso compulsivo, seguirá mintiendo aunque
tenga delante de los ojos la más desnuda de las verdades, repetirá
la mentira incluso después de que la verdad le haya estallado ante
su rostro. Mintió para hacer la guerra contra Irak como ya había
mentido sobre su pasado turbulento y equívoco, es decir, con la
misma desfachatez. La mentira, en George W., viene de muy lejos, la trae
en la masa de la sangre. Como mentiroso emérito, él es el
corifeo de todos los mentirosos que lo han rodeado, aplaudido y servido
como lacayos durante los tres últimos años. Ahora son menos
los yes men, pero todavía sueltan sus gorgoritos embaucadores. No
había armas de destrucción masiva en Irak, las que existieron
fueron destruidas tras la guerra del Golfo, en 1991. Pero Anthony Tony
Blair y José María Aznar, los tenores preferidos de George
W., continúan, en su santo nombre, girando al gastado y rayado disco
de la amenaza que Sadam Husein representaba para la humanidad...
George Walker Bush expulsó
la verdad del mundo para, en su lugar, inaugurar y hacer florecer la edad
de la mentira. La sociedad humana actual está impregnada de mentira
como de la peor de las contaminaciones morales, y él es uno de los
mayores responsables de este estado de cosas. La mentira circula impunemente
por todas partes, se ha erigido en una especie de otra verdad. Cuando hace
algunos años un primer ministro portugués, cuyo nombre por
caridad omito aquí, afirmó que "la política es el
arte de no decir la verdad", no podía imaginar que George W. Bush,
tiempo después, transformaría la chocante afirmación
en una travesura ingenua de político periférico sin conciencia
real del valor y del significado de las palabras. Para George W. la mentira
es, simplemente, una de las armas del negocio, y, tal vez la mejor de todas,
la mentira como arma, la mentira como vanguardia de los tanques y de los
cañones, la mentira sobre las ruinas, sobre los muertos, sobre las
pobres y siempre frustradas esperanzas de la humanidad. No es cierto que
el mundo sea hoy más seguro que hace tres años, pero no dudemos
de que sería mucho más limpio y tranquilo sin la política
imperial y colonial del presidente de Estados Unidos de América,
George Walker Bush, y de cuantos, conscientes del fraude que cometían,
le abrieron el camino hacia la Casa Blanca. Después de dispararle
un tiro a Abraham Lincoln. |