| La
Jornada de México - 20 de Octubre de 2004
Una verdadera
amiga de Irak
Robert
Fisk
¿Margaret?
¿Margaret Hassan? ¿La que me dijo que pronto, muy pronto,
habría "más de una generación perdida" en Irak? ¿Secuestrada
en camino a su trabajo de directora de la organización CARE International
en Irak? ¿Acaso la lista de objetivos de los plagiarios no tiene
fin?
Margaret Hassan fue la enemiga
de las sanciones de la ONU, es el símbolo de todos los que creen
que Irak -un Irak libre, no ocupado- tiene futuro, y todo lo que puede
decirse ahora es que también ella se ha unido a la legión
de las no personas, los "desaparecidos": de aquellos que por su idioma,
el color de sus ojos o su nacionalidad se han hundido en el pozo negro
iraquí.
El colmo de la desgracia fue escuchar
este martes a los diplomáticos que apoyaron aquellas letales sanciones
derramar lágrimas de cocodrilo por "Margaret". Tony Blair se apresuró
a declarar que Gran Bretaña hará cuanto esté a su
alcance para lograr su liberación.
"En este momento hay un límite
a lo que puedo decirles, pero obviamente haremos cuanto podamos", expresó
en Londres, teniendo al lado al secretario general de la ONU, Kofi Annan.
El rapto, añadió, "muestra contra qué clase de gente
luchamos, cuando está dispuesta a secuestrar a alguien así.
No sabemos de qué grupo se trata".
Pero Tony Blair apoyó por
completo las sanciones que Margaret Hassan detestaba.
La conocí cuando The Independent
había revelado el uso de municiones de uranio empobrecido por
estadunidenses y británicos en la guerra del Golfo de 1991 y la
explosión de cánceres y leucemias que afligieron a los niños
iraquíes en los años posteriores. Los lectores del diario
habían donado 250 mil dólares para medicamentos, y CARE,
la organización en la cual trabajaba Margaret, se echó a
cuestas la tarea de distribuir las vacunas en los hospitales de Irak.
Margaret y su colega dublinesa Judy
Morgan encontraron camiones para transportar estas medicinas vitales por
todo Irak, para tratar de salvar a las pequeñas criaturas en los
"pabellones de la muerte". Yo la observé rogarles a los choferes,
suplicar en los hospitales, regatear con los magnates del aire acondicionado
para entregar vincristina y otros líquidos a los hospitales pediátricos
en el calor de octubre.
Es una mujer de ímpetu. Semana
tras semana, días tras día, hora tras hora la evidencia de
la tragedia humana en escala masiva -un desastre causado por las sanciones
de la ONU, que su agrupación poco o nada podía hacer por
aliviar- se apilaba en los escritorios de la oficina de CARE, en un derruido
inmueble de Bagdad.
Busco en viejo cuaderno de tapa azul
una entrevista con Margaret. Está fechada el 5 de octubre de 1998.
Al margen anoté un comentario acerca de ella: "no habla a gritos,
pero su indignación, susurrada por encima del silbante aire acondicionado
de su oficina, sale en una especie de gemido de rabia y frustración,
como de alguien cansado de oír grandilocuentes estupideces".
Eran días aciagos. "Es un
desastre hecho por el hombre", exclamaba, golpeándose la palma de
la mano izquierda con el puño derecho. "Sí, algunas personas
se han beneficiado de lo que hacemos. Pero no podemos resolver el problema
de Irak. El país no tiene economía: no podemos remplazarla
con fondos de ayuda."
En aquel momento tomó un grueso
expediente. "¿Qué utilidad podemos tener aquí?", preguntó.
"Si fuera un país del tercer mundo podríamos traer algunas
bombas de agua al costo de unos cientos de libras y con ellas salvaríamos
miles de vidas. Pero Irak no era un país del tercer mundo antes
de la guerra (de 1991), y no se puede administrar a base de fondos de ayuda
una sociedad desarrollada. Lo que falla en el sistema de agua potable de
Irak es resultado del daño causado a plantas purificadoras muy complejas
y costosas. Y eso se come cientos de miles de libras en reparaciones...
para una sola región del país.
"Los médicos de aquí
son excelentes; muchos estudiaron en Europa además de en Irak, pero
a causa de las sanciones no han tenido acceso a una revista médica
en ocho años. Y en las ciencias, ¿qué significa eso?"
Margaret sospechaba que los occidentales
se habían desentendido en alguna forma de los pobladores iraquíes
durante los 13 años de sanciones. "No creo que los veamos como personas",
me dijo. "Si uno ve una persona que sufre, y tiene un grano de humanidad,
tiene que reaccionar. Las sanciones son inhumanas y lo que hacemos no puede
revertir esa inhumanidad. Son contrarias a la carta de la ONU, que consagra
los derechos del individuo. Es una contradicción, una hipocresía;
es el doctor Jekyll y míster Hyde. Quienquiera que vea estas cosas
con objetividad debe decirlo."
Recuerdo una tarde, después
de que había enviado nuestras medicinas a los bebés con cáncer
de Bagdad. Margaret Hassan parecía derrotada. "Esas personas sufren
en verdad", dijo. "¿Sabe la gente lo que es para una madre despertar
cada mañana sin saber cómo dará de comer a sus hijos?
No creo que los occidentales vean a los iraquíes como personas."
Hoy es el colmo de la ironía
que una mujer que tuvo el valor y la decencia de oponerse a las vergonzosas
sanciones con las cuales elegimos purgar al pueblo iraquí haya caído
en manos de secuestradores en Bagdad. Si alguna vez ha habido un verdadero
amigo de Irak, ése es Margaret Hassan. Valiente, leal y sin cortapisas
para decir lo que piensa, es una heroína. Vergüenza debería
darles a sus captores tan sólo de dirigir la palabra a tan admirable
dama.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
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