| Periodista
Digital de España - 22 de Octubre de 2004
El problema
de la izquierda en EE UU
Norman
Birnbaum * - El País
¿Quién
recuerda hoy que Karl Marx pensó en la posibilidad de que Estados
Unidos, libre de los suplicios históricos y metafísicos de
Europa, encabezara la marcha hacia el socialismo? ¿Qué es,
hoy, la izquierda en Estados Unidos?
Existen cuatro corrientes distintas
en la oposición estadounidense. Una busca una socialdemocracia norteamericana.
Otra pretende construir un internacionalismo desmilitarizado y social para
Estados Unidos. La tercera lucha por los derechos civiles, los negros y
las minorías étnicas, las mujeres y los homosexuales. La
cuarta implica un debate sobre culturas alternativas: para vivir mejor
es necesario vivir de otra forma. Estas posturas carecen de denominador
común, y sus partidarios se ven obligados a defender las victorias
conseguidas frente a la contraofensiva de los agentes del imperio y el
mercado.
El principal vehículo de la
izquierda en Estados Unidos es el Partido Demócrata, pero es un
vehículo en mal estado. Con Clinton y los nuevos demócratas,
que repudiaron gran parte de la historia del partido, los demócratas
perdieron la mayoría en las dos cámaras del Congreso, varios
puestos de gobernadores importantes y las cámaras en unos cuantos
Estados cruciales. En su mayoría, los demócratas preferían
como candidato presidencial al congresista Gephardt (próximo a los
sindicatos) o al gobernador Dean (por su oposición a la guerra).
Sin embargo, al final se conformaron con el senador Kerry, que anuncia
en voz alta que "no va a haber redistribución" y cuya posición
sobre Irak está envuelta en la niebla de la guerra. El partido no
es un grupo de afiliados, sino una mezcla inestable de aparatos políticos
estatales, grupos de intereses y donantes. Está dividido ideológicamente,
entre los herederos de Franklin Roosevelt y Lyndon Johnson, que defienden
el Estado de bienestar, y los nuevos demócratas, que buscan compromisos
aún más amplios con el capital organizado.
La fuerza de la izquierda estadounidense
se encuentra en las organizaciones que financian las campañas y
movilizan a los ciudadanos. Las más importantes son los sindicatos
pertenecientes a la federación AFL-CIO. Pero los sindicatos sólo
incluyen alrededor del 13% de los trabajadores (hubo un tiempo en el que
llegaban a un tercio), y su debilidad es la causa más visible de
la fragilidad de la socialdemocracia en Estados Unidos. Están perdiendo
a los trabajadores de más edad, a medida que la economía
se desindustrializa, y esa pérdida no se compensa con los trabajadores
del sector de servicios ni los que tienen más nivel educativo, aparte
de los enseñantes. Algunos dirigentes sindicales elaboran nuevas
estrategias de movilización política, especialmente con los
inmigrantes más recientes, pero, hasta ahora, los resultados han
sido discretos.
A la lucha de los sindicatos por
los derechos económicos se une la de los grupos de interés
público que se dedican a defender al consumidor, proteger el medio
ambiente, regular el capitalismo descontrolado y aumentar la participación
política mediante la reforma de unos procedimientos electorales
defectuosos. Gran parte de la acción se desarrolla en el Congreso,
a veces en las cámaras de los Estados y con frecuencia en forma
de razonamientos constitucionales y legales ante los tribunales. La críptica
politización del proceso judicial y la fragmentación de la
política legislativa hacen muy difícil el desarrollo de una
estrategia común. La izquierda no ha conseguido explotar la vaga
desconfianza de la sociedad estadounidense hacia el capital, entre otras
cosas, porque en el propio Partido Demócrata hay representantes
de ese capital muy bien establecidos.
Durante muchos años, además
de Kennedy en el Senado, los líderes de estas fuerzas fuera del
Congreso fueron el reverendo Jesse Jackson (cuyos intereses no se limitaban,
ni mucho menos, a representar a los negros) y Ralph Nader. Jackson sigue
trabajando sin descanso. Nader, resentido contra los demócratas,
vuelve a presentarse a las elecciones. Hay varios Estados importantes en
los que no se ha admitido su candidatura, pero tiene la capacidad de destruirse
a sí mismo y dañar a los que antes eran sus amigos. En el
año 2000 se presentó por el Partido Verde, pero, en esta
ocasión, ellos presentan otro candidato. En Estados Unidos, los
Verdes tienen bastante fuerza en algunos Estados (Maine y Nuevo México,
por ejemplo), pero nuestro sistema mayoritario, en el que el voto no es
proporcional, les perjudica sobremanera. Lo que sí tienen es gran
capacidad de movilización local.
El voto proporcional permitiría
que las elecciones presidenciales dejaran de depender de unos cuantos Estados.
En la actualidad, las campañas nacionales oscilan entre el vacío
ideológico (para no ofender a nadie) y la capitulación oportunista
ante el chantaje electoral (utilizado por los grupos de presión
que propugnan la cristianización de la vida pública, el acceso
sin límites a las armas de fuego, la destrucción del Gobierno
de Castro, etcétera). El voto proporcional, que repartiría
los votos electorales de cada Estado con arreglo a los votos reales, en
vez de dárselos todos al ganador, avanza con gran lentitud. Nuestra
Constitución, que se muestra contraria al voto mayoritario, porque
así se quiso para impedir la eliminación de la esclavitud
por métodos democráticos, no se ha sometido todavía
a ningún gran debate público.
La división de la izquierda
es muy pronunciada, sobre todo en lo relacionado con el imperio. (La agrupación
que reúne a la izquierda del partido, la Campaña para el
Futuro de América, evita mencionar la guerra de Irak.) Las dos organizaciones
de masas que se oponen a la militarización de la política
nacional son la Iglesia católica, con el 25% del país, y
las iglesias protestantes del Consejo Nacional de las Iglesias, que representan
al 50%. Lo que opinan los obispos, teólogos, rectores de iglesias,
pastores y sacerdotes no siempre lo comparten los fieles. La angustia,
la ignorancia y el patrioterismo hacen que muchos ciudadanos (por ejemplo,
los sindicalistas) no se den cuenta de que a los pueblos del mundo les
gustaría que Estados Unidos dejase de intentar salvarlos de sí
mismos.
Contamos con una clase intelectual
antiimperialista, aunque no en las páginas editoriales o en los
departamentos de relaciones internacionales de las universidades. Hay muchos
altos funcionarios y diplomáticos más dispuestos a enfrentarse
a Bush que la mayoría de los demócratas del Congreso. La
"guerra contra el terror" no ha parado a los "terroristas", pero sí
ha intimidado a periodistas y políticos. La reforma social en Estados
Unidos está en deuda con el catolicismo.
* Norman Birnbaum es catedrático
emérito de la Facultad de Derecho de Georgetown y autor de Después
del progreso (Tusquets). Traducción de María Luisa Rodríguez
Tapia. |