| La
Jornada Semanal de México - 24 de Octubre de 2004
¿Nazis
U.S.A.?
Hermann
Bellinghausen
¿Se
encamina Estados Unidos a un régimen fascista? La pregunta, reiterada
desde el ascenso de George W. Bush, sigue pareciendo más una bravata
ideológica que una situación real. ¿Cómo demostrarlo
en la nación de las libertades civiles (independientemente de su
historial imperialista, que es otro asunto), donde la igualdad de oportunidades,
aun con matices graves, rifa; una sociedad multirracial constituida por
inmigrantes de todo el mundo? Para minorías, una: los nativos americanos,
los pieles rojas de las películas.
El referente habitual es la Alemania
nazi por razones casi obvias, al menos en términos de vocación
imperial. Aquí empiezan los problemas de la transpolación,
pues la diferencias pesan tanto como las similitudes. Alemania nunca fue
mayor que alguno de los más extensos entre el medio centenar de
estados de la Unión Americana. Aquella Alemania no era una democracia
bipardistista, sino una dictadura militar, si bien movilizaba el apoyo
de la población de una manera mucho más eficaz de lo que
actualmente permite la apatía política del estadunidense
medio. Alemania predicaba el bien para sí; Estados Unidos promete
el bien para toda la humanidad desde una presunta autoridad ética
que a los hitlerianos no les importaba ni como apariencia.
Esta "autoridad humanitaria" permitió
a Estados Unidos arrasar las ciudades de Alemania al concluir la segunda
guerra mundial, en un escala incomparable a lo visto después en
Irak, Vietnam o cualquier otra de las guerras americanas, y sólo
superada por la devastación atómica de Hiroshima y Nagasaki.
Notablemente, dicha "autoridad" no le fue discutida nunca por los pueblos
alemán y japonés.
Es particularmente revelador el "olvido"
colectivo de los alemanes contemporáneos de aquel "castigo ejemplar"
del cual Kurt Vonneguth ha dado testimonio en Matadero Cinco. El
último libro de W.G. Sebald (1944-2001), el gran escritor alemán
de fin de siglo, Sobre la historia natural de la destrucción
(1999), escudriña esta increíble laguna mental del pueblo
alemán mediante lo que parece una revisión crítica
(demoledora, por cierto) de la literatura de posguerra, al menos en lo
tocante a un tema que hasta ahora permanece oculto. Y que, como quiera,
consistió en un colosal crimen de guerra de los aliados contra la
población civil.
¿Heil Bush?
Como nunca antes, es difícil
saber quién gobierna actualmente Estados Unidos. Y esto, sin contar
la obsesiva demostración que ha hecho el historiador John Nichols
de que el "verdadero jefe" del gobierno es el vicepresidente Dick Cheney.
(Un chiste recurrente en las manifestaciones antibush dice: "a bush and
a dick=we’re fucked" (en sentido coloquial: "un coño y un pito=estamos
jodidos").
Para fines descriptivos, baste saber
que el presidente nominal de Estados Unidos es (todavía) George
W. Bush. Lo rodean el "general" civil Donald Rumsfeld, el magnate petrolero
Dick Cheney, el mariscal ideológico Karl Rove y los halcones
de rango medio Colin Powell, Paul Wolfowitz, Condoleeza Rice (negros y
judíos ya caben), y la ultraderecha que representan John Ashcroft,
Tom Ridge, James Baker y otras excelentísimas personas.
La hasta cierto punto irrelevante
irrupción del popular Arnold Schwarzenegger como figura política
disparó el interés en los antecedentes familiares de la élite
política de Washington, no como genealogía incómoda
sino como proyecto vigente. Con más ansiedad que entusiasmo, los
periodistas Bob Fitakis y Harvey Wasserman, de Free Press, resucitaron
viejos datos y nuevos hallazgos documentales que resumieron como sigue:
"El abuelo de George W. Bush ayudó a financiar al partido nazi,
y el abuelo de Karl Rove participó en la conducción de dicho
partido, y de manera directa, ayudó en la construcción del
campo de exterminio de Birkenau. A nadie extrañó pues que
impulsara para gobernador de California al hijo de un tal Gustav S., voluntario
de los camisas pardas que llegó a capitán y participó
en la ‘Noche de los cristales rotos’ y otras célebres tropelías
del nazismo en ascenso durante los años 30" ("Counterpunch", 6 de
octubre de 2003). Esto, sin contar las favorables opiniones que alguna
vez emitió el propio actor-gobernador acerca de Adolf Hitler.
En 1994, Mark Aaron y John Loftus
establecieron en La guerra secreta contra los judíos que
George Herbert Walker fue uno de los más importantes respaldos de
Hitler en Estados Unidos. Inyectó dinero para el joven fascista
a través de Union Banking Corporation. Tan lejos como 1926, este
Walker (descendiente del filibustero Walker que asoló Centroamérica
en el siglo xix) se las arregló para poner a su flamante yerno Prescott
Bush como vicepresidente de la compañía W. A. Harriman. Prescott
Bush se convirtió en socio de la empresa cuando ésta se fusionó
con Brown Harriman Company, y en 1934 llegó a la junta directiva
de Union Banking, que respaldó el ascenso del partido nazi alemán
y financió el inicio de la segunda guerra mundial.
E. Roland Harriman (hermano del futuro
y prominente gobernador de Nueva York Averrel Harriman) era jefe de Prescott
Bush y socio de los aristócratas Thyssen-Bornemiza (quienes romperían
con Hitler en 1938; los amigos americanos nunca rompieron con los
nazis). Como ha señalado Johnatan D. Salant, estas amistades no
impidieron que el abuelo Bush fuera electo senador por Connecticut en 1952
y se le considerara "presidenciable".
El 31 de julio de 1941, el gobierno
de Franklin D. Roosevelt congeló 3 millones de dólares de
Union Banking destinados a Fritz Thyssen, padrino económico de Hitler.
De acuerdo con Loftus, "los amigo en Nueva York de Thyssen eran Prescott
Bush y Herbert Walker", padre y abuelo, respectivamente, de quien dirigiría
la cia en los setenta y en la década siguiente gobernaría
Estados Unidos (durante doce años, aunque sólo cuatro como
presidente formal): George Bush.
El 20 de octubre de 1942, el gobierno
de Estados Unidos ordenó el retiro de todas las operaciones financieras
del régimen hitleriano en Nueva York, a cargo de Prescott Bush,
y expropió Union Banking a través del Acta sobre "tratos
con el enemigo". La liquidación retribuyó a Bush y Walker
con unos pobres 750 mil dólares por cabeza.
El 25 de septiembre de 2004, el diario
inglés Guardian documentó nuevos detalles. Thyssen,
dueño de la más grande empresa de acero y carbón de
Alemania, se enriqueció gracias al rearme hitleriano. Uno de los
pilares de la red corporativa internacional de Thyssen, Union Banking Company,
trabajaba en exclusiva para el banco holandés Handel, controlado
por Thyssen (Rotterdam y Suiza eran las Islas Caimán del momento).
Más inquietantes son los vínculos de Prescott Bush con la
Compañía Consolidada Acerera de Silesia, propiedad de Thyssen.
"Durante la guerra, esta empresa, ubicada en la frontera germano-polaca,
recurrió a la fuerza de trabajo de los esclavos de los nazis en
los campos de concentración, incluido Auschwitz", dice el Guardian.
En 2001, Kurt Julius Goldstein y
Peter Gingold, sobrevivientes de Auschwitz, demandaron al gobierno de Estados
Unidos y a la familia Bush por 40 millones de dólares, en compensación
por haberse beneficiado del trabajo esclavizado de los reclusos. El caso
fue desechado por razones de "soberanía del Estado". No obstante,
estos octagenarios han recurrido a la Corte Internacional de La Haya y
esperan veredicto.
Libros posteriores revelan con exhaustivo
detalle el lavado de dinero nazi de Bush y Harriman. Michael Kornish descubrió
estas liasions dangeréuses en El ascenso de la dinastía
Bush, publicado por el Boston Globe. Por su parte, Loftus demostró
que Prescott Bush sirvió "a sabiendas" como lavador de dinero de
los nazis, y recordaría que sus libros contables fueron congelados
por la U.S. Alien Property Custodian en 1942, si bien fueron devueltos
a la familia Bush en 1951.
Fitakis y Wasserman señalan
que las relaciones de los Bush con ex nazis después de la guerra
han sido ignoradas, pero existen. Esto, a pesar de que hoy prolifera una
verdadera industria editorial sobre la familia del presidente estadunidense,
y ésta sostiene que el abuelo no "simpatizó" con la ideología
nazi. Hasta se opuso al macartismo de los cincuenta (aunque habría
que conocer los motivos: también se ha documentado que Prescott
Bush hizo inversiones con José Stalin). La familia Bush autorizó
recientemente el libro de Mickey Herskowitz Deber, honor y país
(que será publicado por Rutlege Hill Press), biografía apologética
de Prescott Bush que, en apenas un par de páginas, niega que el
ilustre abuelo haya hecho negocios con los industriales nazis.
La historia no queda allí.
John Foster Dulles, quien sería secretario de Estado con Eisenhower,
trabajó con Prescott Bush en las operaciones de lavado de dinero
nazi en Harriman Company. Al respecto, se ha comprobado la compra de ocho
millones de dólares en oro para los nazis, y al menos el embarque
de 3 millones hacia Alemania antes de y durante la guerra. Allen Foster
Dulles (hermano de John) sería director de la cia. Y entonces aparecen
las conexiones de la cia. Martin Lee documentó en El despertar
de la bestia cómo los servicios de inteligencia de Estados Unidos
reclutaron numerosos agentes nazis de alto nivel para espiar a la Unión
Soviética durante la Guerra fría.
En 1988, el llamado Project Censored
probaba a qué grado los medios de comunicación ocultaron,
ignoraron o minimizaron al menos diez reportajes que ponían en duda
la candidatura presidencial de George Bush padre, quien desde su primer
"encargo" en la cia del "amigo" Dulles, en 1963, hasta la víspera
de su ascenso presidencial veinticinco años después, mantuvo
vínculos eficaces con una red antisemita de filiación nazi.
El reportero Russ Bellant logró
establecer los vínculos entre el Partido Republicano y antiguos
nazis protegidos por Estados Unidos. En los ochenta, Bob Grossman acuñó
el término friendly fascism ("fascismo amigo") para esta
corriente no tan oculta de los republicanos. En 2000 y 2001, la revista
Columbus
Alive documentó los nexos del ex presidente Bush con la secta
de Sun Myung Moon y sus propias redes fascistas en Japón y Corea
del Sur.
Lo indeleble en Rove
Toca el turno a Karl Rove, quien
opera para George W. Bush desde los años de Texas. No es ocioso
pensar en el mariscal Joseph Goebbels. Considerado el "cerebro" de George
W. Bush (y existen indicios de que necesita uno), Rove estuvo a punto de
quemarse cuando descobijó como agente de la cia a Valerie Palme,
esposa del embajador estadunidense en Nigeria Joseph Wilson, en represalia
por la "ineficacia" de Wilson para demostrar que Saddam Hussein compró
material nuclear al gobierno nigeriano. Esto, cuando Bush aún buscaba
pretextos para invadir Irak.
El propio Wilson, así como
Al Martin, teniente coronel de la us Navy, sostienen que el abuelo de Karl
Rove fue Karl Heinz Roverer, Gaultier de Odenburg, y Reich Statthalter
(jerarca del partido nazi) en esa región de Alemania en los años
treinta. Era también socio e ingeniero en jefe de la compañía
Roverer Sud-Deutche Ingenburo, constructora del campo de exterminio de
Birkenau donde decenas de miles de judíos, gitanos y disidentes
fueron exterminados.
Nuestro Karl Rover vivía en
Utah antes de saltar a la Casa Blanca y los salones alfombrados de Pennsylvania
Avenue. Afiliado a la iglesia mormona, es considerado el "ingeniero" de
la actual "administración Bush". Constructor y destructor de reputaciones,
Rove ha protegido su genealogía con similar éxito a su invención
de Schwarzenegger o la apropiación de Texas por los republicanos
mediante una redistritación electoral a la que ni el pri mexicano
se hubiera atrevido en sus años de esplendor. Esto, para no mencionar
el golpe de Estado desde Florida en 2000.
Una oportuna migración a Norteamérica
le permitió a Rove cambiar de nombre y borrar las huellas visibles.
Pero hay rasgos indelebles que escapan a los mejores zorros. Algo acaba
siempre por traicionarlos. Un desliz memorable lo prueba. Bob Woodward
refiere en su libro Bush en guerra, la siguiente escena: "Poco después
del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush llegó al Yankee Stadium
vestido de bombero y lanzó la primera pichada. La multitud rugió
al unísono con encendida emoción. Miles de fanáticos
levantaron los brazos con el pulgar en alto. Karl Rove, sentado en el palco
de George Steinbrenner, propietario de los Yankees, celebró el rugido
de la masa. ‘Parece un mitin nazi’, dijo, sí, emocionado." Que lo
diga, ironizan Fitakis y Wasserman, y antes Woodward. Y nosotros, sin aliento,
con ellos.
Llegados a este punto, la pregunta
inicial (¿se dirige Estados Unidos a un fascismo?) no tiene aún,
por fortuna tal vez, respuesta definitiva. La construcción de un
consenso televisivo para manipular a las masas con miedo y sentimientos
patrióticos bastante primarios ha sido magistral. El esquema mercenario
de Fox News arrastró a las demás televisoras, por razones
de mercado cuando menos (si bien cnn en particular ha resultado una suerte
de paraestatal del Pentágono).
Hoy no se promueve una raza ni una
filosofía corrompida, sino una idea de mercado. Si el grupo de Bush
captura otra vez el corazón de su pueblo, el avance del nuevo fascismo
seguirá adelante. Queda el otro síntoma preocupante. Según
analistas europeos, la Rusia de Vladimir Putin se dirige al fascismo. Quizás
otro. Quizás el mismo. Sobre todo si consideramos que el enemigo
que sostiene a los poderes de Washington y Moscú es el fascismo
radical de los grupos islámicos que a su vez captura el corazón
de millones de personas en la mitad del planeta: un fenómeno nuevo,
sin país preciso ni domicilio conocido, y con el arma más
temible de todas, el resentimiento. Es hora de leer otra vez El hechizo,
de Hermann Broch, el mejor retrato que se ha hecho de cómo nace
y estalla el fascismo sin control entre la gente común, y la corrompe.
Es innegable (¿y suficiente?)
el efecto de un movimiento social que busca "detener" a Bush, por dentro
y por fuera del Partido Demócrata, y que teme que los bushianos
nunca aceptarán irse de la Casa Blanca por las buenas. Un dato esperanzador,
para no terminar tan gacho este alegato. Un sector importante de la industria
del entretenimiento, fundamental en un país educado en ella, ha
decidido ir a contracorriente. ¿Podrán las movilizaciones
callejeras y por internet, la oposición de la Fábrica de
Estrellas y el sentido común revertir la hipnosis colectiva del
país cuyo gobierno comanda y administra la fuerza militar más
poderosa que ha existido? |