| Periodista
Digital de España - 24 de Octubre de 2004
¿Quiénes
somos?
Norman
Mailer El País
Una victoria
de Bush sería una de las inolvidables ironías de nuestro
país. No es preciso volver a hablar de las mentiras, las manipulaciones
y la mediocridad espiritual de los años transcurridos desde el 11-S;
lo que tenemos que hacer ahora es sobreponernos al asombro de que una trayectoria
tan desastrosa (además de la total negativa a examinarla), pese
a todo, tenga probabilidades de volver a ganar. Es decir, ¿quiénes
somos? ¿En qué situación está el pueblo estadounidense?
Un vistazo rápido a nuestras
estrellas de cine nos da alguna pista. La izquierda progresista se ha relacionado
siempre con actores como Warren Beatty y Jack Nicholson. Apelaban a nuestro
cinismo y nuestro idealismo frustrado. Pero el centro traspasó su
lealtad de la decencia de Gary Cooper al valor y la seguridad en sí
mismo de John Wayne.
Ahora tenemos la apoteosis de Arnold
Schwarzenegger. Fue el más aclamado de la convención en el
Madison Square Garden cuando, a través de su mera presencia física,
aseguró a Estados Unidos que, si el país se encontrara alguna
vez en la grave situación de necesitar un dictador, afortunadamente
para nosotros, él, Arnold, puede ofrecer la mejor barbilla que se
ha visto desde Benito Mussolini. Y la barbilla está dispuesta ahora
a sustituir al mensaje.
En 1983, en pleno periodo inicial
de los mensajes interpretados, 241 marines murieron en una explosión
causada por terroristas en Beirut. Dos días después, el 25
de octubre, Reagan envió 1.200 marines a Granada, que está
a 4.500 kilómetros de Beirut. Cuando el número de soldados
llegó a 7.000, la invasión se terminó.
Estados Unidos perdió a 19
marines y, en el otro bando, murieron 49 soldados del ejército de
Granada y 29 trabajadores cubanos de la construcción. Era el final
del comunismo en el Caribe (salvo por el pequeño detalle de Castro
y Cuba). Tras esta fulminante victoria frente a un enemigo muy inferior,
Reagan se sintió animado y capaz de decir, como sus partidarios,
que Estados Unidos había conseguido dejar atrás la humillación
de Vietnam. Reagan comprendió que lo que querían los estadounidenses
era un mensaje interpretado. Que nos dijeran que estábamos sanos
era más importante que estarlo de verdad.
Bush y Rove lo han comprendido todavía
mejor. Han actuado a partir de la premisa de que Estados Unidos es un país
tremendamente inseguro. Como imperio, somos nuevos ricos. Intentamos superar
el malestar que ello nos produce a base de acumular cuanto más dinero
mejor. Lo más triste de Estados Unidos, ahora que nos acercamos
furtivamente hacia el fascismo (que puede estar en nuestro futuro si sufrimos
una gran depresión o sufrimos una serie de atentados con armas radiológicas),
es que contamos con que van a producirse catástrofes.
Las esperamos. Nos hemos convertido
en una nación que se siente culpable. En algún rincón
de nuestra conciencia nacional sabemos que estamos atrapados en la contradicción
de adorar a Jesús los domingos y pasar el resto de la semana codiciando
grandes fortunas. ¿Cómo no vamos a necesitar que alguien
nos diga que somos buenos y puros, y que él se va a encargar de
darnos seguridad? Para Bush y Rove, el 11-S fue la lotería.
La presidencia es un papel, y George
podría haber tenido éxito como actor de cine. La tarea de
Kerry, ahora, consiste en atacar el burdo machismo de Bush. ¿Pero
cómo? Su única oportunidad de verdad consiste en los debates,
que están llenos de limitaciones. Kerry tiene que dominar a Bush
sin pensar, ni por un momento, en los consejos conciliadores que le da
su equipo -"No des una imagen cruel, John, o perderás a las mujeres"-;
al contrario, Kerry tiene que ganarse a los hombres.
Tiene que despedazar a Bush en público.
Al acabar los debates, tiene que haber conseguido eliminar la sonrisa de
Bush y presentarse como alternativa legítima, un héroe cuya
reputación ha sufrido los ataques de alguien que eludió su
deber. No es fácil. Bush es mejor actor. Lleva muchos años
encarnando a hombres más viriles que él.
Kerry tiene que convencer a algún
sector nuevo del público de que su rival, en el fondo, es un alfeñique
que utiliza su inflexibilidad para fingir ante Estados Unidos que es fuerte.
Bush conecta, sobre todo, con los más estúpidos. Ellos también
son inflexibles y saben que aferrarse a su estupidez puede acabar siendo
una especie de fuerza, siempre que uno no cambie de opinión.
Hay un subtexto que puede utilizar
Kerry. Bush no está acostumbrado a trabajar en ambientes hostiles.
Le miman desde hace años. Una cosa cruel, pero cierta, es que tiene
toda la vulnerabilidad de un ex alcohólico. Los miembros de Alcohólicos
Anónimos se denominan a sí mismos borrachos secos. Dicen
que, aunque ya no beben, la sensación de desequilibrio relacionada
con la falta de alcohol no desaparece.
No es que Dios les ayude en
sus esfuerzos para permanecer sobrios, sino, más bien, que esconden
el impulso detrás de la fe. Es posible que dejar el alcohol fuera
el acto más heroico de la vida de George W., pero tal vez Estados
Unidos está pagando el precio. Su piedad se ha convertido en una
pomada que sirve para tapar toda la inestabilidad apagada del borracho
seco que aún se agita en su lívido interior.
Las palabras anteriores, tan pesimistas,
las escribí antes del primer debate, celebrado el 30 de septiembre.
El final era todavía más sombrío: "En esta era de
repugnantes ironías, la más desagradable es quizá
que tengamos que cifrar nuestras esperanzas en una serie de debates televisados
que, históricamente, han ofrecido poca cosa aparte de unas cuantes
frases para los contendientes y apnea para el espectador. ¡Dios bendiga
a América! Quizá no nos lo merezcamos, pero desde luego que
nos vendría bien su ayuda. No hay más que tener en cuenta
que Bush está convencido de que el diablo nunca le abandonará
en tiempos de necesidad. Su único error es que cree que el que habla
con él es el Hijo".
Sin embargo, el debate nos sorprendió
y nos dio motivos para ser optimistas. Kerry estuvo muy bien, conciso,
enérgico, casi regocijándose en su virtuosismo. Pudo decir
lo que pensaba a pesar de los límites implacables del debate. Y
Bush estuvo muy mal. Parecía un niño malcriado. Estaba fuera
de su elemento. Estaba cansado de la campaña. Hay ocasiones en las
que una persona ha trabajado tanto en la campaña que no le queda
de dónde sacar. Incluso su rostro jugaba en su contra. Se le veía
con mal genio y enfadado. Hace variosaños que siempre puede hablar
sin entrar en discusiones, proclamar su evangelio campechano y patriótico
sin que nadie le interrumpa. Pero el otro día, en los noventa minutos
de debate formal,la cámara captó varias de sus reacciones
malhumoradas ante lo que decía Kerry, y se le veía lo bastante
incómodo como para tomarse una copa.
Casi todo esto lo vi en un televisor
grande y moderno, y el veredicto me pareció claro. Kerry había
ganado por amplio margen. El único mérito de Bush fue que
llegó hasta el final sin cometer errores irremediables. Las cifras
de Kerry en los sondeos tenían que mejorar.
Sólo había un pequeño
problema. Los primeros veinte minutos los vi en un televisor más
pequeño, como los que tiene la mayoría de los estadounidenses.
En ese aparato, el debate resultaba ligeramente distinto. Karl Rove había
vuelto a acertar. No sé cómo lo había conseguido,
pero la colocación de las cámaras favorecía a Bush.
Su cabeza ocupaba más que la de Kerry en la pantalla. Y en la televisión
eso equivale a tener media batalla ganada. A Kerry se le veía largo
y delgado, en lo que parecía un plano medio, mientras que Bush disfrutó
de muchos primeros planos.
En el televisor grande, en parte,
desaparecía esa ventaja. Sin embargo, en el aparato pequeño
la técnica inclinaba la balanza del otro lado.
Tendremos que esperar a la votación
y el recuento. ¿Estarán tan sesgados como los ángulos
de la cámara? Da la impresión de que estamos viviendo en
un caleidoscopio de ironías. ¿Nos queda aún lo peor?
Si es una elección muy igualada, las máquinas electorales
electrónicas se apresurarán a afianzar los malos recuerdos
de Florida en el 2000. Tal vez nuestro futuro no es ya responsabilidad
de Jesús ni de Alá, sino que ha llegado de nuevo el turno
de los dioses griegos. Al fin y al cabo, cuando se trata del destino, ellos
fueron los primeros en concebir las Ironías. |