El
17 de agosto amaneció húmedo y brumoso, con una llovizna
sutil que le daba a Montevideo un tono de misterio poético. En esa
jornada dejaba este mundo Marosa di Giorgio. La poeta había nacido
en 1932 en la ciudad de Salto, por ese entonces la más importante
del norte del Uruguay, y residía en la capital desde 1978. Cultora
de un estilo considerado "inclasificable", llamó la atención
de los más exigentes lectores de poesía en mitad de los años
sesenta; fue a partir de un libro intenso y deslumbrante de prosa poética
titulado Historial de las violetas (1965). A partir de esta
obra, se multiplicó el culto y la admiración por esta escritora
enigmática, que evocaba una y otra vez en su extraña poesía
un ámbito original y pletórico de vibraciones panteístas,
inspirado en su infancia rural en la zona de quintas de los alrededores
de Salto.
El influyente crítico Ángel
Rama saludó entusiasmado la aparición de Historial de
las violetas en el semanario Marcha. Amigo de agrupar
a los escritores en categorizaciones operativas, ubicó a Marosa
en un sector de excéntricos de la literatura nacional, a los que
bautizó como "raros".
La mudanza de la poeta a Montevideo
renovó el interés en su producción, la que aumentaba
en títulos pero seguía –empecinadamente– fiel a un estilo,
un imaginario, un peculiar uso de la fantasía. En ese microcosmos
personalísimo se amalgamaban la madre omnipresente, las magnolias
y otras flores, los abuelos evanescentes, y ciertos animales entre simbólicos
y oníricos.
La poesía de Marosa entusiasmó
desde el final de los setenta a mayor cantidad de lectores. Fueron los
años de su plenitud creativa y de su mayor actividad. Luego aparecieron
Los
papeles salvajes, publicado por Editorial Arca en 1989, donde se reunía
todo lo que había escrito hasta el momento.
Promediados años ochenta,
otra faceta de Marosa fue la interpretación de sus propios textos.
Realizó infinidad de recitales en Uruguay y en Argentina, pero el
punto más alto se dio con el unipersonal titulado El lobo,
que fuera puesto en escena por el dramaturgo y director Ricardo Prieto.
Ese mismo texto fue llevado al cine más tarde a través de
la cámara de Eduardo Casanova. Recibió la escritora en aquellos
años importantes premios, como el Fraternidad de la organización
judía B‘Nai B´Rith (1982) y la beca Fulbright (1987), y fue
objeto de notas críticas celebratorias y de infinidad de entrevistas.
Mientras tanto, ella reinaba cada
atardecer en medio de la tenue bohemia montevideana, centralizando una
tertulia en el café Sorocabana a la que asistían habitualmente
el poeta Rolando Faget, el narrador Miguel Ángel Campodónico,
el crítico Wilfredo Penco, el escritor Leonardo Garet, el actor
Claudio Ross, la poeta Concepción Silva Belinzon, la narradora Paulina
Medeiros, el dramaturgo y narrador Ricardo Prieto, y quien esto escribe.
Al mágico conjuro de su presencia –hierática y cargada de
enigmas– se acercaron también algunas veces el poeta Elder Silva,
coterráneo de Marosa, y los narradores Mario Delgado Aparain y Hugo
Fontana. Su curiosa figura –piel pálida, labios pintados de un rojo
subido, lentes estilo mariposa, ropa de colores contrastantes y sensualidad
evanescente– se tornó habitual en las noches del centro capitalino.
Avanzaron los años y Marosa
di Giorgio, ya considerada un referente de la lírica platense en
su costado fantástico, siguió dando a conocer nuevos títulos.
Poco a poco su prosa fue virando de lo puramente poético a los toques
narrativos. Surgieron de ese modo sus peculiares relatos de El camino
de pedrerías (1997). La intención narrativa y el bucear
en el tópico de lo erótico la harían desembocar en
el ejercicio de novela titulado Reina Amelia (1999).
Promediados los noventa se afirmó
su prestigio en Buenos Aires y también en México. En 1993
fue invitada a Francia y premiada en el Festival de Medellín, Colombia,
en 2001. Mientras tanto, en su país ya no volvería a reiterarse
aquel fervor unánime con relación a su personal imaginería.
Sus textos de corte narrativo y de perfil erótico no iban a concitar
tanta unanimidad.
Hoy que Marosa nos ha dejado –tal
vez yéndose de la mano de "la liebre de marzo", o del brazo de algún
extravagante animal brumoso de su leve bestiario– va a ser posible una
lectura más objetiva de su producción poética. Ahora
sí, definitivamente separada del "personaje marosiano", que la apuntalaba
y al mismo tiempo condicionaba. En el balance, es seguro que va a ocupar
un lugar incanjeable en la poesía uruguaya, por su aliento de extraña
fantasía y la originalidad de sus textos mejores.