El fracaso
de las ideologías
Antonio
Mora Vélez
Desde sus
primeros tiempos el hombre ha sido un esclavo de las ideologías.
Los primitivos habitantes de las cavernas creyeron en los espíritus
de las plantas y en la procedencia divina de las fuerzas naturales. Los
súbditos de los faraones los adoraban como dioses. Los patricios
y filósofos de Grecia y de Roma aceptaron que la vida de los seres
humanos estaba determinada por el destino, muy ligado éste a las
fuerzas del cosmos. En la edad media el poder de dominación de los
reyes se explicó como consecuencia de la voluntad del Dios. En la
edad moderna se erigió al pueblo fuente del poder político
y una derivación de esta ideología erigió a una parte
del pueblo, el proletariado, en el sector llamado a construir el palacio
de la felicidad sobre la tierra. No sobra decir que el hombre ha adecuado
sus modos de ser y de actuar de acuerdo con las ideologías dominantes
y en las cuales ha creído. Y que todas ellas tuvieron su cuarto
de hora en la historia y luego le dejaro n el puesto a otras.
La vida se ha encargado de demostrar
que todas las ideologías son apenas un modo singular y fragmentado
de mirar la realidad, que ninguna de ellas puede aspirar a interpretar
fielmente el mundo y mucho menos a transformarlo. En todas hay una parte
de verdad y una porción muy limitada de la gran fórmula que
la sociedad requiere para seguir adelante. Pero hasta ahí. No es
sino mirar el panorama político contemporáneo
y comprobar los fracasos del fascismo, del comunismo y del capitalismo
salvaje (¨neoliberalismo¨ le llaman ahora) para constatar la veracidad
del título de esta columna. Y saber, como creo lo saben todos los
católicos del planeta, que casi mil años de prédica
cristiana no han servido para convertir al ser humano en algo distinto
de lo que es: la bestia que logró sobreponerse a todos los animales
gracias al lenguaje articulado y a la ciencia y a la tecnología
que aquél hizo posible.
Pero las ideologías tienen
una semilla de certeza, un perfil de humanidad y un modelo de solución
que deben ser recibidos con beneficio de inventario y no del modo sectario
o dogmático que es común en nuestra civilización.
Tampoco resulta de buen recibo el criterio nihilista que las considera
dañinas a todas y sin ninguna credibilidad. La masonería
enseña que todas las religiones son el resultado del desarrollo
deformado de la verdad religiosa original. Desde esta óptica,
todas las religiones tienen algo de verdad; ninguna es totalmente falsa
ni puede haber una que pretenda ser absolutamente verdadera. Lo mismo puede
predicarse de las ideologías políticas. ¿Puede
alguien afirmar que toda la concepción liberal de la sociedad ha
triunfado o que todos los preceptos del marxismo son falsos? Creo
que no, sin dejar de ser objetivos. Tal vez la verdadera ideología
sea la de no creer en ninguna en particular sino en todas, pero situándolas
sobre la tierra y tomando los principios aplicables al momento y
creyendo que los mismos deben favorecer al hombre, hacer avanzar la sociedad
hacia formas mas avanzadas de solidaridad, que es la estrategia de
supervivencia de la especie. El futuro de la humanidad parece estar
ligado a este concepto de solidaridad, tan ultrajado en nuestra patria.
La ciencia, la tecnología y el comercio así lo determinan.
Lo contrario seria la guerra, nuclear o convencional, regular o guerrillera,
guerras que en el menor de los casos desgastan a la sociedad y animalizan
mas al hombre de lo que es.
Como lo señala Desmond Morris,
un hombre que anda destruyéndose a sí mismo no puede aspirar
a seguir reinando sobre la creación. Y menos si lo hace a nombre
d e tal o cual ideología. Es necesario volver a la reflexión,
ahondar un poco en los contenidos ideológicos y en la aplicabilidad
concreta e histórica de los mismos. Saber si conviene, como lo dice
el ´neoliberalismo´´, dejar que las fuerzas del mercado
lo decidan todo o si recurrimos al socialismo democrático y le encomendamos
al estado la prestación de los servicios y las medidas encaminadas
a disminuir la brecha en materia de riquezas que el capitalismo produce.
Saber si suprimimos la propiedad privada, como lo planteó el comunismo,
o dejamos que la economía progrese con base en ella bajo el control
de la sociedad civil representada por el Estado. Saber si es mejor un partido
único que monopolice el poder y ahogue la critica o varios partidos
que compitan con ideas y programas por la rienda del Estado, así
se corra el riesgo de verlos convertidos en simples agencias de empleos
y de negocios al servicio de sus dirigentes y conmilitones.
De eso se trata, de actuar como
seres pensantes, libres de fanatismos, creyentes en una trascendencia que
no es solo espiritual sino terrenal, como lo planteó Teilhard
de Chardin, y que aspire a hacer feliz al hombre en la tierra antes de
llevarlo al cielo. Lamentablemente vivimos en Colombia y este país,
como lo dijo el ex presidente Laureano Gómez es un pobre "país
de cafres".
28 de octubre de 2004
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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