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30 de Octubre de 2004
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Brecha de Uruguay - 28 de Octubre de 2004

Introducción

A la hora señalada

Habría que ser muy necio, o muy ciego, para no darse cuenta, y sobre todo para no sentir, que la del domingo 31 puede llegar a ser una de las jornadas más importantes del Uruguay de, por lo menos, los últimos treinta años.

Uno de esos parteaguas que después los libros de historia terminan reseñando como un "día histórico", un día que marca "un antes y un después" y otros tantos lugares comunes. Y es que se está, muy probablemente, ante un cambio de época. Aquellos que hasta ahora eran vistos por los tradicionales detentores del poder como "resentidos sociales", "subversivos", gente incapaz de hacerse cargo de la cosa pública -aun cuando gobernaron la capital del país durante tres períodos consecutivos- están a un tris de, convertidos en mayoría absoluta, llegar al gobierno para intentar torcer el rumbo de un país que otros han llevado hasta el fondo en que hoy se encuentra.

Y lo harán con el respaldo de una carga simbólica sintetizada en esas decenas de miles de uruguayos que están llegando en estos días desde el extranjero, envueltos en una parafernalia de banderas, para participar en lo que presienten será una fiesta. Hay una épica propia en esas historias de gente arribando por ejemplo desde Chile en bicicleta, desde lugares recónditos de Brasil en bañaderas, de todos los puntos de Argentina, de Europa.

La campaña del miedo, desatada por los que aparecen como los grandes perdedores de hoy sea cual sea el resultado del domingo, es casi seguro que haya servido de muy poco. Como es más que probable que ninguno de estos agoreros del desastre crea realmente que el domingo estén en juego "los cimientos de la identidad oriental", o que exista una disyuntiva entre "libertad o muerte" o "la patria o la tumba", como lo ha dicho en estos días nada menos que el ministro de Cultura.

Probablemente habrá cita con la fiesta. Algo que ha escaseado en el país. Después de marzo será otra historia, sin dudas muy distinta de la soñada décadas o incluso años atrás. Sin embargo, vale la pena proyectarse unos meses e imaginar una escena que casi nadie habría pensado que algún día pudiera darse y que hoy parece estar ahí nomás: José Pepe Mujica, el viejo dirigente tupamaro, convertido en primer senador de la fuerza mayoritaria del principal partido del país, tomándole juramento, el 15 de febrero, al líder forista Julio María Sanguinetti. Si fuera realidad, esa imagen puede llegar a condensar simbólicamente la dimensión del cambio que se avecina. Una impresión tan fuerte como ilustrativa puede ser la lectura comparada de los programas de gobierno de la izquierda de hoy y de hace treinta años. Pero comienzo quieren las cosas. Y el comienzo está allí, a sólo tres días de distancia.

 
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