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2 de Noviembre de 2004
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el Periódico de Catalunya - 2 de Noviembre de 2004

La hora de la esperanza

• El triunfo de la izquierda uruguaya es un hito en un momento propicio para los gobiernos progresistas

Jordi García-Soler - Periodista
El espectacular triunfo del Frente Amplio, liderado por el socialista Tabaré Vázquez, en las elecciones presidenciales y legislativas celebradas el pasado domingo en Uruguay, marca un hito histórico en este pequeño país latinoamericano. Por primera vez desde su independencia, en el año 1825, Uruguay será gobernado por la izquierda, una izquierda amplia y diversa conformada por casi unas 30 formaciones políticas unidas en el Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría.
El triunfo del Frente Amplio en la primera vuelta, que prácticamente elimina el riesgo de una segunda vuelta en que el resto de fuerzas puedan unir sus fuerzas, no sólo asegura que Tabaré Vázquez alcanzará la presidencia de la República de Uruguay el 1 de marzo del 2005, sino también que contará con una amplia mayoría parlamentaria.
El éxito electoral de las izquierdas acaba con el monopolio del poder que desde 1825 habían ejercido los dos grandes partidos históricos, el liberal Partido Colorado y el conservador Partido Blanco o Nacional, que de hecho crearon un sistema de cogobierno. Un sistema que hacía que alguno de sus dirigentes se pudiera plantear cínicamente esta duda: "Yo creía que habíamos ganado los blancos, pero hemos ganado los colorados". La espectacular derrota del hasta ahora gobernante Partido Colorado, que apenas ha logrado el 10% de los votos, marca un punto y aparte en la historia política uruguaya, pero lo más transcendente es el triunfo de las izquierdas.
Que Uruguay haya llegado a su actual situación económica, política y social, de un deterioro creciente, es consecuencia directa de los sucesivos desastres gubernamentales que se han producido desde hace más de 40 años, primero con el Gobierno del colorado Pacheco Areco, preludio de la brutal dictadura militar que regió el país de 1973 a 1984, y después con los gobiernos de los dos partidos históricos, con el resultado final de un desastre sin paliativos, como lo demuestra que más de un tercio de la sociedad uruguaya viva por debajo del nivel de la pobreza y que más de un 10% de la población esté en el exilio económico.
Esto, en un país que medio siglo atrás era considerado la Suiza de América, que atraía la emigración de todas partes de Europa y que tenía un pasado eminentemente civilizado y liberal --se implantó la educación laica, obligatoria y gratuita antes que en Gran Bretaña, la jornada laboral de ocho horas antes que en Estados Unidos, el voto femenino antes que en Francia y el divorcio 70 años antes que en España, por citar sólo unos ejemplos--, es una prueba concluyente del fracaso de unos partidos que ahora han visto cómo se acababa su monopolio.
Mientras que el Partido Colorado difícilmente logrará recuperarse de su fracaso, el Partido Blanco, con más del 30% de los votos, queda ahora como la única oposición seria. La campaña tremendista de los colorados ha fracasado con su llamada al miedo, mostrando el espantajo de los tupamaros como un riesgo para la convivencia, y es buena prueba de que la lista electoral más votada del Frente Amplio haya sido precisamente la del Movimiento de Participación Popular, creada por los antiguos tupamaros y encabezada por uno de sus históricos, Pepe Mujica.
Los retos que ahora se presentan para al Frente Amplio son, en primer lugar, satisfacer razonablemente y lo más rápidamente posible las inmensas esperanzas e ilusiones que ha despertado, especialmente entre las clases populares, y también conciliar sus diversas tendencias, que van desde un amplio abanico progresista y de centroizquierda hasta el izquierdismo radical, con un fuerte componente nacional-popular.
Había que estar en las calles, avenidas y plazas de Montevideo durante el atardecer y la noche del domingo, contemplando la inmensa y abigarrada multitud que se manifestaba con una alegría infinita y contagiosa, cantando, bailando, gritando, saltando, abrazándose y besándose, celebrando festivamente una victoria largamente esperada, vivida y sentida como muy íntima y al mismo tiempo colectivamente compartida. Había que ver cómo, el 23 de octubre, durante más de medio día, una interminable caravana recorría la capital llamando al voto al Frente Amplio y era acogida prácticamente en todas partes con un entusiasmo desbordante. Había que estar en la multitudinaria manifestación del miércoles 27 en la que Tabaré Vázquez cerró su campaña en Montevideo, ante más de medio millón de personas. Había que estar en Uruguay estos días para comprobar que el éxito del Frente Amplio es algo mucho más que una gran victoria electoral. Es un hito transcendente en la historia de Uruguay, que marca un giro decisivo y que llega, además, en un momento propicio, con gobiernos progresistas también en los dos grandes vecinos de este pequeño país, Argentina y Brasil, y también en otros países latinoamericanos, como Chile y de alguna forma Venezuela, Paraguay y Bolivia. En Uruguay ésta es la hora de la esperanza, la hora de la ilusión.
 
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