El
triunfo electoral del Partido Republicano y de George W. Bush como presidente
de Estados Unidos es una tragedia de dimensiones planetarias y consecuencias
graves para todos los integrantes de la comunidad internacional, empezando
por la sociedad que decidió, contra el clamor mundial e interno,
darle un mandato para que permanezca otros cuatro años en la Casa
Blanca. A juzgar por sus antecedentes en el gobierno y por su programa,
el segundo cuatrienio del actual presidente implicará la profundización
de las desigualdades, una nueva ofensiva contra las libertades individuales,
más ataques a los programas sociales, el deterioro adicional de
la educación y la salud públicas, el incremento del desempleo
y un recrudecimiento de la intolerancia, la xenofobia, la paranoia, el
racismo, el fundamentalismo religioso y la corrupción que caracterizaron
el primer periodo del texano.
Por lo que hace al escenario internacional,
el éxito electoral de Bush va a traducirse en un reforzamiento del
unilateralismo, la arbitrariedad y el injerencismo, así como en
nuevos bríos para la tendencia a remplazar la diplomacia, la negociación
y el diálogo por la violencia, el saqueo colonial y la barbarie.
Debe enfrentarse el hecho de que,
a diferencia de lo ocurrido hace cuatro años, cuando el actual presidente
se impuso en la Casa Blanca en contra del sentido del voto mayoritario,
auxiliado por un sistema electoral anticuado y oligárquico, e impulsado
por un fraude electoral urdido en Florida por su hermano, el gobernador
Jeb Bush, en los comicios de ayer, que se desarrollaron sin irregularidades
significativas y de manera fluida, poco más de la mitad de la ciudadanía
estadunidense no puede llamarse a engaño ni alegar ignorancia. A
pesar de la movilización esclarecedora y sin precedente de artistas,
intelectuales, activistas, figuras del espectáculo, profesionistas,
amas de casa, organizaciones de base, internautas y muchos otros,
esa mayoría ha votado, ya con plena conciencia y conocimiento de
causa, a favor de la guerra, del autoritarismo y de la ley de la jungla,
tanto en la economía como en las relaciones internacionales. En
esa monumental equivocación, que legitima el horrendo rostro actual
de Estados Unidos ante el mundo, han confluido factores tan diversos como
el voto del miedo, el chovinismo, el primitivismo ideológico
y los torcidos valores inculcados a los habitantes del país vecino,
a quienes se educa mayoritariamente en la ignorancia del resto del mundo,
en la omisión y la distorsión de la historia y en la exaltación
del darwinismo social más descarnado.
Así pues, una mayoría
de ciudadanos de la superpotencia aprobaron, al elegir a Bush, el debilitamiento
de la ONU, la prolongación de la labor destructiva y depredadora
de las fuerzas de su país en Irak y Afganistán, el engendro
de la guerra preventiva, los cuadros oprobiosos y degradantes de
Abu Ghraib y Guantánamo y la violenta corrupción corporativa
disfrazada de política de Estado con el nombre de "guerra contra
el terrorismo". Pero aprobaron, también, la muerte de miles de sus
muchachos en países remotos, los renovados motivos de odio contra
su país en múltiples rincones del planeta, la claudicación
de sus propios derechos y libertades y los argumentos del terrorismo para
atacar civiles inocentes.
Sin embargo, esa mayoría dista
de ser aplastante y abrumadora. Debe sopesarse el dato de que casi la mitad
de los estadunidenses fueron capaces de resistir más de tres años
de propaganda bélica patriotera en la que los grandes medios fueron
cómplices del poder político, campañas de intimidación
y ataque a las libertades, así como acciones de guerra sicológica
contra la propia sociedad del país vecino, y ayer salieron a votar
en contra del gobierno en turno. Aquellos que promovieron, en el propio
territorio estadunidense, la derrota de Bush, merecen el reconocimiento
y el aliento de la comunidad internacional. Por su parte, quienes votaron
contra Bush en silencio y al margen de activismos constituyen la otra cara
insoslayable de Estados Unidos.
No es vano recordar, a este respecto,
que Bush fue el candidato minoritario entre las mujeres, los negros, los
latinos, los asiáticos, los liberales y los moderados, los judíos
y los católicos, los menores de 30 años, los pobres, las
parejas en unión libre y los homosexuales y bisexuales. Fue, en
cambio, el favorito de los hombres, los anglosajones, los conservadores,
los protestantes y evangélicos, los mayores de 60 años, los
poseedores de armas de fuego y los que tienen ingresos anuales superiores
a 50 mil dólares.
Esa radiografía de la elección
habla de una sociedad escindida en clases, grupos étnicos, sectores
socioeconómicos y grupos sociales vulnerables y dominantes, en la
cual Bush representa la hegemonía declinante, y cada vez más
delirante, de los blancos anglosajones y protestantes (el sector WASP,
por sus siglas en inglés); asimismo, Bush es la articulación
entre los capitales de Wall Street y los ámbitos semirrurales, provincianos
y profundamente reaccionarios del centro del país, ignorantes del
acontecer internacional, reacios a las influencias cosmopolitas del noreste
y la costa del Pacífico -regiones en las cuales predominó
el voto para Kerry- y vulnerables a las obsesiones más burdas sobre
seguridad y sobrevivencia.
En medio de una guerra, Estados Unidos
se presenta, pues, como un país polarizado y dividido, circunstancia
en la cual el rechazo social a las estrategias económicas y fiscales,
las políticas sociales, las cruentas aventuras imperiales y los
actos de corrupción puede seguir creciendo hasta generar escenarios
de ingobernabilidad en algún momento del segundo periodo de Bush,
sobre todo en la medida en que los negocios del círculo presidencial,
así como el discurso "antiterrorista" y los dogmas morales ultraconservadores
en los que se condensa el apoyo popular a Bush, están teniendo un
costo terrible en vidas de jóvenes estadunidenses.
Los sectores sociales que se opusieron
a un segundo periodo del actual presidente tienen ante sí el desafío
de convencer al resto de la ciudadanía de que la principal amenaza
contra la seguridad, la vida y el bienestar de los estadunidenses se llama
George Walker Bush. Tal convencimiento es una posibilidad real y un objetivo
alcanzable si se considera que, a fin de cuentas, el pueblo estadunidense
se encuentra, junto al de Irak, el de Afganistán y muchos otros,
entre los grandes perdedores de la elección presidencial de este
año. Cabe esperar que los individuos lúcidos y de buena voluntad
-que son millones- no se resignen a soportar otros cuatro años de
barbarie bélica, económica, social y cultural; que el descontento
que impera en el país vecino desemboque en la cancelación
de los márgenes de gobierno de la mafia que controla la Casa Blanca
y que la pesadilla de la era Bush se colapse, como ocurrió con la
administración Nixon, por efecto de su propia torpeza, su corrupción
y su inmoralidad.