-Recuerda el
primer día que vio usted a Ernesto ché Guevara?
-¡Sí! Me lo presentó
mi hermano menor. Eran compañeros de clase. Ernesto tenía
14 años. Yo tenía ya 20 años y entrenaba un equipo
de rugby. Y Ernesto quería jugar...
-¿Le vio usted aptitudes
para el rugby?
-No. No las tenía. Además,
Ernesto era asmático... Pero yo tenía mucha fe en el deporte
como terapia, y le entrené.
-¿Y qué tal?
-Ernesto era muy tenaz, muy cabezota.
Era de los que discuten cosas a los profesores. Nos hicimos muy amigos.
Al ser yo mayor, le adopté: me convertí en su protector.
Hasta le enseñaba a bailar... Nunca lo hizo bien.
-¿Les unió el rugby
y el baile?
-Ernesto era un buscador: leía
mucho, tenía una enorme sensibilidad, y nos unieron las lecturas,
nuestras inquietudes y sueños...
-¿Qué sueños?
-Los dos teníamos alma gitana:
queríamos conocer el mundo, queríamos viajar hasta que la
vida dijera basta, vivir viajando...
-¿Por dónde querían
viajar?
-Por todo el mundo. Pero empezaríamos
por Latinoamérica: aun siendo argentinos, ¡sabíamos
más de Europa que de nuestro propio continente! Y quisimos palpar
América.
-¿A qué se dedicaban
por entonces?
-Yo me había licenciado como
bioquímico y farmacéutico, y Ernesto estudiaba Medicina.
Queríamos también visitar leproserías de Latinoamérica,
para ayudar.
-Pero ¿con qué medios
contaban para hacer ese gran viaje?
-Con una moto Norton 500 del año
39 que le compré a una enfermera por 800 dólares. Y, como
no teníamos ahorros, decidimos que trabajaríamos por el camino.
-¿En qué?
-Hicimos de todo: lavaplatos, transportistas,
braceros, pinches de cocina...
-¿Cuándo partieron?
-En 1952. Yo tenía 29 años
y Ernesto 23. Su madre me culpó a mí de arrastrar a su hijo.
Y los míos, a él... Me encomendaron que lo cuidara... Y su
padre nos dio una pistola...
-¿La usaron alguna vez?
-Una vez nos sentimos amenazados
por unos bandidos, y disparamos contra unos patos, por amedrentar. Nos
dejaron en paz.
-¿Dejaban ustedes novias
atrás?
-Sí, los dos. Mi moto se
convirtió en mi novia. ¡Cómo amaba yo a esa moto!
-¿No tuvieron otras novias
por el camino?
-De todo hubo... Ernesto era agudo,
irónico, sardónico, resultaba muy atractivo a las mujeres...
Y eso nos dio algún susto...
-¿Susto?
-Estábamos en un baile nocturno
en un pueblo de Chile, y una mujer se le insinuó...
-¿Guapa?
-Muy sensual. Habíamos bebido,
Ernesto entró al trapo... y tuvimos que salir corriendo: ¡era
la mujer del gobernador! Quisieron pegarnos! Allí pudo acabar el
viaje...
-¿Quién pilotaba
la moto?
-Yo, y Ernesto iba detrás.
Pero también manejaba él a veces, ¡le encantaba!
-¿Qué ruta seguían?
-Por carreteras y pistas de tierra
rodamos hacia el sur, luego hacia el oeste y entramos en Chile, cruzando
los Andes... Afrontamos tempestades de nieve, pero pasamos...
-¿Y qué momentos
fueron más peligrosos?
-El peor fue en una carretera peruana:
se rompió el eje del camión en el que íbamos y quedó
la mitad oscilando sobre un precipicio de mil metros... Ahí sí
vimos la muerte.
-¿Iban en un camión?
¿Y la moto?
-Se había roto en Chile.
Lloré al despedirme de ella... Luego fuimos de polizones en un barco,
de Valparaíso a Antofagasta, para visitar allí unas enormes
minas de cobre...
-¿Por qué?
-Por conocer cómo vivían
los mineros.
Nos indignamos mucho al ver el trato
inhumano y explotador que recibían. Ernesto increpó a uno
de los capataces y, furioso, arrojó una piedra contra uno de los
camiones...
-¿Nació en ese viaje
su conciencia política?
-Yo presencié cómo
Ernesto crecía durante el viaje: al principio lideraba yo, pero
desde la mitad del viaje, el líder era él.
-¿Qué fue lo que
más marcó al futuro Ché?
-Además de las minas, una
anciana agonizante en Valparaíso, una obrera: él la atendió,
la consoló... Y dos mineros en paro, despojados: Ernesto les dio
una de nuestras dos mantas, y él y yo compartíamos la otra...
-Palparon ustedes la pobreza...
-Palpamos las injusticias, los abusos
y explotaciones, la miseria en que los gobiernos tenían a sus pueblos.
En Lima nos acogió el doctor Pesce, que nos dio a leer al poeta
Vallejo, a Gramsci... Eso nos influyó. Después descendimos
por el Amazonas en una balsa...
-¡Qué gran aventura!
-En Iquitos nos demoramos ayudando
en una leprosería. El último día, cuando todos acudían
a despedirnos entre lágrimas, miré a Ernesto ¡y lo
vi!: el médico de cuerpos se había convertido en doctor de
pueblos...
-Guevara sería luego un
icono del siglo XX.
-Eso nos disgustaba a los dos: que
su rostro fuera idolatrado... ¡Pero así son las cosas!
-¿Cómo acabó
aquel viaje?
-Fuimos a Colombia y Venezuela...
Allí, nueve meses, y 8.000 kilómetros después, nos
separamos: él voló a Argentina para examinarse de Medicina.
Pero aquel gran sueño nos había cambiado ya para siempre.
Años después nos encontramos en Cuba, donde he fundado muchos
hospitales y donde moriré.
-Cuando mataron al Ché,
¿qué sintió?
-Que me arrancaban la vida. Que
ya no podría seguir viviendo. Pero aquí estoy...
-Si hoy viviera, ¿qué
haría el Ché?
-Estaría luchando por mejorar
el mundo.