| Página/12
de Argentina - 6 de Noviembre de 2004
Un inédito reconocimiento
del ejército chileno
busca cerrar la página
negra de Pinochet
Admitir
el mal
es nunca
tener que pedir perdón
El ejército chileno condenó
ayer las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet,
pero no pidió perdón por lo actuado. Es para desviar el impacto
de un informe inminente sobre 35.000 casos de tortura, pero también
marca un nuevo hito de la transición chilena. Los líderes
políticos aprobaron la movida militar.
Manuel
Délano * - Desde Santiago
Por
primera vez desde el golpe militar de 1973, el ejército chileno
reconoció su responsabilidad institucional en las violaciones a
los derechos humanos cometidas en la dictadura de Pinochet, dejando de
lado las explicaciones hasta ahora entregadas, de que los crímenes
habían sido “excesos individuales” o “hechos aislados”. La inédita
admisión de culpa institucional que hizo ayer el jefe del ejército,
general Juan Emilio Cheyre, recibió el apoyo del gobierno y se produjo
a pocos días de que se conozca un informe sobre 35.000 casos de
tortura durante la dictadura.
“El ejército de Chile tomó
la dura pero irreversible decisión de asumir las responsabilidades
que como institución le cabe en todos los hechos punibles y moralmente
inaceptables del pasado”, sostiene Cheyre en un documento sugestivamente
titulado “El fin de una visión”, que publicó ayer en el diario
La Tercera. El general explica en el texto que, bajo su mando, el ejército
ha tomado medidas para abandonar su concepción centrada en la guerra
fría, donde se radicalizaron los conflictos y se impuso una lógica
de confrontación, aceptando como legítimos todos los medios
de lucha para obtener o mantener el poder. Con “la absoluta certeza de
que su proceder era justo”, continúa Cheyre, el ejército
actuó en esos años (de dictadura), sin entrar a describir
esta actuación. Se pregunta y responde a sí mismo el general:
“¿Excusa el escenario de conflicto global descrito las violaciones
a los derechos humanos ocurridas en Chile? Mi respuesta es una e inequívoca:
no. Las violaciones a los derechos humanos nunca y para nadie, pueden tener
justificación ética”.
Además de asumir la responsabilidad
institucional, el ejército ha apoyado a los tribunales en la búsqueda
de justicia, se ha condolido de las víctimas y ahora ha colaborado
con la Comisión sobre la Tortura “cuyo contenido y conclusiones
asumiremos”, anticipa. El gobierno reaccionó con satisfacción
ante el documento, cuyo contenido conocía con antelación.
El presidente Ricardo Lagos anunció que la próxima semana
pedirá “disculpas por lo que pasó” durante la dictadura en
su país. El pedido de disculpas del gobierno a los chilenos será
oficializado junto con la divulgación del informe sobre torturas
y prisión política en el régimen militar que elaboró
una comisión presidida por el obispo católico Sergio Valech.
Lagos se declaró satisfecho y orgulloso de que el ejército
señale que ningún contexto justifica los atropellos a los
derechos humanos y resaltó el “coraje” de esta institución
al reconocer su responsabilidad. “Con este histórico paso, el ejército
de Chile consolida su proceso de integración al Chile democrático”,
afirmó el jefe del Estado. En el mismo sentido, el presidente del
Partido Socialista, Gonzalo Martner, calificó el mea culpa de “valiente
e histórico”.
La admisión de responsabilidad
del ejército que hizo Cheyre es un nuevo paso que aleja a la institución
de los 25 años en que su jefe fue el general Augusto Pinochet, e
implica un avance respecto del “nunca más” a las violaciones a los
derechos humanos que planteó el año pasado. Cuando ha sido
interrogado y en entrevistas, Pinochet, en cambio, ha culpado siempre a
sus subordinados de los crímenes y ha negado responsabilidad del
mando. De hecho, el documento de Cheyre compromete de modo indirecto al
ex dictador y puede perjudicarlo en los juicios. A través del documento,
el ejército se ha anticipado a la reacción de rechazo y al
efecto en su imagen que se espera provoque el informe sobre la tortura
y la prisión política en la dictadura. La comisión
encabezada por Valech recogió más de 40.000 testimonios,
logrando corroborar cerca de 35.000 casos de tortura. La aplicación
de tormentos a los detenidos durante la dictadura se practicó en
todo el país, en cada cuartel y unidad militar, en más de
mil lugares distintos, y el Estado financió, impulsó y silenció
esta forma de represión, que en Chile fue masiva. Una de las conclusiones
del informe, según ha trascendido, es que la tortura fue una práctica
institucional.
Dos ex jefes de la Armada chilena,
Jorge Martínez Busch y Jorge Arancibia, rechazaron con matices la
autocrítica realizada por Cheyre. “Nunca existió ninguna
actitud institucional sobre ese tema, así que no estoy de acuerdo
con esa visión. Así de simple, porque no son así las
cosas”, dijo Martínez Busch, marino retirado con funciones de mando
durante la dictadura, al diario La Tercera. Por su parte, el ex almirante
Jorge Arancibia, actual senador por la derechista Unión Democrática
Independiente (UDI), dijo que “no tiene sentido asumir responsabilidades
que están fuera de mi entorno, fuera de mi contexto y fuera de mi
tiempo”.
Al asumir su propia cuota de responsabilidad
en estos delitos, el ejército se pone adelante entre las instituciones
que intentan expiar su pasado. Las otras ramas de las fuerzas armadas,
que han hecho este tránsito de ruptura con el pasado con bastante
más lentitud, aunque nadie duda de su subordinación al poder
civil, deberán ahora pronunciarse. En la Armada, donde todavía
niegan que hubo torturas en el buque escuela “Esmeralda”, a pesar de los
testimonios que lo corroboran, es donde aparece más difícil
un reconocimiento de este tipo. Todavía está pendiente, en
cambio, la admisión del compromiso de la derecha con los crímenes,
por acción u omisión, como indirectamente ha apuntado en
otra oportunidad Cheyre al pedir a los civiles reconocer su parte. Sin
embargo, el ejército todavía no ha pedido perdón por
los crímenes –hubo alrededor de 4000 muertos y desaparecidos en
la dictadura–, como sí lo hizo el Ejército argentino, ni
ha reconocido que el exterminio de los prisioneros al hacerlos desaparecer
fue también una política de Estado.
* De El País de Madrid. Especial
para Página/12.
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