| Página/12
de Argentina - 6 de Noviembre de 2004
Culpa
y justicia
Osvaldo
Bayer
Después
del mal ejemplo de Estados Unidos de las últimas elecciones, donde
basta leer los millones de dólares que gastaron los dos candidatos
para darse cuenta de que eso no es democracia ni nada que se le parezca
porque, señores, para ser demócratas hay que tener plata.
El que no tiene plata es apenas un gato de albañal a quien sólo
le permiten poner un papelito en la urna, un papelito –y esto es lo real–
que lleve un nombre de los dos que les dan millones para poder ser presidentes.
Pero no miremos sólo a Estados Unidos, pongamos la mirada en Esquel,
esa pequeña ciudad de nuestra Patagonia que ha luchado y sigue luchando
contra las minas de oro y el cianuro que se utiliza para obtener el metal
de los Dioses. Oro y cianuro. Síntesis del mal. Bien, estuvieron
aquí los representantes de las asambleas populares para explicar
todo. La porquería que son las actuaciones de las autoridades, de
los jueces, de la policía, de los empresarios locales –que algo
quieren ligar si viene tanto dinero de afuera– y los alcahuetes pagados
que rompen vidrios de los asambleístas y los amenazan.
Cuánta corrupción
hay en las democracias armadas por el poder. Y ahora Sobisch contra los
heroicos obreros de Zanon. Sí, los de la epopeya. Nos imaginamos
cómo fue el período de la conformación nacional cuando
se repartieron las tierras de las pampas y la Patagonia. Aquella que se
repartió toda, pero primero se hizo desaparecer al indio. Hay poderosos
dueños de la tierra desde aquella época. No hubo control.
Se llamaba “dar concesiones”. Miles y miles de hectáreas. Sarmiento
inventó la palabra atalivar, de Ataliva Roca, el hermano menor de
Julio Argentino Roca. Se decía que Julio Argentino creaba y Ataliva
recibía. Hoy ya no se utiliza “atalivar” sino que se dice simplemente
“coimear”. A los indios que Roca no eliminó, los esclavizó.
Claro, Mariano Grondona dice que eran indios chilenos. Ah, entonces está
bien.
Pero nada queda impune. Hemos recibido
una muestra de coraje civil. Una mujer de manos limpias y mente que no
tiene ni miedos ni secretos. Es la sobrina biznieta del general Julio Argentino
Roca, sí, el genocida del “desierto”. Magdalena Roca Figueroa. Su
estilo es claro, sus palabras dicen justamente lo que significan. Luego
de saludar la campaña que llevamos a cabo algunos argentinos de
quitar del centro de Buenos Aires la estatua del genocida, me expresa:
“Habiendo sido Julio A. Roca uno
de los siete hermanos de mi bisabuelo Agustín, considero importante
que un escritor y activista de los derechos humanos de su talla, sepa que
una portadora del mismo apellido, familiar, se avergüenza de lo llevado
a cabo por su antecesor así como de todos los hechos acaecidos en
estos lares desde Juan de Garay y Pedro de Mendoza”.
“Como americana pienso –continúa–
que la ocupación de América por los europeos ha sido una
tragedia y supongo que estará en nosotros, aquellos descendientes
de esos invasores, estemos mestizados o no, cambiarle la cara a esta macabra
historia. Todas las ocupaciones de tierras ajenas por pueblos invasores
han sido un hecho deleznable a través de toda la historia de la
humanidad. Pero sólo me puedo hacer cargo, en esta ocasión,
de la que me corresponde por nacimiento. Como ciudadana argentina emparentada
con quien fuera uno de los máximos responsables del casi exterminio
de los pueblos nativos que ocupaban el llamado ‘desierto’ me hago cargo
de lo que ocurrió en mi país. Como parte activa de la Iglesia
Católica militante, me hago cargo de quienes siempre violaron su
primer mandamiento: ‘No matarás’, por no mencionar el ‘no robarás’.”
“Si la historia se asumiese como
fue –prosigue–, no digo conocer, pues ya se conoce aunque no se termina
por incorporar el ideario colectivo argentino. Repito, si la historia se
internalizara por todos los habitantes americanos, pienso que los usurpadores
y sus descendientes, entre los cuales evidentemente me incluyo, debiéramos
sentirnos tan depredadores como lo han sido nuestros mayores, al menos
que hagamos algo al respecto. No nos debiéramos sentir a gusto en
las tierras robadas a sus dueños. No debiéramos sentirnos
a gusto sabiendo que a nuestros antepasados jamás se les ocurrió
que la historia podría haber sido distinta si hubiesen venido a
compartir un sueño, a pedir un permiso de convivencia y no a robar,
saquear y matar llamando ‘indio ladrón’ y malonero a quien defendió
su tierra como pudo y mejor supo.”
“Deberíamos sentirnos permanentemente
en deuda con los pueblos originarios de esta América y luchar por
lograr su perdón, primero, y resarcirlos, después. Mucha
gente dice que el perdón no cambia nada. Pienso que sí. Pues
si bien no devuelve a los muertos, implica un comienzo de resarcimiento
del mismo, 500 años después, sí”, prosigue Magdalena
Roca Figueroa.
“Cuando la evolución de la
humanidad toma rumbos degenerados, sólo acciones como ésta,
de quitar el monumento, tomadas como bandera por toda la comunidad y llevadas
a la práctica, pueden alejar al ser humano del grado de animalidad
en que se haya sumido.”
“Poco puedo agregar –continúa–,
salvo que lo único que me inquieta de vuestra campaña –de
retirar el monumento a Roca– es que no nombren con todas las letras la
secuencia asesina que finalmente llevó a mi pariente a asestar el
golpe final a los pueblos originarios del Sur: la invasión de Pedro
de Mendoza y la de Juan de Garay, en primer término; las expediciones
del coronel Pedro A. García, la del gobernador Martín Rodríguez,
por el coronel Federico Rauch y por Rosas. Entiendo que no pueden ocuparse
de todos los monumentos de estos ‘héroes españoles’ y que
tomando a uno como símbolo, lentamente caerán los demás.
También entiendo que cuestionarlo a Rosas resultaría, en
este momento, inconducente, pero sería constructivo que quedara
en claro que la Campaña del Desierto fue epílogo de todo
un pensamiento gestado 500 años antes, producto también de
un proceder bruto de la época que tiene que ser detenido por otro
tipo de pensamiento de esta época que geste otro tipo de acciones
y un proceder marcadamente diferenciado. Desmitificar a Rosas como amigo
de los indios implicaría también desmitificar que Roca fue
amigo de algunas tribus: claro, a coacción, la amistad toma rumbos
imprevistos.”
“Antes de decidirme a escribirle,
leí bajo recomendación suya el pésimo libro del Comandante
Prado. También leí dos muy buenos libros escritos por Dionisio
Schoo Lastra, quien fue pariente y secretario de Roca durante siete años:
El indio del desierto y Lanza Rota (1930, edic. Marymar y Goncourt). Hay
una gran admiración latente en toda su obra por la manera de ser
indígena y un cabal conocimiento de las tribus, que no se deberían,
a mi juicio, menoscabar. Diferente es el excelente trabajo profesional
del historiador Enrique H. Mases: Estado y cuestión indígena:
El destino final de los indios sometidos en el sur del territorio (1879-1910),
de Prometeo Libros.”
“Sin más, lo saludo muy atentamente
y quedo a su disposición. Fdo: Magdalena Roca Figueroa (CI. 6.744.276).”
Sobrina bisnieta del general Julio
Argentino Roca. Toda una lección. En su sangre siente la enorme
injusticia con que nosotros los argentinos premiamos a su familiar asesino
con ese monumento triste y ramplón. La mujer que nos entregó
esta carta quisiera ver reemplazada esa estatua por “algunas beldades de
la América virgen invisibles para nuestros torpes ojos”.
Gracias, Magdalena Roca Figueroa,
nos ha dictado una clase de dignidad, frente a tanta agachada de los dueños
del país y sus representantes. Dolor y dignidad. Culpa y Justicia.
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